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Adiós a los billetes de 500 euros... ¿Y al resto del efectivo?

Arrinconados_DineroSi la Unión Europea (UE) al fin ha decidido acabar progresivamente con los billetes de 500 euros, ya hay expertos que en EEUU están apostando por la desaparición del de 100 dólares. Ya eliminaron en la década de 1930 los billetes de 500 y 1.000 dólares. Uno de los principales motivos es cercar a las actividades delictivas, a los grandes movimientos de efectivo que no dejan rastro. Curiosamente, el país que más impulsó la creación de los billetes de 500 euros fue Alemania, la por aquel entonces bautizada como ‘locomotora europea’.

Sin embargo, lo que sin duda podría asestar un golpe definitivo a la corrupción y buena parte de las tramas delincuentes es la desaparición total del dinero en efectivo. De este modo, sólo se pagaría con tarjeta de débito, lo que deja siempre un rastro que, previa orden judicial, podría seguirse en caso de investigación policial.

Sin embargo, ¿es posible un mundo sin dinero físico? Y la respuesta es sí. Los avances tecnológicos lo permiten, tan sólo es precisa la voluntad. No deja de ser paradójico que Suecia fuera el primer país en utilizar billetes, allá por 1661, y ahora los nórdicos estén liderando los pagos electrónicos. Como paso intermedio, Dinamarca ha terminado con la obligatoriedad en algunos comercios de pagar en metálico.

Lo que en España parece ciencia ficción, en países como Reino Unido ya es una realidad: allí, cualquiera puede comprar una barra de pan con tarjeta de débito. El pasado mes de marzo, inauguraron en la capital inglesa el primer café que no acepta metálico.

Poner en jaque a los delincuentes no es el único gran beneficio –además, claro está, de evitar las abusivas comisiones en cajeros automáticos-. Algunos economistas aseguran que la eliminación del efectivo abre la puerta a los bancos centrales a explorar nuevas herramientas financieras que pueden ayudar a combatir la inflación de un modo más eficaz, con bajadas de los tipos de interés.

Paralelamente, las fugas de capital de un país a otro estarían mucho más vigiladas, en especial cuando este dinero procede de actividades ilegales. Del mismo modo, los Estados también pueden rastrear todos los ingresos de las grandes corporaciones que en la actualidad evaden el pago de impuestos y se reduciría el número de atracos.

Además de esta lista de ventajas, otro de los factores que pueden contribuir a impulsar la desaparición del dinero efectivo son las economías menos desarrolladas pero que están experimentando un crecimiento exponencial, como es el caso de las emergentes en África e India. Allá, el pago con móvil supera al de billetes, un modelo de pago que cobra más y más peso en la Vieja Europa.

 

La otra cara de la moneda

Un mundo sin efectivo no trae sólo beneficios, también inconvenientes, incluso, para la gente honrada. En primer lugar, ¿puede llegar a acrecentar aún más la desigualdad? A fin de cuentas, para poder pagar cualquier producto será necesario disponer de tarjeta de débito lo que, inevitablemente, obliga a contar con una cuenta bancaria, algo que desgraciadamente no está al alcance de todo el mundo. Al mismo tiempo, existen colectivos, más allá de aquellos sumidos bajo el umbral de la pobreza, que aún teniendo cuenta bancaria no se manejan con las tarjetas de crédito y, mucho menos, con el pago con el móvil: la tercera edad.

Por otro lado, las compañías tecnológicas y las entidades bancarias gozarían de todavía más poder del que ya tienen. ¿Queremos realmente estar más atrapados (directa o indirectamente) aún en sus manos?

El hecho de que cualquier pago que realicemos pueda ser rastreado despierta cierta inquietud por la potencial violación de nuestras libertades civiles. ¿No ha demostrado el caso Snowden que diversos Gobiernos y multinacionales colaboraron para violar algo que está protegido por ley como son nuestras comunicaciones?

Un mundo sin dinero en metálico podría alimentar a un terrible Gran Hermano que, incluso, escapara del paripé en el que en ocasiones se han convertido las leyes. Así pues, un mundo sin dinero, ¿realmente compensa?