De cómo dos billetes idénticos pueden convertir Suiza en una república bananera

¿Puede haber dos billetes de cien francos idénticos, con la misma numeración, y que ninguno de los dos sea falso? En teoría, no. Se supone que, para evitarlo, el proceso de fabricación del papel moneda está sometido, en cada uno de sus pasos, a la más exigente y rigurosa supervisión. Y más en Suiza, guardián de las esencias del supremo dios del dinero. Es demasiado importante lo que está en juego. Sin embargo, Martin Suter se ha atrevido a imaginarlo en Montecristo (Libros del Asteroide) y se ha documentado de forma exhaustiva, incluso recurriendo al director de la Administración de Finanzas suiza, para que al menos en la ficción esta fantasía sea posible, y para insinuar las devastadoras consecuencias que ese hecho podría tener en el caso de que llegara a ser de conocimiento público.

Porque, claro está, no se trata de una sola duplicidad, sino de que ese descubrimiento puntual fruto del azar es tan solo la punta de un iceberg de proporciones gigantescas, el hilo del que, si se tira y se tira, puede conducir no a la salida del laberinto del Minotauro sino a las garras del monstruo. ¿Hasta qué extremo? Hasta amenazar con que la Confederación Helvética, ese país tan solvente en el que hay más bancos que hongos, se convierta en una república bananera. O hasta conducir al planeta a una hecatombe, generadora de guerras y hambrunas, que dejaría en nada la que precipitó la quiebra de Lehman Brothers.

Que nadie se alarme. El mundo va en caída libre, y quizá los banqueros contribuyan todavía más de lo que ya lo han hecho a que siga su veloz ruta hacia el abismo, pero el peligro asociado a esa casta de la que depende el equilibrio mundial no parece inmediato, quizá porque no sabemos de la misa la mitad. Pero aquí estamos tan solo ante una novela, cuyo objetivo fundamental es entretener. Igual que, por ejemplo, Soy Pilgrim (Salamandra), de Terry Hayes, en la que un fanático terrorista islámico monta, al estilo de Frederick Forsyth, un plan para convertir Estados Unidos en un cementerio, utilizando un arma bacteriológica.

Algo tiene Montecristo para que quede un par de escalones por encima de ese tipo de libros insustanciales, perfectos para leer en el metro o bajo la sombrilla que no suelo reseñar en esta columna pero que, de vez en cuando, leo para desintoxicarme, por ejemplo, después de tragarme las 1.600 páginas de los tres primeros volúmenes de la más que interesante Mi lucha, de Karl Ove Knausgard (Anagrama). Quizá sea que, a su aparente ligereza y su habilidad para retener la atención del lector, suma la ilustración de un escandaloso problema, aunque el trazo no sea demasiado fino.

Montecristo es, ante todo, una novela negra, con una trama que avanza sin tregua hacia su clímax (un tanto salido de madre), varios asesinatos (faltaría más), un contexto de máxima actualidad, una conspiración de altura y tres personajes muy bien trazados: el periodista de famoseo convertido a su pesar en investigador de un embrollo que le viene demasiado grande, el veterano y desastrado colega especializado en las cloacas del mundo financiero, y, por supuesto, la chica, de la que no diré más para que nadie me acuse de destripar la novela más allá de lo que ya pueda haber hecho.

Por el mismo motivo, más me vale parar aquí. Diré tan solo que Martin Suter ha buscado la complicidad del lector al mostrar con habilidad el contraste entre la ingenuidad del protagonista y el cinismo de los guardianes del sistema con los que se tiene que enfrentar: gobernantes, magnates, banqueros y grupos de comunicación conscientes del mal olor de la cloaca –que recoge su propia mierda-, pero sobre todo de que hay que luchar a muerte para enmascararlo, aunque sea bajo una capa de Chanel número 5.