El marido novelista de Virginia Woolf

La publicación –por primera vez en castellano- de La aldea en la jungla (Ediciones del Viento), de Leonard Woolf, hace justicia tardía, un siglo después, a un espléndido novelista, por más que el hecho de ser el marido de Virginia Woolf –quizá la escritora más famosa del siglo XX- le relegase a un papel secundario.

La sombra de la autora de La señora Dalloway le ha perseguido incluso en el cine. En Las horas, de Stephen Daldry (2002), el actor que le daba vida, Stephen Dillane, compuso una interpretación sobresaliente al encarnar a ese dedicado compañero, más atento a los intereses de Virginia que a los suyos propios, siempre pendiente de alejarla del borde del abismo de la enfermedad mental que, por fin, la condujo al suicidio. Sin embargo, Dillane no obtuvo un gran reconocimiento a su trabajo y todos los honores (el Oscar, el Globo de Oro, el Bafta…) fueron a parar a Nicole Kidman que, más que antes o después, se olvidó de que era Nicole Kidman, incluso en el aspecto físico que mostraba a la cámara, para convertirse en una convincente y auténtica Virginia Woolf.

Esta columna reivindica la figura como escritor de ficción de Leonard Woolf, cuya reputación procede de su labor como editor (fundador de Hogart Press), sociólogo, ensayista, polemista, ensayista, y militante laborista y fabiano que en 1916, mucho antes de la creación de la Sociedad de Naciones, publicó un libro en el que proponía la creación de una agencia para promover la paz en el mundo. Fue, además, un componente esencial del grupo de intelectuales conocido como Apóstoles de Cambridge (con, entre otros, Keynes, E. M. Forster, Bertrand Russell y Thobby Stephen, hermano de Virginia) y, sobre todo, del Círculo de Bloomsbury, casi su continuación natural y en el que el éxito como novelista de su esposa (nacida Stephen) eclipsó al resto, aunque les dio mayor visibilidad.

Todo ese historial palidece ante la excelencia literaria que revela La aldea en la jungla, una joya escondida que ni siquiera ha sido suficientemente reconocida en el Reino Unido, donde pasó sin pena ni gloria. Nadaba contracorriente. La novela relata la historia de una familia que, a comienzos del siglo XX, en el Ceilán colonizado por el imperio británico, se enfrenta en una minúscula aldea, eternamente acosada por el avance de la selva, a una desesperada y primaria lucha por la vida, contra el hambre, la superstición, la insolidaridad, los prejuicios machistas y de casta de sus propios vecinos, los abusos de un poder a escala de ese microcosmos, pero demoledor y que, llegado el caso, no duda en recurrir para perpetrar sus tropelías al aparato ciego y remoto de la justicia británica. En los dos juicios que se relatan, únicos pasajes en los que aparece el hombre blanco, el veredicto es injusto.

La gran virtud de La aldea en la jungla es que, por vez primera en la literatura inglesa, años antes de Pasaje a la India (de E. M. Forster, otro socio de Bloomsbury), el punto de vista reflejado es el de los nativos, no el de los colonizadores. Y eso en una época en la que la dominación de la India y Ceilán se basaba en una concepción racista, en el convencimiento de que si un puñado de funcionarios y unos miles de soldados podían gobernar sin graves problemas a centenares de millones de personas era porque eso respondía a un designio de la razón y el destino para llevar la civilización a las razas inferiores.

En De perlas y cerdos, uno de los tres relatos cortos que acompañan a la novela en la edición en castellano, lo explica un corredor de bolsa apoltronado en un club de Torquay: “Aquellas gentes necesitan mano de hierro (…) Cuidemos de ellos, por supuesto, proporcionémosles colegios si necesitan educación, colegios, hospitales, carreteras y vías de ferrocarril. Pero hagámosles saber quién manda. (…) Yo soy un hombre blanco, vosotros sois negros, os trataré bien, os daré tribunales y justicia; sin embargo, por pertenecer a una raza superior, aquí mando yo”.

Leonard Woolf no pensaba así. Tampoco lo hacían Forster o el Orwell de Días birmanos. En los siete años que pasó como funcionario en Ceilán, el autor llegó a administrar un distrito de 100.000 habitantes, estudió a fondo las costumbres de cingaleses y tamiles (las dos etnias de conflictiva convivencia en la isla), aprendió su idioma y se esforzó por entenderles, lo que le llevó a un posicionamiento crítico sobre la misión civilizadora del imperialismo británico.

Él no era un funcionario tipo, sino un intelectual liberal e ilustrado, que llevaba en su equipaje los 70 volúmenes de las obras completas de Voltaire. Y que se dio cuenta de que la literatura sobre el subcontinente que hacía furor en Europa, la de los aventureros intrépidos, los soldados sin miedo y los clubes exclusivos en los que criados sumisos servían a ingleses de etiqueta y a sus esposas de vestidos vaporosos, ocultaba una realidad en la que las masas empobrecidas tenían que librar una desesperada lucha por la supervivencia mientras se aferraban a sus costumbres ancestrales.

Como era de temer, su retrato de las miserias y tragedias cotidianas de una pequeña comunidad en mitad de la selva, tan opuesto a la verdad oficial, cayó en el vacío. Solo con el paso de los años, se empezó a reconocer el mérito de un esfuerzo pionero por ver las cosas desde el otro lado, el valor casi antropológico de La aldea en la jungla.

Aun así, todavía se le escatima su consideración como una espléndida novela, que maravilla por la calidez y la emotividad de su lenguaje, la profundidad con la que está reflejada la psicología de los personajes, el temor a los hechizos y a dioses no siempre benignos, la eterna necesidad de endeudarse y el pánico existencial a no poder pagar, la fuerza amenazante y destructora de la naturaleza, de las fieras que acechan a escasa distancia de las cabañas.

Durante las pocas horas que se empleen en leer estas 200 páginas, será imposible sustraerse al ambiente de autenticidad creado por Woolf, no identificarse con las motivaciones del viejo cazador Silindu y de sus dos hijas, Punchi Menika y Hinihami, cuyo pecado original es no resignarse ante la injusticia, no someterse, no vender su libertad.

Se trata de una extraordinaria novela que hace preguntarse si Leonard Woolf no cometería el mayor error de su vida al abandonar la ficción, ya fuera por la incomprensión de los lectores de la época, porque le resultaron más estimulantes sus otras vocaciones, o porque, quien sabe, no quiso entrar en una guerra de egos con su propia esposa. Una lástima.