Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Carlos París en el tiempo eternizado

El día 12 de septiembre el Ayuntamiento de Madrid le rinde un homenaje a Carlos París, descubriendo una escultura en su honor en los jardines de su mismo nombre, que le dedicó el anterior consistorio poco después de su muerte.

Madrid le rinde un homenaje a quien en su largo periplo académico, político, filosófico, literario hizo de la ciudad su lugar de residencia permanente hasta su muerte. Tengo que dar unas emocionadas gracias a todos los partidos que forman el Consistorio que con tanta generosidad aprobaron por unanimidad patrocinar este evento.

Quizá es conocida la figura y la obra de París como filósofo, profesor, escritor, político. La menos conocida es la del Carlos hombre.

Los que lo habéis conocido sabéis que era inteligente y profundo, dialogante, y también cordial, burlón y educado.

Era templado y sereno pero también, y no menos importante apasionado. Constituía su estructura fundamental: apasionado por lograr un poco de la justicia y la bondad de que carece este mundo. Y entregado a la amistad y al amor.

Por ello, en cumplimiento de su más profunda estructura temperamental, se apasionó de su militancia. Durante setenta y cuatro años dedicó una parte importante de todas las horas de su vida a militar en la lucha política y social. Es el único socio del Ateneo que pagó su cuota ininterrumpidamente durante 70 años. Y con una sinceridad e ingenuidad únicas. Siempre que le traicionaba un amigo se sorprendía y se dolía, sin comprender que la ambición y la avaricia llevaran a sus camaradas de partido a perseguir un ministerio.

Me contaba cómo creó el Instituto Iberoamericano en los lejanos tiempos del franquismo más cruel.

Cómo constituyó el Instituto de Educación.

Cómo presidió la Asociación de Filosofía.

Cómo fue perseguido por aquel innombrable Ministro de Educación que cambió el calendario escolar, cerró el Departamento de Filosofía y le echó de la cátedra.

Cómo tuvo que dar clase en un instituto durante un curso cuando se quedó sin cátedra y sin emolumentos, y cuánto se divirtieron los estudiantes con él, que incluso cantaban todos juntos en clase. Hasta el año de su muerte sus alumnos le invitaban a una comida anual para agradecerle su magisterio.

Cómo presidió la Asociación de Amistad Hispano Nicaragüense Rubén Darío durante diez años.

Cómo presidió la Asociación de Vecinos de Tetuán durante diez años.

Y todo ello, y más, que ni siquiera seguramente yo lo sé, mientras daba clase cada día –fue el catedrático que más horas de clase impartió en España porque no faltó ni un día, ni tuvo nunca un descanso sabático- y escribía 25 libros. Y ponencias, y artículos y participaba en Congresos, Jornadas, Seminarios.

Y también

Cómo estuvo a punto de ir a unirse a la guerrilla en El Salvador.

Cómo la noche del 23-F pensó que irían a matarle a su casa y amartilló la pistola que guardaba de sus tiempos de alférez, sin querer huir para salvarse. Era una hermosa manera de morir, me dijo.

Y de una lealtad y una fidelidad a sus ideales inquebrantable. Hoy estaría triste y desconcertado ante las discusiones, escisiones y traiciones que se producen en el seno de la izquierda y absolutamente asombrado de que se pueda afirmar que no hay derecha ni izquierda. Habíamos comentado mucho como el lenguaje ha ido cambiando para enmascarar las ideas de izquierda y el análisis marxista de la realidad. En sus escritos y conferencias denunció la ideología dominante que había encubierto la lucha de clases puesto que ya no había clases, sino una sociedad dual en la que unos tienen cosas y otros no, de la misma manera que hay altos y bajos y narigudos y chatos. Un lenguaje que ha permitido estas espúreas interpretaciones actuales que no han sido rechazadas por la izquierda con la contundencia que merecen. Él decía que la izquierda estaba presa del Síndrome de Estocolmo, acercándose cada vez más a la derecha para merecer su perdón.

Cuando hace unos años presentó sus libros Crítica de la Civilización Nuclear  y La Máquina Especulatrix  en el Ateneo de Barcelona, Manuel Vázquez Montalbán dijo que Carlos París significaba para el poder un ruido que molestaba y que no callaba nunca. Pero Carlos era más que un ruido, era la conciencia crítica de una filosofía que en España sigue lastrada por la siniestra herencia del franquismo, por el miedo que heredaron los sucesores y por las componendas y colaboraciones con ese poder, que tantos beneficios proporciona.

Carlos no calló nunca. Desde una postura radicalmente ética, jamás aceptó falacias ni colaboracionismos para obtener beneficios propios. Contra las injusticias habló, escribió y batalló en todos los foros posibles, y en el Partido Comunista de España, en el que sorprendentemente, para los que ya estaban labrándose un porvenir, ingresó después de su legalización. Precisamente cuando él ya no tenía porvenir en ese partido porque los poderes fácticos habían decidido la organización política y económica de nuestro país, con la marginación del PCE. Pero no iba a reprimir el imperativo ético que le indujo a tomar esa decisión con el fin de obtener un huequecito rentable en los partidos más importantes, como hicieron tantos.

Porque como él decía en Ética Radical “la filosofía que profeso parte del grito, del lamento, de la encrespada protesta ante la injusticia del mundo que vivimos. Si Aristóteles afirmaba que la Filosofía nace de la admiración, pero no sólo de la que suscita la contemplación de los cielos, sino de la que brota ante el heroísmo de tantos hombres y mujeres que, incansables, dieron su vida, luchando por el reino de la libertad y la hermandad universales. Y el pensamiento que se levanta, a partir del grito y de la admiración no quiere reducirse a contemplar el mundo, sino que aspira a contribuir a su radical transformación”.

Porque si hay unas virtudes que caracterizan a Carlos París son la coherencia entre lo que pensaba, lo que defendía y lo que hacía. Y el valor para llevarlo a cabo.

En aquellos terribles e interminables años de dictadura, en una universidad ocupada por fascistas y opusdeístas, Carlos siempre se situó al lado de la crítica, de la oposición, con los estudiantes y profesores que comenzaban a derribar los muros que asfixiaban a la institución. Y desde allí y desde sus libros, sus artículos, conferencias, encuentros, congresos, fue explicando al mundo una filosofía basada en el grito ante la injusticia.

Y bien tomaron nota de ello, tanto los fascistas como los demócratas. Los primeros para perseguirle cotidianamente, censurar sus escritos, prohibir sus conferencias, cerrarle el Departamento de Filosofía, abrirle expediente, reducirle los emolumentos, impedirle dar clase –durante un tiempo tuvo que impartir sus lecciones en un Instituto porque no podía entrar en la Universidad.

Los segundos eliminándole simplemente cuando empezaron a gobernar. El Ministro de Educación Maravall lo jubiló prematuramente, a los 65 años, conculcando con ello el compromiso que el Estado tenía con Carlos cuando ganó la cátedra en reñida oposición, que establecía los 70 como edad de jubilación. Pero este despido no les fue suficiente, porque a pesar de estar en la retaguardia seguía haciendo demasiado ruido, y como le habían elegido catedrático emérito, por méritos evidentes, nombramiento que tenía una segunda retribución, al cabo de unos años también se la quitaron para cercarle por la pobreza.

Sus artículos en El Independiente contra la primera guerra del Golfo en la que tan arteramente Felipe González nos implicó, originó que estuviera para siempre en la lista negra de El País, donde ya no le publicaron más.

Su pertenencia al Partido Comunista le situó allende los muros que el capital ha establecido como líneas rojas intraspasables. Medios de comunicación, editoriales,  filósofos, amigos y compañeros que dejaron de citarle, de entrevistarle, de editarle, de visitarle, de atender sus llamadas. Pero nada de ello hizo más mella en él que la melancolía que a veces le invadía al comprobar la falta de reciedumbre y de lealtad de los seres humanos.

Le compensaron de tantos sinsabores las sucesivas elecciones para la Presidencia del Ateneo, donde durante casi diez años, en dos etapas diferentes, pudo renovar la institución que atravesaba sus más graves crisis: económica, de gobierno, de convivencia. Sus mandatos estuvieron regidos por la inteligencia, el sentido del humor, la amabilidad, la comprensión y la tolerancia, incluso para los hooligans que, en pequeños círculos pero muy activos, se han instalado allí. Pero la buena convivencia, la colaboración sin enfrentamientos con los miembros de las Juntas de Gobiernos que se fueron eligiendo, hicieron grata para Carlos la tarea ateneísta y  lograron el renacimiento de la institución. El Ateneo de Madrid, bajo su presidencia, logró recuperar el prestigio, la apertura, la libertad y el pensamiento creador que habían regido durante casi dos siglos su existencia.

Y con mayor pasión y fidelidad de la que se entregó a las causas políticas amó a sus mujeres y a sus hijos.

Yo les voy a contar por qué me enamoré de Carlos París. Llegué a Madrid desde Barcelona, donde había vivido toda mi vida, en febrero de  1986. Comenzaba la campaña contra la OTAN, participé en ella y después en la Asamblea de Izquierda Unida. Al concluir de leerse el documento de la Plataforma que sería el borrador del Manifiesto fundacional de la coalición se dio la palabra a la sala. La primera mano que se levantó en la primera fila y la primera voz, masculina, dijo “Esta plataforma no trata en ningún apartado del problema de la mujer”. Era la primera vez, y sigue siéndolo, en que un hombre -filósofo, sociólogo, político, obrero o campesino- interpela en un acto público sobre el tema de la situación de la mujer.

No le encontré hasta dos años más tarde, porque se fue inmediatamente de la asamblea. Y la primera vez que nos reunimos en mi casa me preguntó qué opinaba de la condición femenina, de la situación de la mujer, del lesbianismo. Con sorpresa le pregunté por qué se preocupaba de esos temas y me respondió, como algo evidente, “no hay ningún aspecto de la vida al que pueda estar ajena la filosofía y si se trata de los sufrimientos de la mitad de la humanidad mucho menos”.

Cuando llevábamos unos meses juntos y ya había constatado su amor por mi le dije bromeando que yo en realidad me acerqué a él porque solo quería un ligue, y muy serio me replicó: “Pues era un disparate porque yo todo me lo tomo en serio”. Y así era.  El no concebía que se mantuvieran relaciones sexuales sin amor, y  yo le tachaba de anticuado. Lo que era cierto. Carlos París era un anticuado puesto que creía firmemente en las virtudes heroicas, en la lealtad, en la honradez, en el sacrificio total por los ideales que defendía y en el amor y la fidelidad.

Porque Carlos fue más que un filósofo de la ciencia, más que un antropólogo filosófico, más que un investigador social, más que un dirigente político. Carlos París fue un pensador feminista y esa condición no se recuerda ni se remarca. Sus discípulos y comentaristas nunca analizan esa vertiente de su pensamiento.

Carlos ha sido en definitiva un hombre bueno y el mejor amante que pueda imaginarse. No hay otro Carlos París y le hemos perdido.