Corazón de Olivetti

La democracia es un bebé

Bendita y maldita España, donde nuestra fe de carboneros prefiere la anécdota a la sustancia o el fuego de superficie a las andanadas de profundidad. Así, en lugar de reflexionar sobre la paradoja que supone congeniar nuestro republicanismo de botica y de barra de bar con la presencia de un monarca de hecho y otro emérito, con todo su aquel de palacios, palacetes y palaciegos, nos enzarzamos en una feraz diatriba sobre las cabalgatas de Reyes Magos. La presencia en el banquillo de Cristina de Borbón, que sigue siendo infanta de España y marquesa consorte del Caso Noos, ha merecido mucho menor interés mediático que la sanción de la FIFA al Real Madrid, que también es monárquico dicho sea de paso. Quizá sea porque, a pesar de fundarla hace cerca de cuarenta años, la democracia española sigue siendo, en cierta medida, un bebé en la incubadora de los buenos propósitos.

Cuando la tasa de riesgo de pobreza entre los españoles menores de 16 años se sitúa en el 30 por ciento y son muchos los niños que acuden al colegio sin desayunar, la opinión pública española pasa de interesarse por la suerte de la niña anónima de Mariano Rajoy en su célebre discurso de hace años al niño Diego que Carolina Bescansa, la diputada de Podemos, dio su pecho en el Congreso de la Carrera de San Jerónimo. Lo de Belén Esteban, decididamente, es contagioso. Si ya en su día, cuando la princesa de los pobres consagraba en los platós del corazón una gestualidad que, más pronto que tarde, habría de trasladarse a los debates de la política, aprendimos que lo que realmente le interesaba a la patria es que Andreíta se comiera el pollo o que ella estuviera dispuesta a matar por su retoño.

De los españolitos que Antonio Machado encomendaba a Dios para que ninguna de las dos Españas les helase el corazón, hemos pasado a unos dimes y diretes más propios del chascarrillo que de las graves encrucijada de la historia. Como una formidable cortina de humo, transitamos del candy crash de Celia Villalobos y su recelo ante los supuestos piojos del diputado rastafari Alberto Rodríguez. ¿No les recuerda a los más viejos del lugar todo ese disparate a la indignación casposa del facherío cuando vieron a Rafael Alberti ocupar la mesa de edad del Congreso con una guayabera de colorines? Los veteranos rememoran, en días como estos, la llegada al hemiciclo de la pana semidemocrática del 77 y la equiparan a la moda de las mochilas que ahora se impone. Quizá si como parece los diputados empiezan a dejar de usar chaqueta, tal vez fuera también previsible que dejasen de cambiársela, como ha ocurrido en otros momentos de la memoria reciente. Nos entusiasma que Micaela Navarro, Podemos y Ciudadanos renuncien a los coches oficiales, pero no gastamos saliva en debatir porque no pueden renunciar de motu propio sus señorías a la condición de aforados.

Entre tanta farfolla mediática, olvidamos elementos más graves: como que seguimos sin gobierno y ni siquiera se le espera a corto plazo o que el diputado Pedro Gómez de la Serna, en su viaje del PP al grupo mixto no pierda su aforamiento para dificultar que la Audiencia Nacional le emplume por sus trajines con empresas españolas en el extranjero. ¿No resulta lógico que haya quien tema convocar una nuevas elecciones cuando en las del 20 de diciembre el partido vencedor haya sido el plusmarquista de la corrupción, el de los ordenadores borrados y el de las libretas de Bárcenas enfrentadas a duelo con el cuadernito zul de José María Aznar?

Resulta pintoresco que la presencia del recién nacido en el escaño de su madre haya generado más literatura que el posible fraude de ley cometido con En Marea y otras organizaciones de la galaxia podemista al negársele un grupo parlamentario propio por una interpretación cuestionable del reglamento. Detractores y partidarios de que la ya famosa diputada comparezca en la tribuna con su crío esgrimen argumentos serios, frívolos y mediopensionistas. Ojalá hubieran polemizado de forma tan encendida cuando José Luis Rodríguez Zapatero estableció el efímero cheque bebé como un remedo de los antiguos estímulos a las familias numerosas.

Faltaron voces entonces que en rigor apelasen a que el importe de tan esporádicos y generalizados regalos fueran invertidos, en cambio, en la creación de guarderías sociales que hicieran posible la necesaria conciliación y el hecho de que ante el pertinaz patriarcado nuestro de cada día sean las mujeres quienes sigan asumiendo, en la realidad y en el símbolo, la competencia exclusiva de la crianza. ¿Imaginan acaso a Jorge Fernández Díaz haciéndose acompañar a la Cámara, aunque previsiblemente amordazado, de ese hijo que, a su propiio decir, se parece a Iñigo Errejón? Nines Maestro, la diputada de IU que promovió la apertura de la guardería del Congreso, amamantó a su bebé fuera del hemiciclo y no pasó nada. ¿Por qué ahora se forma la que se forma porque otra diputada haya querido hacerlo dentro? Seguro que los demócratas de pro prefieren ver ahí a una señora dándole teta a su recién nacido que a un guardia civil con mostachón y tricornio dando tiros contra una democracia sietemesina.

Otro de los mantras de estos últimos días se centra en el hecho de que la politóloga Bescansa provenga de familia adinerada de Santiago de Compostela. Existe la creencia, entre muchos pobres de estos tiempos neoliberales, que deben ser de derechas si aspiran a ser ricos. Y, en justa reciprocidad, no se ve con buenos ojos que los ricos sean de izquierdas. No es una pamplina nueva. El maestro Manuel Vázquez Montalbán recordaba como, en los días del tardofranquismo, dos señoras de la alta burguesía catalana comentaban el hecho de que Nicolás Sartorius hubiera sido detenido en el contexto del proceso 1001.

-- ¿Que han detenido a Nicolasito?, refería Vázquez Montalbán que preguntaba una de ellas.
-- Si, por comunista.
-- ¿Al hijo de los marqueses?
-- Si
-- ¿Por comunista?
-- Si.
-- Está visto que a España la llevamos tres o cuatro familias.

Nos guste o no, el bebé de Carolina Bescansa ha hecho historia. Efímera, pero historia. Ahora, lo que hace falta es que crezca sano y fuerte ese otro bebé, el de la segunda transición que empezamos a vivir, el de una Constitución nueva que no sólo luche por la soberanía de la dignidad, frente a los desahucios, la miseria y los nuevos recortes que ya exige de nuevo la Unión Europea.

Y que sea capaz de reconstruir el Estado, quizá a la manera de una seducción transversal entre los territorios que Miguel de Unamuno proponía en el Congreso a 18 de septiembre de 1931, en un controvertido discurso a propósito de la oficialidad del castellano: "Cuando yo fui a mi pueblo, fui a predicarles el imperialismo; que se pusieran al frente de España; y es lo que vengo a predicar a cada una de las regiones: que nos conquisten; que nos conquistemos los unos a los otros; yo sé lo que de esta conquista mutua puede salir; puede y debe salir la España para todos".

A pesar de la ola de adanismo que nos invade, esa España nueva nacerá, sin duda, con alguno de los vicios del pasado, pero también con sus virtudes. Nadie nace de cero, aunque su cuna sea distinta. La de la actual democracia, nació del consenso, esto es, de la renuncia a unas ideas para conciliar y reconciliarnos después de una larga experiencia cainita. Ochenta años después de la guerra civil, por cierto, siguen sin cicatrizar sus heridas ni le hemos dado digna sepultura a todos sus muertos. Sin embargo, ahora, lejos del ruido de sables, tendremos que levantar nuestra convivencia futura sobre un barbecho distinto, el del disenso.

Ya no se trata, pues resulta imposible, de apearnos de una porcion de nuestras ideas para construir un frankestein político, a pesar de que el Ibex 35, algunas encuestas y una notable corriente de su propio partido induzcan a Pedro Sánchez a virar de rumbo. Se trata de mantener nuestras disensiones pero, a pesar de ello, ser capaces de salvaguardar lo que pueda unirnos como alternativa clara a todo lo que nos ha ido desuniendo de una forma explícita en los últimos cinco años, los cuatro del PP y el último de ZP a partir de aquel mayo negro de 2010. Resulta complicado, sin duda, pero mucho más complejo es sacar adelante a cualquier bebé de carne y hueso. De no lograr esa crianza colectiva de nuevos modos y maneras, transparencias, deberes y derechos, el llanto de los indignados no nos dejará dormir por las noches.