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La estúpida moda de privarnos del placer

La llegada del otoño incrementa el número de casos de depresión. Algunos expertos hablan de “depresión estacional”  o “Trastorno Afectivo Estacional (TAE)” y ciertos estudios señalan que afecta a entre el 1% y el 10% de la población, con especial impacto en las mujeres. La disminución de la luz es una de las justificaciones que se asocian a este trastorno; sin embargo, la depresión trasciende al otoño y las estadísticas indican que avanza silenciosamente.

Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) aseguran que el 5% de la población en España sufrió depresión entre 2005 y 2015, lo que supone más dos millones de personas. A día de hoy, el porcentaje se ha disparado hasta el 6,7%, mismo porcentaje de población afectada por la ansiedad. En ambos casos, las mujeres son las grandes damnificadas, concretamente, más del doble: un 9,2% de ellas frente a un 4% de los hombres. Otro dato que enciende la luz de alarma: la depresión se extiende entre l@s más pequeñ@s: según la Asociación Española de Pediatría (AEP), entre un 4 y un 6% de menores podría padecer depresión.

El caso español no es una excepción a nivel mundial y, así las cosas, no sorprende que la coyuntura propicie la aparición de gurús con remedios infalibles. Uno de los que se ha puesto de moda de unos años para acá es el ayuno de dopamina. ¿Qué es la dopamina? Se trata de un neurotransmisor asociado a las sensaciones placenteras, haciéndonos repetir las conductas que las favorecen al tiempo que nos hace rechazar las que no.

Pues bien, según esta corriente del ayuno de dopamina, deberíamos aislarnos de prácticamente todo tipo de estímulos para después sentirnos mejor. Imaginen privarse durante un periodo prolongado de tiempo de la comida, de bebidas estimulantes/alcohólicas, del sexo (en solitario o compartido), del alcohol, de las interacciones con cualquier persona, de la música, de internet, de cualquier dispositivo electrónico, de la lectura, del ejercicio… prácticamente, privarse de todo, la lista puede ser interminable.

La lógica detrás del ayuno de dopamina es que, al suspender todas estas actividades placenteras, cortamos el flujo de dopamina y lo que los gurús de esta teoría consideran una adicción a ella. Con esta acción, aseguran, reseteamos el cerebro, provocamos una especie de reinicio neuroquímico y, tras él, nuestra agudeza se acentúa. Esta teoría se ha puesto de moda especialmente en Silicon Valley, maquillándola con los retiros silenciosos de los antiguos ascetas y con su relación con las adicciones. Sin embargo, aunque es cierto que la dopamina juega un rol importante en las adicciones dentro de nuestro centro de recompensas, no es el único factor involucrado.

Además, el problema a esta teoría es que la dopamina no sólo está asociada a esas sensaciones placenteras, sino que entre sus funciones también se encuentran la regulación del sueño, la actividad motora, la atención o, incluso, el aumento de la frecuencia y la presión cardíaca. Este neurotransmisor juega un papel esencial en el aprendizaje, la memoria, la motivación o el refuerzo. Dicho de otro modo, el supuesto efecto de rebote neuroquímico no sólo no se produce, sino que puede traernos indeseados comportamientos negativos, como el aislamiento social.

Dejando a un lado el problema de las adicciones, autoprohibirnos todo lo que encontramos divertido o placentero en un intento de que después lo disfrutemos más, personalmente, se me antoja una soberana estupidez que, además, llevado a casos extremos puede ser muy perjudicial para nuestra salud. La vida ya nos pone ella solita demasiados obstáculos para que nosotr@s mismos nos hagamos la zancadilla.