El precio trágico de pagar la deuda

El régimen implantado en Perú tras el golpe de Estado que encabezó el 2 de octubre de 1968 el general Juan Francisco Velasco Alvarado tuvo sus claros y oscuros, pero durante unos años encarnó para las clases desfavorecidas una esperanza de poder popular y de recuperación de soberanía y dignidad nacionales con escasos precedentes en América Latina. A golpe de decreto, la banca, la minería, el petróleo y la industria pesquera pasaron a control estatal. En apenas nueve meses, se puso en marcha una reforma agraria que expropió latifundios de la oligarquía terrateniente y permitió crear cooperativas con las que los campesinos más humildes pudieron entender por fin el sentido del grito de guerra la tierra para quien la trabaja.

Esas expropiaciones se pagaron a los grandes propietarios con bonos que casi se convirtieron en papel mojado, pero también, con el paso del tiempo, en apetitoso objeto de deseo de tiburones financieros que intentan comprarlos a precios de saldo para forzar al Gobierno a pagar por ellos su valor nominal, so pena de perder su crédito internacional. En definitiva, un ejemplo más de la vieja historia titulada Las deudas hay que pagarlas, con un revelador remake en Grecia, y que el norteamericano afincado en Lima Barney Elliot ha utilizado como materia prima de un estimable filme político, La deuda, coproducción hispano-peruano-estadounidense.

Con un estilo que recuerda al de Babel, con tres historias aparentemente desconectadas que al final encajan, con una excelente fotografía, buenos actores y un ritmo que apenas adolece de defectos propios de una ópera prima, La deuda es una película que hace reflexionar, lo que no es poco entre tanta basura insustancial como puebla la cartelera cinematográfica.

En una ilustrativa escena, el tiburón estadounidense encargado de convencer a los antiguos propietarios de que vendan sus bonos pone entre la espada y la pared, con la exigencia del pago urgente, al mismísimo ministro de Finanzas peruano. De nada sirve que éste, con una ingenuidad que cuesta imaginar en un político actual, le suplique que reflexione sobre los recortes sociales que supondría atender su exigencia, como el cierre de numerosas clínicas y hospitales en un país en el que la adecuada atención sanitaria ya es de por sí un lujo para la mayor parte de la población.

Para hacer más evidente el precio trágico que el pago de la deuda impone a los países de lo que en otro tiempo se llamó Tercer Mundo, una de las historias muestra el caso de una auxiliar de enfermería que tiene que recurrir al chantaje para que su anciana madre, que sufre atroces e incontrolables dolores, sea operada pese a la escasez atroz de médicos. El director del filme no hace concesiones: ni siquiera permite que esta mujer quede con la conciencia tranquila, sino que la sitúa ante la evidencia de que a veces salvar una vida supone arruinar otra.

Lo más llamativo de La deuda es el contraste entre el frío cálculo económico de los especuladores sin escrúpulos, que se ceban en un país pobre sin reparar en las víctimas que dejan en el camino, y un campesino, líder de una comunidad agrícola y ganadera a más de 4.000 metros de altura, que defiende numantinamente el derecho a la dignidad y la tierra. El tiburón más cercano -que en esta ocasión es peruano- se compincha con sus congéneres de la misma especie rapaz norteamericanos para lograr un objetivo común que pasa por privar a los pequeños propietarios de la herencia legada por la reforma agraria de Velasco Alvarado.

La película engarza con habilidad las historias personales y el mensaje político y, pese a algunas insuficiencias, logra su objetivo de despertar en el espectador un reflejo de rebeldía, probablemente inútil pero no por ello menos necesario. Cuando menos, permite hacerse una idea más cabal de lo que implica que, por ejemplo, que un país en la ruina como Grecia, con sus gentes al borde de las asfixia a causa de los recortes, satisfaga una deuda exterior monumental. David Graeber ha tratado el tema en su globalidad en un libro revelador: En deuda. Una historia alternativa de la economía, editado por Ariel.