Multiplícate por cero

Una cumbre europea interminable

El banquero más peligroso del mundo, en definición del ex economista jefe del FMI Simon
Johnson, es Jamie Dimon, consejero delegado de JP Morgan, que, en una carta a Henry Paulson, secretario del Tesoro de EEUU en 2008, en pleno rescate financiero escribió: "No es el crítico el que cuenta, ni el hombre que señala al poderoso que se tambalea. El crédito se lo lleva siempre el hombre que está realmente en la arena, cuya cara se mancha de polvo, sudor y sangre, que lucha con valentía, que cae y se vuelve a levantar una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error o sin fallo; el que conoce los grandes entusiasmos, que se emplea a fondo por una noble causa, que, en el mejor de los casos, conoce al final el triunfo de su empeño, y en el peor, si fracasa, lo hace mientras se esfuerza al máximo, de modo que su sitio nunca estará con las almas frías o tibias que no conocieron ni la victoria ni la derrota".

Estas palabras, que tan apropiadamente se pueden aplicar esta semana en que ETA ha anunciado el "cese definitivo" de su terror, no eran de Dimon sino que fueron pronunciadas por el presidente Theodore Roosevelt en su famoso discurso de 1910 en la Sorbona "El hombre en la arena". Que Dimon citara a Roosevelt para respaldar mayor concentración de poder en el sector financiero y cargar el rescate al contribuyente puede haber hecho revolverse en la tumba al presidente que intentó limitar los trust y el poder de las grandes corporaciones. Pero como de las palabras de Roosevelt no se puede deducir si el héroe triunfa o fracasa, da pie a que sea utilizado por presidentes defenestrados como Richard Nixon, que lo usó en su discurso de renuncia en 1974, hasta por líderes reconocidos como Mandela.

No tengo tan claro que sirva para nuestros dirigentes europeos, embarcados en un enésimo intento de llegar a un acuerdo que frene la crisis. Tras más de una decena de cumbres europeas podemos concluir que tampoco en esta habrá una solución definitiva. Ahora hay más presión porque Francia le está viendo las orejas al lobo, como antes España o Italia. Y todavía nos preguntamos cómo hemos llegado a una situación tan crítica.

La secuencia real y muy resumida es la siguiente: debido al contagio por no haber resuelto la crisis griega antes, las tasas de interés por la deuda que tienen que pagar España o Italia se elevan; en consecuencia, el precio de los bonos cae y eso lleva al deterioro de la percepción de solidez de los bancos que poseen esos bonos. Los inversores rechazan entonces a los bancos expuestos a dicha deuda y ya tenemos un camino abierto a la crisis sistémica. Grecia era insolvente, pero se actuó como si tuviera problemas de liquidez, y el problema se ha agravado. A España e Italia, que son solventes pero sin liquidez, el BCE debería suministrarles la liquidez necesaria y refinanciar la deuda a precios asequibles. Esto haría que los tipos de interés por la deuda no subieran, en consecuencia, los precios de los bonos no bajarían y se eliminaría una de las mayores fuentes de déficit de capital en los bancos.

Por eso, la solución no es premiar la ineficiencia y recapitalizar masivamente a la banca, sino restaurar la confianza en la solvencia –y crecimiento– de los países. Aunque lo primero a resolver de una vez es Grecia y ahí todo pasa por Alemania. Y si se siguen sembrando dudas sobre la solvencia de Italia o España no habrá dinero suficiente para recapitalizar la banca. ¿Por qué proponer una quita sobre la deuda española para a continuación inyectar dinero público en los bancos en lugar de reforzar la confianza en la economía española?

Pero además –y sería motivo de otro artículo–, el sistema tiene que cambiar: no se pueden mantener con cargo al contribuyente bancos mal gestionados sólo porque son demasiado grandes para caer o no están bien supervisados, ni se puede permitir que existan operaciones fuera del mercado donde no se sabe cuánto dinero se mueve ni quién lo hace. El agujero negro de la crisis financiera nadie conoce hasta dónde llega ni cuánto puede tragarse.