Opinion · La tramoya

Crisis económica y crisis ecológica

Florent Marcellesi escribía ayer en este mismo diario un interesante artículo (La crisis económica es también una crisis ecológica) señalando con razón que la crisis económica que vivimos (de la que tanto hablamos) y la ecológica (que tan a menudo se quiere ocultar o cuya importancia vital se disimula) son dos caras de la misma moneda. Y concluía con una idea muy importante que debería estar en el frontispicio de cualquier proyecto de transformación social progresista: «solo habrá economía próspera, paz y justicia social si remediamos también a la crisis ecológica».

Para abundar en estas ideas tan importantes me gustaría subrayar algunas y aportar otras complementarias.

En primer lugar, la correlación y semejanzas entre ambas crisis. En mi libro La crisis de las hipotecas basura. ¿Por qué se ha caído todo y no se ha hundido nada? analizo por qué la crisis económica y la ecológica son las dos una expresión más de las insostenibilidad de nuestro modo de vida y del modelo social y productivo en el que descansa.

Es verdad que se puede hacer que desaparezcan las crisis financieras (entre 1945 y 1980 prácticamente no hubo), y que con políticas adecuadas se pueden aliviar o incluso también suprimir las perturbaciones macroeconómicas pero no dejarían de aparecer otras mientras el afán de lucro y el uso ilimitado de los recursos naturales sean los principios que guíen nuestro modo de vivir y de producir.

Además, la sobreproducción de capacidades productivas, de mercancías, de capital ficticio y de dinero virtual que está asociado a la especulación y a la falta de demanda y a la desigualdad que originan las crisis capitalistas no son sino la imagen refleja de la sobreproducción de residuos y del despilfarro de recursos que se da en la gestión de nuestro medio natural.

Y esa interrelación entre ambas es lo que hace que los efectos de una incidan necesariamente sobre la otra.

Basándome en esa hipótesis adelanté en ese libro lo que finalmente ha sucedido. Que la primera «solución» neoliberal a la crisis consistiría, entre otras cosas, en que los gobiernos trataran de reactivar las economías mediante programas de gasto que aumentarían los daños ambientales. Y que con la excusa de la crisis y del mantenimiento del empleo se trataría de conseguir que los gobiernos rebajaran los límites y los estándares de emisión o de contaminación o de daño ambiental.

Como adelanté, en materia de medio ambiente los gobiernos han actuado durante esta Gran Recesión de igual modo que con la igualdad: considerándolo una especie de lujo que en épocas de crisis hay que dejar de lado, sin ser conscientes de que el mantenimiento de equilibrio ambiental debe ser -como la igualdad- una precondición y no solo un añadido elegante para cuando las cosas van bien; no un coste, sino una necesaria inversión de la que depende el futuro del planeta y de los seres humanos.

Aunque en unos primeros momentos se decía que se aprovecharía la crisis para impulsar la economía verde y para introducir otros modos de utilización de los recursos naturales, la explosión de la deuda generada para satisfacer las demandas del capital y la presión de los grandes grupos industriales puso fin bien pronto a esas expectativas inicialmente tan optimistas. Y, como cabía esperar si no había suficiente fuerza social de rechazo, la crisis se está utilizando para fortalecer aún más a los sectores y empresas tradicionales más contaminantes y dilapidadores (incluso a la energía nuclear) y para retrasar quizá sine die las leyes y normas que puedan cambiar la base energética del modelo productivo.

Es decir, más o menos lo mismo que viene sucediendo en la otra cara de la crisis, en las finanzas, en donde tampoco se llevan a cabo las reformas fundamentales que se habían prometido y que sabemos que son imprescindibles, como en el ámbito medioambiental, para evitar el colapso a plazo fijo de la sociedad.

La segunda cuestión que me gustaría comentar es que, a la hora de dar respuestas progresistas a la crisis, hay que tener en cuenta lo que hemos escrito Vicenç Navarro, Alberto Garzón y yo en Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España: «la crisis que vivimos es el resultado de un fenómeno viejo pero que se ha exagerado en los últimos tiempos de las economías capitalistas: el desarrollo de la producción y el consumo como si dispusieran para sí de recursos inagotables».

Esa creencia lleva a promover como salida de la crisis un tipo de crecimiento económico que no toma en cuenta ni la destrucción del medio ambiente, ni el despilfarro en forma de residuos que no se usan pero que gastan energía o recursos naturales, ni la desaparición de especies, ni, por supuesto, lo que pueda tener valor puramente sentimental o vital como el horizonte o la belleza de un paisaje.

Si, por el contrario, somos realistas y tenemos en cuenta las limitaciones ambientales, resulta que no podemos aspirar a satisfacer nuestras necesidades, a crear empleo e ingresos, simplemente incrementando la actividad con expresión monetaria porque sabemos que eso solo nos lleva al borde del precipicio. O dicho de otro modo, si de verdad queremos superar la crisis no podremos seguir considerando como objetivo de la actividad económica el mero crecimiento de las que tienen expresión monetaria, lo que hasta ahora se conoce como crecimiento económico medido a través del PIB, ni el de aquellas que se computen sin tener en cuenta el balance de residuos, de daño ambiental o social que generen.

Como explicamos en ese libro, no hay alternativas posibles a la crisis que no pasen por medir y a dar valor de otro modo a las cosas que necesitamos, utilizando otros indicadores y variables para gobernar la vida económica y tomar decisiones. Y sobre todo, sin aprender a producir los bienes que necesitemos ajustándonos no solo, como ahora, a la escasez de recursos valorables monetariamente sino también a la de todos aquellos que no se valoran en dinero o que nos proporciona la naturaleza.

Y la consideración de la naturaleza como un espacio del que solo disponemos como prestado y que tenemos que devolver en las mismas condiciones que lo recibimos nos obliga más concretamente a modificar nuestra pauta de consumo, sobre todo, liberándola de la esclavitud que le impone la lógica mercantil ajena a la necesidad y vinculada solo al lucro.

Como también explicamos en el libro, las alternativas a la crisis pasan, pues, por romper también este cascarón de fantasía consumista y de individualidad en el que están encerradas millones de personas, lo que significa que hemos de aprender a desear y a sentir. Pero no para ser esclavos del capricho sino para dominar a la necesidad.

Como concluimos en Hay alternativas, todo esto significa que para salir de la crisis hemos de situarnos en unas coordenadas diferentes a las del mundo en el que vivimos para poder modular y vivir de otro modo los valores en los que queremos insertar nuestra existencia como seres humanos. Hemos de elegir entre el dinero, el comercio, la ganancia, la competición y el cálculo o la cooperación, el afecto, la justicia, el amor o la satisfacción de sentirse realizado con mucho menos pero que en realidad es mucho más de lo que tenemos cuando solo valoramos lo que cuesta dinero.

Podríamos decir que afrontar y resolver la crisis ecológica consiste sencillamente en congraciarnos con nosotros mismos para vivir como lo que en realidad somos en tanto que especie y personas: seres que necesitamos de y vivimos en la naturaleza. Y solo mediante ese paso previo que nos libera y nos permite ser nosotros es posible que tengamos el impulso ético, la fuerza social y la lucidez humana suficientes para ver los problemas económicos en su verdadera dimensión y manifestación y así poder resolverlos de verdad. Lo contrario es empezar la casa por el tejado.