Opinion · La soledad del corredor de fondo

EEUU e Irán bajo el nuevo (des)orden mundial

Varios iraníes sostienen fotos del teniente general de la Guardia Revolucionaria de Irán Quds Qasem Soleimani, durante una manifestación anti-estadounidense para condenar el asesinato de Soleimani. EFE / EPA / Abedin Taherkenareh
Varios iraníes sostienen fotos del teniente general de la Guardia Revolucionaria de Irán Quds Qasem Soleimani, durante una manifestación anti-estadounidense para condenar el asesinato de Soleimani. EFE / EPA / Abedin Taherkenareh

El hecho de que Trump aprobara el asesinato del general de división Qasem Soleimani en Bagdad, equivale a un acto de guerra de hecho contra Irán, pero no fue la decisión de un «loco».

El ataque “selectivo” tenía como objetivo asesinar a Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds, brazo operativo en el exterior de la Guardia Revolucionaria iraní, que también alcanzó a Abu Mahdi al Mohandes, vicepresidente de las Fuerzas de Multitud Popular (o Movilización Popular), milicia iraquí mayoritariamente chií con más de 100.000 combatientes, clave en la lucha contra el Estado Islámico y protagonista de las manifestaciones contra la Embajada de EEUU en la capital iraquí del pasado 31 de diciembre.

Bajo el liderazgo de Soleimani Irán ayudó enormemente al Ejército Árabe Sirio (EAS) en su destrucción de Daesh. Ha desempeñado un papel crucial en la derrota del terrorismo en Siria e Irak, y fue ampliamente respetado como uno de los más brillantes tácticos de guerra no convencional o guerra asimétrica. Personaje público y popular en su país, Soleimani se convirtió en uno de los enemigos más odiados de Estados Unidos e Israel, consecuencia de la derrota de las fuerzas proxy regionales de Washington y, por tanto, fue en parte responsable del declive de la influencia norteamericana en ese país.

Pero, ¿cómo interpretar esta nueva escalada bélica en Oriente Medio?

El conflicto de EEUU contra Irán como una manifestación más de la crisis del sistema mundo

En uno de sus últimos trabajos, Immanuel Wallerstein advertía que la “arena más fluida en el sistema-mundo moderno, que está en crisis estructural, es posiblemente la arena geopolítica”. Y es que ningún país llega, ni de cerca, a dominar esta arena. El último poder hegemónico, Estados Unidos, ha actuado durante mucho tiempo como un gigante indefenso. En opinión de Wallerstein, “puede destruir pero no controlar la situación, proclama reglas esperando que el resto [de países] las cumplan, pero puede ser y es ignorado”.

Ahora hay una amplia lista de países que actúan según su conveniencia, a pesar de las presiones de otros países para que actúen en tal o cual sentido. Un vistazo a la situación del mundo confirmará sin dificultad la incapacidad de Estados Unidos para imponer una salida unilateral, realidad que nos conduce a lo que Rafael Poch llama “el alumbramiento de un mundo multipolar”. Pero tal afirmación, ¿qué significado tiene?

La gran transición geopolítica

Políticos de izquierdas partidarios del realismo político, como Manuel Monereo, consideran que “lo que está ocurriendo desde hace varios años no es otra cosa que lo que se conoce como la “trampa de Tucídides”, en referencia al conocido autor de Las guerras del Peloponeso. Así, la lucha por la supremacía internacional marcará una época de conflictos, guerras y muertes. En la actualidad estaríamos viviendo esta trampa en dimensiones colosales: una gran potencia –EEUU- siente su hegemonía en peligro ante la emergencia de otra –China- que cuestiona su supremacía y el orden económico y militar instaurado por ella. Se estaría gestando, por tanto, una gran transición geopolítica: el paso de un mundo unipolar a otro multipolar que traslada el eje hacia oriente. De consumarse esta transición, supondría el fin a la larga hegemonía de occidente y sus valores en el mundo. Emergería, dos siglos después, la gran potencia China y con ella eclosiona un continente de viejas y nuevas civilizaciones que tiene a la India como su elemento más característico. En 2050 uno de cada tres habitantes del mundo nacerán en China o en la India.

Asistimos por tanto a una gran transición geopolítica caracterizada por el paso de un mundo unipolar centrado en los EEUU, a un mundo multipolar centrado en Asia y en Eurasia. El desplazamiento del eje Euro Atlántico hacia el predominio de Asia Pacífico cambia el modo occidental de ver el mundo y será objeto de disputas político-militares de grandes dimensiones.

La pregunta que se presenta por tanto en inquietante: ¿Sabrán EEUU y aliados adecuarse al nuevo cuadro mundial que se dibuja con la potente emergencia de países como China y otros, sin provocar una nueva gran guerra?

Hacia un conflicto global fragmentado

El conflicto de EEUU contra Irán forma parte de un nuevo escenario geopolítico cuya característica principal es, el enfrentamiento político directo y en territorios principales entre los bloques de poder centrales del sistema-mundo (EEUU y el Norte Global) y los bloques regionales de poder emergentes (China, Rusia y la semiperiferia), profundizado la situación de multipolaridad relativa que vivimos.

A diferencia de la etapa anterior, la agudización de las tensiones entre bloques de poder mundial se libra en territorios principales, siendo Irán su último escenario hasta el momento. A la Guerra de Siria (2011) y Ucrania (2013), las disputas en el Mar de China, hay que sumar la latente crisis en Venezuela, la internacionalización de la guerra civil en Libia (a pocos kilómetros de Europa), conflictos todos ellos donde se aprecia como la disputa por la influencia en la esfera interestatal son directos entre las potencias.

Este nuevo orden mundial, o mejor dicho, desorden mundial, se caracteriza por un tenso proceso de multilateralismo relativo, en el que se desarrollan bloques de poder bajo la forma de Estados-nación continentales (China) o Estados con capacidad para constituirse en nuevos polos de poder regional (Rusia, Irán y probablemente Turquía y la India), menos poderosos que el Norte Global encabezado por EEUU, pero que en la actual crisis de dominio del orden mundial por parte de los países del centro, acrecientan su capacidad de influencia global.

Irán y la bomba

Hoy existen nueve países que se sabe poseen armas atómicas: Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia, Francia, China, Israel, India, Paquistán y Corea del Norte. ¿Qué cambiaría si Irán fuera el décimo? ¿alguien piensa que intente bombardear Israel o que Irán tenga la capacidad militar de hacerlo? Parece bastante improbable.

Si Irán no intenta usar la bomba, ¿por qué quiere tenerla? Hay algunas razones obvias. De los nueve países que tienen la bomba, todos menos uno tienen bases lo suficiente cercanas que podrían usar contra Irán. El gobierno iraní sería muy ingenuo si no se preocupara por esto. Es más, a partir de la política estadunidense de los últimos años puede deducir con facilidad que si Estados Unidos invadió Iraq pero no Corea del Norte, una de las grandes diferencias entre ambos países es que el primero no tenía armas nucleares mientras Corea del Norte sí contaba con ellas.

Queda muy claro que si Irán llega a desarrollar armas nucleares, el dique se habrá roto y otros 10 o 15 países se pondrían a trabajar rápido para adquirir tal armamento, con algunos candidatos obvios como: Corea del Sur, Japón, Taiwán, Indonesia, Egipto, Sudáfrica, Brasil y probablemente algunos países europeos. La razón por la cual Estados Unidos en particular está tan agitado con el potencial armamento nuclear iraní, es que una diseminación de armas atómicas en los llamados países medios claramente reduce la fuerza militar de Estados Unidos, siendo esta, una de las últimas manifestaciones de la hegemonía de EEUU sobre el sistema mundo.

La victoria de Irán en Siria y el corredor chií

La guerra de Siria ha desembocado en una inesperada derrota de los países del centro occidental. El resultado de la guerra en Siria y la derrota del Estado Islámico en Iraq, consolida la posición geopolítica de Irán en la región a través del conocido como corredor chií.

El corredor dibuja una media luna en Oriente Medio que iría desde Yemen, pasando por Bahréin, Irán, Iraq, Siria y Líbano (sin olvidar Azerbaiyán o la minoría chií en Afganistán y las conexiones con milicias palestinas en Gaza), países todos con mayoría de población chií o con importantes minorías de la misma, y que hacen de Irán la potencia regional más importante junto a su rival saudí, posibilitando a la República Islámica una salida al Mediterráneo hasta ahora imposible. Corredor en el que se están dando tres conflictos bélicos de dimensiones internacionales, como son la guerra de Siria, de Iraq contra el EI y la guerra de Yemen, conflictos que hasta el momento suponen claras victorias para las posiciones defendidas por Irán.

Solo así se pueden entender decisiones unilaterales de Trump como trasladar la Embajada de EEUU en Israel a Jerusalén o el reciente asesinato de Soleimani, hechos que lanzan dos mensajes de claro calado neocolonial: EEUU va a seguir actuando unilateralmente en Oriente Medio y, frente a cualquier duda, va a fortalecer a Israel en su línea más dura.

No vamos a la tercera guerra mundial pero sí a la generalización de la guerra asimétrica

Irán tiene el derecho legal internacional de defenderse, y su Líder Supremo ya prometió una «dura venganza» con ese fin, pero es extremadamente improbable que tome la forma de ataques directos contra Estados Unidos o sus aliados. La República Islámica sabe que sería literalmente un suicidio hacer tal cosa y por lo tanto no vamos hacia la tercera guerra mundial. ¿Cuál es el escenario?

El resultado más probable del asesinato del General Soleimani es un período intensificado de guerras proxy en Irak, Siria, Líbano y Yemen que se mantenga justo por debajo del umbral convencional dada la incapacidad de Irán de sobrevivir a un abrumador ataque «de represalia» de EEUU.

A medida que todo esto se desarrolle, Rusia y China harán todo lo posible por mantenerse alejados de cualquier refriega regional directa y no intervendrán para defender a Irán en un escenario bélico convencional. Por lo tanto, las respuestas esperadas de Irán se darán bajo la adopción y generalización de la guerra asimétrica en la región, consecuencia de la naturaleza desigual del conflicto entre las dos partes, entre un Estados Unidos con un incuestionable dominio convencional, mientras que Irán tiene su contraparte no convencional.

En todo caso, el conflicto entre EEUU e Irán supone el fin del sueño posmoderno de la gobernanza mundial, abriéndose un periodo de competencia directa por el poder en el sistema mundo en forma de conflicto global fragmentado, anunciando así un largo periodo de (des)orden mundial de imprevisibles consecuencias.