Harper Lee traiciona a un mito americano

04 Sep 2015
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Acabo de leer Ve y pon un centinela (HarperCollins Ibérica) y me declaro estupefacto por dos motivos: por una traducción que, aunque correcta, casi parece una marca comercial (Belmonte Traductores), y porque se me escapa la justificación de publicar esta precuela 55 años después de la arrolladora aparición de Matar un ruiseñor, cuya esencia destruye.

En su día esta novela que reflejaba la grandeza y la miseria de EEUU, y que había de convertirse casi en un libro de texto de obligada lectura en muchas escuelas, fue desechada por varios editores, incluido el que tuvo la clarividencia de sugerir a Harper Lee que recrease la infancia de la protagonista y desarrollara en toda su profundidad e implicaciones un pasaje que en la primera propuesta apenas si tenía relevancia. Así lo hizo. El centinela acumuló polvo durante más de medio siglo, esperando quizá la ocasión de salir a la luz y exhibir su desaforada capacidad de polemizar, escandalizar y sacudir las conciencias.

En Matar a un ruiseñor, era agobiante el paisaje moral que rodeaba el juicio en el que Atticus Finch (Gregory Peck en la adaptación cinematográfica de Robert Mulligan), el padre de Scout (Jean Louise ya adulta en el centinela), defiende a un negro injustamente acusado de la violación de una joven blanca en la sureña y racista localidad de Maycomb (Alabama). La novela, claramente inspirada en las vivencias de su autora en Monroeville (también en Alabama), dio a luz por derecho propio a un mito, pero también a un símbolo político e ideológico, en el ejemplo de lo peor y lo mejor de la sociedad norteamericana.

Lo peor: la intolerancia y la extendida convicción de la supremacía blanca, el odio, el temor y el desprecio a los negros que pervivía –aún pervive- en buena parte del Sur –y no solo en el Sur-, casi un siglo después de la Guerra de Secesión, que acabó con la esclavitud, pero no con la desigualdad, la explotación y la discriminación racial. Lo mejor: que esa misma sociedad atesoraba aún en su interior, en el corazón de muchas personas como Atticus Finch, el germen de su regeneración.

El hijo de un negro se sienta hoy en el Despacho Oval de la Casa Blanca, las leyes consagran la igualdad racial, la discriminación positiva ha permitido el acceso a la universidad de miembros de las minorías en proporción aún insuficiente pero impensable hace tan solo unas pocas décadas. Los avances son notables, aunque insuficientes para garantizar una igualdad real y no solo teórica. Negros e hispanos abarrotan las prisiones, copan las cifras del paro y el empleo precario, caen víctimas de las balas de la policía, recurren a la beneficencia pública o privada.

Algunos han prosperado y han visto hecho realidad el sueño americano; otros comparten la suerte dispar de muchos wasps (blancos, anglosajones, protestantes) y se insertan paulatinamente en los diversos estratos de una clase media que ahora pasa por sus horas más bajas; y muchos rozan o caen en la marginación en proporción que desafía la estadística. Pero algo está claro: que sin la larga lucha por los derechos civiles, sin héroes como el Atticus Finch de Matar un ruiseñor, la suerte de las minorías discriminadas, y de manera muy especial la negra, sería incomparablemente peor.

Harper Lee consiguió con su libro, convertido en un clásico y del que se han vendido más de 40 millones de ejemplares, crear el prototipo del héroe americano que lucha porque se haga justicia sin distinción de raza o credo, que se apiada del débil y desamparado, que lucha contra la intolerancia y que constituía un ejemplo de conducta para sus propios hijos –en la ficción-, para muchos otros millones de hijos y para todo un país. Atticus Finch dejó pronto de ser el protagonista de una novela para convertirse en un prototipo, un símbolo, una guía de conducta.

Y en éstas llegó Ve y pon un centinela. Cuesta entender que la misma escritora de una sola obra que un día supo ver que el mejor destino de su propuesta inicial era el olvido se haya dejado convencer, al filo de los 90 años, sin apuros económicos, mientras su vida se apaga en una residencia de ancianos de Monroeville, de la conveniencia de rescatar una novela que derriba a Atticus Finch de su pedestal, sea o no cierto que el manuscrito ha estado perdido hasta hace poco.

El Atticus del centinela tiene poco que ver con el del ruiseñor. Ya no es un caballero lanza en ristre defendiendo en la soledad de quien sabe que hace lo que debe la justicia frente a los demonios de la intolerancia, sino que es un hombre de su tiempo, de los años cincuenta, respetado y perfectamente insertado en la élite blanca de una pequeña ciudad del Sur racista y reaccionaria. Ha dejado de ser un ejemplo admirable para su hija Scout que, ya con 27 años, descubre que su padre maneja panfletos como el titulado La peste negra “que hacen que Goebbels parezca un inocente muchachito de pueblo”, en los que se dice que “los negros no tienen la culpa de ser inferiores a los blancos” y se propugna que hay que “mantenerlos en su sitio”.

Atticus está en la junta directiva del Consejo Ciudadano de Maycomb, un nombre aséptico que ocultaba una ideología próxima al Ku Klux Klan (llegó a ser ilegalizado), y en cuyas reuniones participaba gentuza blanca que quería “defender el modelo de vida sureño”, que hablaban de los negros como “cabezas huecas” con una “inferioridad esencial… sinvergüenzas con cabeza de borra… de olor grasiento… más rastreros que cucarachas”. Porque Dios quiso que las razas estuvieran separadas, ya que, de no ser así, “nos habría creado a todos de un solo color”. Conclusión: “Que vuelvan a África”.

A la Scout convertida en Jean Louise, ya adulta pero siempre daltónica, es decir, que no distingue el blanco del negro, se le caen los palos del sombrajo. Le cuesta reconocer en este Atticus radicalmente opuesto a los intentos de Washington de restringir la capacidad legislativa de los Estados (aunque sea para igualar derechos entre las razas) al que un día dijo: “Los mismos derechos para todos, privilegios especiales para nadie”. Incluso la defensa del negro acusado de violar a una negra que se recreaba en el ruiseñor se ve con otra perspectiva: como el intento de evitar la interferencia de abogados de la asociación antidiscriminación racial NAACP en los asuntos internos de Maycomb.

Este Atticus del vigilante defiende con lo que pretende ser rigor intelectual que “lo blanco es blanco es blanco y lo negro es negro”, y alerta a su hija de que si a todos los negros del Sur, “que nos superan en número”, se les diera de repente plenos derechos civiles, eso supondría que el Gobierno de Alabama estaría controlado por personas que no sabrían  dirigirlo. Y la desafía: “¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, iglesias y cines? ¿Los quieres en nuestro mundo? ¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado el nivel para integrar a niños negros?”. Para Scout/Jean Louise la respuesta es obvia: ¿Por qué no? “Son personas, ¿no?  Estuvimos muy dispuestos a importarlos cuando nos hacían ganar dinero”.

Ella pierde sus puntos de anclaje en este mundo. Ya no puede ver con los mismos ojos ni a su padre, ni a su tío ni a su novio. Los tres tienen la misma visión del papel que les corresponde a los negros y a los blancos. Solo ella, que se fue a vivir a Nueva York, ve la situación con la misma perspectiva de cuando era una niña de nueve años que contemplaba a su padre como si fuera Dios. La mayoría de los lectores del ruiseñor –rematado 55 años más tarde- comparten ese desamparo. Huérfanos de un mito.

Por lo demás, el centinela está muy lejos de desprender el mismo aura fascinante que el ruiseñor. Si se elimina la contradicción en ambos casos de la conducta de Atticus, al que ya no sabemos si considerar héroe o villano, la novela no tiene fuelle suficiente para dejar una huella perdurable. Demasiado discursiva, casi rancia, una visión más –y no de las más clarividentes- de la evocadora nostalgia del profundo Sur, explotado hasta el agotamiento en la literatura norteamericana. Lo más relevante es que dinamita la imagen de un héroe de profunda humanidad convertido con el paso de los años en prototipo de honestidad, coherencia y lucha contra la discriminación racial. Y esa labor de demolición no es un mérito, sino en todo caso una traición.