Multiplícate por cero

¿Por qué llegamos a los cinco millones de parados?

Ya están ahí, doblando la siguiente curva, los cinco millones de parados. Al final de septiembre tenemos 4.978.300, según la Encuesta de Población Activa. Más de un millón de ellos lleva más de dos años buscando empleo. Y hay 1.425.000 hogares con todos (TODOS) sus miembros en paro. Entre los afortunados que trabajamos, uno de cada cuatro es temporal. En cuatro años nos hemos fundido 2,35 millones de puestos laborales y la tasa de paro ha pasado del 8% al 21,5%. ¿Puede empeorar? A mí me parece que sí, para desgracia del pico que falta para concretar los cinco millones y los que vengan.

Estos son días de mucho pesimismo. Yo no soy la excepción, en solidaridad con los que están sufriendo el primer problema nacional y ante la incapacidad de la clase política, empresarial y sindical para acordar un tratamiento efectivo. Ayer, tras publicarse la cifra, en el Partido Popular reafirmaron que la receta es "un Gobierno fuerte" que aplique "una política de firmeza". Es decir, que la clave está en que en el Gobierno haya tíos y tías con un par. Por su parte, el aún Gobierno explica, por ejemplo, que "las horas extra" son la razón por la cual un magnífico año turístico está siendo irrelevante para crear empleo, ya que no se contrata a más gente, y que los recortes públicos (que él mismo ha promovido) son también culpables del mayor paro. Izquierda Unida está de acuerdo con eso y añade que es consecuencia de "la falsa austeridad impuesta", mientras que UPyD habla de que son las "políticas regionales" las que fallan. Que levante la mano quien se quede tranquilo sólo con eso.

Yo, desde luego, me declaro tan incompetente como todos ellos para ofrecer ideas que nos permitan reducir el tiempo que vamos a tardar en recuperar los niveles de empleo y riqueza anteriores a la crisis: una década dicen los expertos. Según John Kenneth Galbraith, uno de los economistas mundiales más influyentes del siglo XX (murió en 2006), la causa más persistente del desempleo en las naciones industriales maduras es la decadencia de las industrias más antiguas. Aquí las tenemos (industrias obsoletas) a patadas, empezando por la inmobiliaria, hoy destrozada y origen de la madre de todas las crisis. Al pinchar su burbuja, el paro se disparó –la construcción ha aportado casi la mitad de los parados generados en la crisis– y los bancos se inundaron de activos desvalorizados por lo que empezaron a restringir el crédito para reducir riesgos.

España fue el país europeo que más empleo creó en la bonanza y el que más empleo ha destruido en la recesión. Un mercado de trabajo dual con una elevadísima temporalidad ha permitido que las empresas ajustaran a todo trapo no renovando a los temporales; como la crisis se prolongó, tampoco los fijos se han salvado. Galbraith creía que el desempleo puede ser corregido mediante el readiestramiento para nuevos empleos, la creación de empleos de servicio público, la mejora de las relaciones laborales y la mayor capacitación de los directivos. Igual habría que probar eso. Nuestra economía basada en la construcción, en la demanda interna y no en la exportación, en la creación de muchos empleos pero de baja cualificación, tenía muy pocos flotadores para sobrevivir en el naufragio. Después, ha sido como una bola de nieve montaña abajo: aumentaba el paro por la crisis, se debilitaba el consumo al haber más parados y más incertidumbre, las empresas vendían menos y despedían más, otra vez más parados que consumían menos y más empresas que cerraban. Un círculo vicioso donde la puntilla la da la restricción del crédito que impide que aparezcan nuevas empresas o que se mantengan las actuales. Y el sector público recortando.

¿Alguien que eche una mano desde el extranjero? Es lo que ha reclamado Obama en un artículo publicado en el Financial Times: que los países con grandes superávits (estaría pensando en Alemania) adopten medidas adicionales para apoyar el crecimiento del resto del mundo. Tiene razón: desde luego, es otra idea, y aquí, hoy, no nos sobra ninguna.