La realidad y el deseo

Adiós a las armas

La escandalera mediática sobre las negociaciones del Gobierno con ETA cae en el vacío. El terrorismo no es hoy un motivo real de preocupación en la sociedad española. Y eso no sólo se debe a las urgencias de la economía, sino también a algo que no quiere asumir la rutina política: se trata de un problema solucionado. No exagero al afirmar que muchos hubiésemos aplaudido si hace unos años nos llegan a profetizar que, durante el Gobierno de un lehendakari no nacionalista, el mundo abertzale decidiría al fin crear una formación política que renunciase a la violencia y declarase su separación de ETA. Pues así es ahora, y en vez de celebrarlo nos enredamos una vez más en acusaciones tremendas.

La existencia de criminales es un problema policial. El problema político era que ETA contaba con el apoyo de una parte significativa de la población vasca. Pero la violencia ha quedado desacreditada en la última década. Los caminos de la democracia son los únicos apropiados para luchar por los ideales, incluso por el derecho a la autodeterminación y la independencia. La transformación de la sociedad y el ejemplo macabro de otros terrorismos internacionales han dejado a ETA fuera de lugar. Además, pese a que se ha criticado mucho la voluntad negociadora de los gobiernos, los efectos reales están ahí. Cuando ETA rompió la tregua con el atentado en el aeropuerto de Barajas, abrió la puerta a la posibilidad de que en el País Vasco gobernara un lehendakari no nacionalista.

Se consiguió entonces lo que Albert Camus soñaba durante los años del terror en Argelia: una tregua civil. ETA puede resistirse en su agonía, pero el mundo político que apoyaba sus atentados se ha alejado de la violencia, y lo ha hecho en los estatutos de una nueva formación. ¿Por qué no nos alegramos? Porque estamos en condiciones de decir adiós a las armas, pero no de abandonar la demagogia electoralista. Lo peor, sin duda, del terrorismo son los criminales. Pero en España hay un problema añadido con la manipulación bipartidista del dolor. Para equilibrar la manipulación que el PP estaba haciendo de ETA, Rodríguez Zapatero propuso en el año 2000 un Pacto de las Libertades y contra el Terrorismo. Se rompió así el espíritu del antiguo Pacto de Madrid, en el que todas las fuerzas políticas del Congreso, desde Alianza Popular hasta Euskadiko Ezquerra, firmaron la voluntad conjunta de los demócratas contra el terror.

El Pacto de las Libertades llevó el asunto del terrorismo al beneficio electoral del sistema bipartidista. De ahí surgió también en junio de 2002 la Ley de Partidos. Cuando el juez Baltasar Garzón intentaba ilegalizar por la vía penal a Herri Batasuna, el PP no quiso perder el protagonismo político y cerró con el PSOE una ley que levantó serias dudas jurídicas al sacrificar derechos constitucionales importantes. Lo denunciaron IU y las formaciones nacionalistas. También mostró su preocupación Amnistía Internacional. Y en un informe de diciembre de 2008, Martin Scheinin, profesor de Derecho Institucional Público en el Instituto Universitario Europeo y Relator Especial de la ONU sobre derechos humanos y libertades contra el terrorismo, avisó de que la ley resultaba poco clara. Cabía el peligro de que se aplicara a formaciones pacíficas que defendieran, al margen de las armas, algunas posturas identificadas antes con bandas terroristas. Los intereses políticos podían colarse en la ley. Eso es exactamente lo que ha pasado ahora con Sortu y lo que ha dividido de forma tan llamativa a los jueces de la sala del 61 del Tribunal Supremo. En la justicia sacralizada de la Inquisición se pedía al reo que demostrase su inocencia. La justicia moderna se basa en la necesidad contraria de probar la culpabilidad antes de condenar. La verdad es que no hay en los estatutos de Sortu nada que impida su legalización.

Estamos en condiciones de dejar las armas, pero no de superar el circo electoralista. El PP sigue haciendo demagogia. El PSOE, prisionero en su propia trampa, no se atreve a alegrarse de uno de sus mayores éxitos en esta legislatura: la renuncia del mundo abertzale a las armas. Será un éxito más que le deje en herencia a una derecha que no va a dudar un momento en apuntarse el tanto en cuanto llegue al poder.