Memento

¡Vamos, Rafa!

23 de abril de 2021; Real Club de Tenis, Barcelona, ​​Cataluña, España; ATP Tour, Individual Masculino, Barcelona Open de Tenis; Barcelona Open Banc Sabadell Trofeo Conde de Godó; Rafa Nadal durante el Trofeo Conde de Godó en el Real Club de Tenis Barcelona.- Europa Press

La pasada semana toda la actualidad informativa estuvo copada por dos noticias. Por un lado, el asunto de las declaraciones del ministro Alberto Garzón sobre las macrogranjas. Un tema que hace una semana parecía de vital importancia, pero que hoy día apenas tiene mención en la prensa española. Un ejemplo más de cómo un bulo sirve para que cada partido construya su relato, cada votante compre el que más le interese y cada medio de comunicación haga bandera de su postura antes de enviarlo al enorme cajón del olvido. En una sociedad que avanza a tanta velocidad, los debates se hacen a base de titulares y se desechan con la misma facilidad con la que se ponen en el centro del tablero político.

El otro gran asunto fue todo el lío con Djokovic en Australia. No voy a entrar en detalles porque se ha escrito y hablado más que suficiente sobre todo lo que sucedió alrededor del tenista, pero sí es importante ver cómo la postura antivacunas de un tenista y su choque contra la legislación australiana ha salpicado la vida política española y, de rebote, ha enfangado a todo un símbolo nacional, Don Rafael Nadal. Un personaje que para muchos es casi tan grande como la bandera y el ‘¡Vamos, Rafa!’ casi tan importante como el himno. Pura sangre rojigualda. Pero no importa, para los abanderados de lo que ellos llaman libertad se ha convertido en un traidor.

Cuando saltó la polémica Rafa Nadal fue bastante claro: "El mundo ha sufrido suficiente como para no seguir las reglas. Cada uno debe hacer lo que piensa que es bueno para él, pero no vacunarte te puede provocar inconvenientes", "Cada uno es libre de tomar sus decisiones, pero tienen sus consecuencias". Un mensaje que te firmaría el olvidado Fernando Simón, pero que exaltó a la extrema derecha más negacionista. En redes sociales rápidamente comenzaron a llamarlo cobarde y cómplice. No tardaron en salir fotos en las que aparecía junto a Bill Gates, lo que lo convertía en un siervo del Nuevo Orden Mundial y pedían el boicot para todos los productos que él anunciara.

Podría parecer una anécdota, ¿cómo van a influir las redes sociales en un tenista millonario con 20 malditos Grand Slam a sus espaldas? Es probable, porque cabe recordar que los cansinos fascistoides negacionistas parecen tener mucho tiempo libre, mucha organización y financiación y mucha capacidad para dar la turra constantemente. Y muchas veces se salen con la suya. Hace tiempo lo vimos con el programa de humor El Intermedio y, más reciente, se pudo ver cómo Movistar+ impedía a sus presentadores hacer chistes sobre determinados asuntos políticos. La novedad es que atacan a un símbolo nacional. Esta ofensiva contra el deportista mallorquín sí que no se lo esperaba nadie, la verdad.

¿Y la derecha institucional? Durante esos días estuvo como el meme ese donde hay un superhéroe que debe escoger entre dos botones, pero suda porque no sabe cuál. ¿Atacar a un ídolo de la patria o defender la libertad de saltarse las normas pandémicas y contentar a su electorado negacionista? Por suerte, pudieron usar el comodín de salir a defender a Djokovic y sumarse a las palabras del padre del tenista y convertirlo en nada menos que un héroe o un mártir. Además, de su lado tienen a otro tenista español como Feliciano López, pero, para su desgracia es más diestro con sus ideas que con su raqueta, así que no les sirve como símbolo y tienen que seguir abrazados a Nadal para vender su idea de Marca España.

Maldita pandemia que va a terminar hasta con los símbolos nacionales. Porque atacar a Nadal por reunirse con un corrupto fugado en Abu Dabi no es necesario, pero sí por hablar de cosas tan obvias como que vacunarse es necesario para acabar con la pandemia. Qué mundo tan distópico. Manda narices que tenga que hacer una columna defendiendo a un tenista que no he visto en mi vida jugar y con el que nos separan océanos ideológicos. En fin, allá voy… ¡Vamos, Rafa!