Corazón de Olivetti

Matanza de 'Charlie Hebdo': crónica de un déjà vu

Hay un largo camino desde París a Berlín, pero los asesinatos de Charlie Hebdo y los que le siguieron me ha traído a la memoria el incendio del Reichstag que propició la inevitable ascensión del Partido Nazi. En rigor, son asuntos distintos y distantes, que habría dicho Leopoldo Calvo Sotelo. Por una parte, conocemos el nombre de los asesinos de humoristas y de sus rehenes, a menos que decidamos construir una de esas fabulosas teorías de la conspiración tan frecuentes en tiempos frikis. Y, sin embargo, a día de hoy seguimos sin saber quién quemó el Parlamento alemán en 1933 por más que culparan en falso y ejecutaran realmente al comunsita holandés Marinus van der Lubbe, cuya figura no fue rehabilitada por cierto hasta 2008. No obstante y aunque los tiempos cambian, uno y otro suceso pueden llevarnos al mismo desenlace, esto es, al crecimiento de las organizaciones xenófobas y racistas que construyen su discurso sobre el estereotipo de otras culturas y confesiones religiosas.

Jean Marie Le Pen no es Charlie —como ha sentenciado el fundador del Front National—, pero su hija Marine no es Goebbels, aunque haya basado la propaganda de su partido en zaherir a la inmigración con un discurso populista que constituye uno de los principales factores en la rotunda victoria que obtuvo en las últimas elecciones europeas. Aún hoy, se sitúa a la cabeza de las preferencias del electorado francés. Le faltó tiempo para proponer un referéndum sobre la pena de muerte cuando, que se sepa, a esos muyaidines del tres al cuarto que encarnaron a la muerte hace unos días no parece preocuparles en demasía la posibilidad del más allá, un destino soñado y poblado de huríes a la sombra barbuda del profeta, en el imaginario de algunos musulmanes.

Esto es la crónica de un deja vu, basado en la célebre estrategia leninista de ETA y de otras formaciones ligadas al terror: acción-reacción o represión-acción. En este caso, unos desalmados convierten a sus dioses en asesinos, como diría José Saramago, y matan a mansalva en su nombre. La sociedad habitualmente pazguata reacciona con una ira morrocotuda que despierta por unas horas el espíritu de las cruzadas y cree posible la erradicación de dicha creencia religiosa, en lugar de plantearse una lucha constante y creativa para eliminar los pretextos sobre los que se asientan ltales crímenes. Desde la marginalidad y desesperanza de los banlieux, por poner algún ejemplo conocido, a la situación de Palestina y la franja de Gaza o, en otro sentido, la mediavilización de sus mujeres por la interpretación machista del Corán, pongo por caso. La islamofobia, que ha crecido exponencialmente en Europa durante el último año, se verá sin duda incentivada por este suceso y probablemente sus consecuencias provoquen en sentido inverso nuevos reclutamientos de fanáticos para seguir perpetuando esa guerrilla atroz que puede llevar a un simple rapero a convertirse en un carnicero armado con la espada flamígera de un kalashnikov.

A río revuelto, ganancia de majaderos. En pleno luto mundial por los humoristas franceses, el Partido Popular de Esperanza Aguirre, en su intención de buscar la amnistía ciudadana por los errores en su gestión de los atentados del 11-M de 2004, intenta demostrar durante las últimas horas que la violencia islamista es intrínsecamente perversa y que aquella matanza de los trenes del amanecer no guardaba relación alguna con nuestra participación en la guerra de Irak. ¿No existe acaso un claro vínculo con las maniobras políticas y militares en el Magreb y en el Maxreb, el crecimiento de los yihadismos en una geografía que alcanza al sur del Sáhara y que lleva desde Yemen a Mali, pasando por avisperos como Egipto o Siria?

A esta orilla del tiempo, la religión vuelve a constituir una formidable cortina de humo para distraernos de las causas reales de los problemas de esta encrucijada histórica, que tiene mucho más que ver, como siempre, con la leyenda "In god we trust" —"En Dios confiamos"— que puede leerse en los dólares, que con los dioses propiamente dichos. En los últimos días, hubo ataques sin víctimas contra centros religiosos musulmanes en Francia y en otros países. Como no deja de haberlos, periódicamente, contra cementerios judíos, tanto en nuestro continente —incluyendo Alemania y Francia— como en América latina, a manos de secuaces del nazismo o de quienes confundan a las bravas el sionismo con el judaísmo, esa formidable cultura a la que tanto debemos.

Setenta años después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, vuelven a abrirse algunas de sus heridas. Si en los años 30 del siglo XX las víctimas propiciatorias fue el pueblo hebreo —perseguido y exiliado desde tiempo inmemorial—, ahora parece que los dedos de la intransigencia apuntan fundamentalmente a los musulmanes. Está ocurriendo en numerosos países, impregnando de sospecha contra dicho colectivo a buena parte de los discursos políticos que flamean desde Francia a Holanda o Bélgica.

Durante los últimos meses las manifestaciones contra dicho colectivo crecen en Alemania y, como en otros casos, guardan cierto origen en el fútbol. En noviembre, la ciudad de Colonia vivió la primer manifestación de "Hooligans contra salafistas" y los hinchas convivieron perfectamente con los neonazis en un objetivo común. A partir de ahí, se han vivido nuevas movilizaciones por parte del grupo emergente "Patriotas Europeos contra la islamización de Occidente" (conocido en los medios como Pegida, por su sigla en alemán) que llegaría a congregar a 10.000 personas, bajo dicho propósito, en las calles de Dresde. Se cuidan mucho de no utilizar reclamos racistas, pero muestran su repulsa por el islamismo, el abuso al derecho de asilo y la amenaza de la supuesta identidad alemana, bajo proclamas llenas de aparente inocencia como la que reaza: "Sin violencia y unidos contra guerras religiosas en suelo alemán". La propia Angela Merkel ha tenido que reafirmar su compromiso contra este tipo de organizaciones y contra el yihadismo a su vez.

En la estrategia anti-terrorista que presumiblemente Europa diseñará a partir de la cumbre de París, debería primar más la inteligencia que la fuerza bruta: una mejor dotación de los intérpretes de árabe en nuestras comisarías y una mayor formación de nuestros servicios secretos en materia de yihadismo, por ejemplo. Serían precisamente dichos organismos quienes tendrían que analizar los vínculos que les han hecho dormir, demasiado a menudo, con sus enemigos potenciales en Afganistán, de donde surgió Al Qaeda a partir de la resistencia contra la URSS, hasta Libia, donde la CIA y los yihadistas compartieron trincheras contra Muamar el Gaddafi. Nos conviene más ridiculizar —como hacía Charlie Hebdo— a los espantajos del Estado Islámico que convertirlos en una factoría de mártires con que alimentar los sueños de quienes creen que es posible arreglar el mundo con degüellos crueles o con cartucheras llenas de explosivos. ¿Cómo vamos a controlar o a conocer lo que algunos predicadores puedan decir en las mezquitas si seguimos sin legalizar muchas de ellas? Pedagogía y valores republicanos, como la justicia que reemplazó hace mucho a la venganza en el imaginario europeo que ahora algunos pretenden volver del revés como un calcetín siniestro.

En ese reto que permita aventar los errores del pasado, convendría que los musulmanes hicieran oír su propia voz, de manera contundente, como lo han hecho muchos portavoces de las comunidades islámicas rechazando sin paliativos los atentados por más que no simpatizaran precisamente con las polémicas viñetas del semanario francés. También, en otro orden de cosas, sería de agradecer que pudiéramos conocer con mayor frecuencia las teorías de las feministas musulmanas frente a los verdugos disfrazados de imames que explican como golpear a una mujer sin dejar rastro, convirtiendo al Corán en una sofisticada arma feminicida.

Lo cierto es que todo esto me suena. De nuevo, sobre el tapete, se alza la teoría del choque de civilizaciones, de Samuel Huttington. O el de la imposibilidad de que las sociedades teocráticas puedan asumir la democracia, como enunciara Giovanni Sartori. Quienes creemos en lo contrario, necesitamos la colaboración de todos los musulmanes que no están dispuestos a que nadie use el nombre de su fe para arrastrarnos al fanatismo y a la muerte. Lo mismo que los musulmanes necesitan de aquellos que no creemos en la muerte o en el fanatismo que puedan provenir ni del Islam ni de cualquiera otra de esas religiones que oficialmente preconizan la paz y el buen rollito, como si fueran eternas candidatas a misses. La mayor parte de las guerras religiosas conocidas tienen que ver en realidad con el territorio más que cono las creencias.

Todo esto ya lo hemos visto antes. Deberíamos saber, por lo tanto, como evitar sus consecuencias. Sami Naïr preconizaba no hace mucho que asumiéramos la evidente consolidación de una Europa mestiza, laica y pluriconfesional al mismo tiempo, basada en el sutil imperio de la demografía. Si no queremos convertirla en un nido de escorpiones, convendría que empezáramos a gestionar la convivencia de manera más eficaz que hasta hoy, marcando los limites de cada doctrina en el respeto a los derechos humanos y el respeto humano a toda doctrina que no pretenda imponérsenos por la razón de la fuerza en lugar de por la fuerza de la razón.