Corazón de Olivetti

El secreto de tus pactos

Transcurren las primeras escaramuzas para el pacto de investidura que debiera aupar a Pedro Sánchez hasta la presidencia del Gobierno. Y no deja de tener un halo metafórico el hecho de que esta negociación se produzca en carnavales: resulta anecdótico y casi chirigotero, pero algo simbólico de los días que corren el hecho trivial de que a la ceremonia de los Goya acudiera Pablo Iglesias con esmoquin y el líder socialista sin corbata. The times they are changin´. Los tiempos están cambiando. Pero no sabemos cómo ni hacia dónde.
Lo cierto es que, hoy por hoy, vivimos una apariencia de realidad que no sabemos si es la realidad. Probablemente nunca como ahora, en nuestra historia reciente, engañaron tanto las palabras y las apariencias. ¿Realmente quieren los dirigentes políticos lo que aparentan querer?

No sabemos en rigor lo que pretende Mariano Rajoy, que está jugando al mus, fabricando lentamente la soga con la que, según sus previsiones, terminará ahorcándose su adversario. No parece que la hipótesis de unas elecciones anticipadas –ya hay quien baraja fechas concretas para el mes de junio—satisfaga taxativamente sus deseos: a pesar de la fidelidad del voto conservador y del intento por su parte de seducir de nuevo al electorado que ha viajado hacia las papeletas de "Ciudadanos", su nueva candidatura puede que se vea lastrada por el cerco judicial y policial a la corrupción relacionada con su partido, especialmente en Valencia, y por otra circunstancia añadida, su propia figura como líder, asaz cuestionada ante la opinión pública por su renovado perfil de Don Tancredo, y todo ello a pesar de los esfuerzos para amortiguar esa imagen por parte de un amplio cordón mediático afín.

La cúpula de Podemos, ¿pretende un acuerdo de gobierno con el PSOE o que ofrezca la sensación a de que es así, ante la opinión pública y su electorado? Claro que mola tocar poder aunque ello no signifique necesariamente asaltar los cielos. Un baño de realidad, a ese nivel y por más que sea compartida, podría ser un buen master en política aplicada para su formación. Para ello, Iglesias intenta empujar a Sánchez hacia la casilla que le resulta más cómoda, la de las contradicciones del mundo socialista: frente al discurso de que papá PSOE saque de excursión a los prados de La Moncloa a dicho partido o a Ciudadanos, los podemitas niegan la mayor y rechazan sin paliativos cualquier posibilidad de viajar en el mismo barco político que Albert Rivera. Adiós, por lo tanto, al supuesto idilio entre sí de las fuerzas emergentes frente a las de la casta con las que ahora no tienen otro remedio que dialogar.

Sin embargo, el partido de los círculos coincide a distancia con el PP a la hora de exigir celeridad en las negociaciones que ha emprendido Sánchez después de que Rajoy se rajara. A menos tiempo, menos posibilidades de alcanzar acuerdos complejos y creativos. La postura de Pablo Iglesias es coherente con una formación de izquierda, aunque se aparte del centro al que electoralmente aspiraba: con la derecha, nada de nada, ya sea nueva o vintage. Más allá de esa apreciación ideológica, también podría convenir a su estrategia el sabotaje del proyecto gubernamental de Pedro Sánchez, en cuyo seno podría producirse el legendario sorpasso, siempre y cuando más que un acuerdo implique una abdicación. Hasta ahora, las encuestas venían abonando la posibilidad de que dicho relevo a la hora de representar el paradigma de la izquierda española pudiera producirse en unos nuevos comicios. Todo es volátil, en estas arenas movedizas. Máxime cuando la encuesta del CIS termina generando menos credibilidad que la de los adivinos de las teletiendas.

Iglesias necesita un buen relato si finalmente llaman a las urnas: intentamos –diría en las tribunas-- que gobernara la izquierda pero no hemos podido lograr que Sánchez constituyera un gobierno de progreso, sucumbiendo a Ciudadanos, a las presiones del Ibex y a la de los barones de su propio partido. ¿Sería creíble? Probablemente si, porque le sigue soplando el viento de popa y porque de celebrarse en junio dicha convocatoria electoral, el candidato Sánchez habría tenido que pasar por las horcas caudinas del Congreso del PSOE, tan sólo un mes antes de esa fecha hipotética. Otras incógnitas, no obstante, nos hablan de la posibilidad de que Podemos hubiera empezado a desgastarse para entonces con sus diferencias con las mareas y las candidaturas afines y por la sobre-exposición mediática en los municipios que gobierna y muy especialmente en Madrid donde todas las derechas pretenden llevar a Manuela Carmena hasta los espejos cóncavos del Callejón del Gato convirtiéndola en un esperpento y culpabilizándola, sin pestañear, de no revisar a tiempo el libreto de una compañía de títeres o de los problemas históricos derivados del tráfico y la contaminación: como antídoto a semejante caricatura, les convendría consumir algunas píldoras de "Manuela Carmena en el diván de Maruja Torres", un libro recién editado por Planeta.

¿Perdería fuelle Podemos entre votantes tibios y los recobraría un PSOE capaz de muñir acuerdos a diestra y a siniestra? Quizá ese es el propósito de Pedro Sánchez porque también sea quizá la última oportunidad que tiene antes de verse abocado al suicidio de las ballenas. La que tiene él y la que tiene su partido o parte de su electorado. Si aceptamos que la sociedad española ha cambiado después de ocho años de crisis, que hay un sector de la clase media seriamente empobrecido y que las actuales reglas del juego fabrican al mismo tiempo triunfadores y perdedores, con un abismo económico de por medio, ¿es posible pensar que bajo el mismo paraguas del puño y de la rosa siguen cabiendo ambas sociedades? Sería una buena reflexión para un futuro congreso en el que los socialistas españoles auscultaran su futuro. ¿Es acaso ya la misma y legítima utopía la de aquellos que han mantenido el trabajo, el salario, el poder adquisitivo y la de esos otros a las que lo único que les queda es la esperanza en un cambio profundo en las estructuras socioeconómicas de nuestro entorno? En la primera de esas filas, no sólo hay yuppies del Cup of Coffee –como debería llamarse en nuestro país al Tea Party republicano--, sino muchos progresistas que no comulgan con los postulados conservadores, pero que temen más a las aventuras izquierdistas, sobre todo cuando se les repite a diario que detrás de las coletas acechan los chavistas o los ayatolas.

Pedro Sánchez dice querer un gobierno de progreso, pero se acerca a Ciudadanos, a fin de apaciguar las aguas internas y externas, porque la participación de esa nueva marca electoral en su proyecto de mayoría compleja, atenuaría las críticas respecto al radicalismo que le atribuyen propios y extraños cuando, a primera vista, él aparenta tener de revolucionario lo que cualquier apacible jugador de paddle en un club de postín. Habrá que ver hasta qué punto necesita esa gran coalición que, en rigor, no sería una gran coalición pero que vendría a personificar un esquema de totum revolutum, con su liderazgo en alza –de producirse tal escenario—al pilotar la nave en una tormenta perfecta.

Todas estas apreciaciones provienen de otro hecho contrastado, el de que hemos desguazado las mesas camilla en las que se forjaron los pactos de la transición. Ante los contactos que han ido teniendo lugar durante esta semana y los que ya hubo desde el 20 de diciembre, las noticias transmiten otro espejismo, el de la casa de cristal en la que no hubiera secretos. ¿Cómo es posible alcanzar un pacto del calibre que se negocia sin cuchicheos, sin reuniones clandestinas bajo la niebla de un puente? Ese desacostumbrado afán de transparencia que nos invade propicia el albur de pensar que todo está ocurriendo, en vivo y en directo, en la plaza pública y con todos los medios ofreciendo el minuto de juego y resultado, cuando también esa apariencia puede engañarnos. Algún día supongo que conoceremos toda la cocina que oculta esta negociación y que no guisa sus platos con luz y taquígrafos sino con un ingrediente poderoso, el de la discreción, sin el que no sería posible cerrar ningún compromiso.

Y si ese rincón secreto existe, ¿cómo no presumirlo en otras negociaciones de las que los medios de comunicación apenas hablan? Como la liquidación de ETA por cambio de negocio y la situación de sus presos en cárceles españolas, por ejemplo. O esas otras que se suponen que también transcurren ante un bosque de micrófonos pero que no deja ver los árboles de la letra pequeña que tanto terminará incumbiéndonos: el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, por ejemplo. O las capitulaciones de la Unión Europea ante el Reino Unido, para evitar el Brexit pero que provocarán una nueva explosión controlada de los sueños comunitarios.