Opinion · Revista Números Rojos

Gastar menos. Compartir más.

Internet siempre en el bolsillo, la crisis económica y el cambio de mentalidad han sido el caldo de cultivo perfecto para que llegue una nueva forma de consumir, basada en el uso de las cosas y no en su posesión. Eficiente y práctico, el consumo colaborativo ya cuenta con una buena legión de seguidores –y de detractores-. Un nuevo eco a las voces, cada vez más fuertes, que defienden que se pueden hacer las cosas de otra manera.

bolsa_b_gmgiTexto: Silvia Zancajo. Ilustración: Pablo Eguizábal.

Compartir bienes y servicios es tan antiguo como el mundo. Lo que pocos podían imaginar hace unos años es que con un solo clic desde nuestro teléfono móvil pudiésemos contactar con un desconocido para viajar en su coche. Y que fuese seguro.  Ahora la colaboración es una nueva expresión de la democracia. Cada uno de nosotros acumulamos una media de hasta cuatro objetos que ya no utilizamos ni necesitamos. Un coche pasa de media más del 90% de su tiempo aparcado. Cuando circula, su ocupación media es de 1,2 personas, es decir, menos del 30% de su capacidad, lo que, atascos aparte, no deja de ser un despilfarro económico y ecológico.

Y es que la base del consumo colaborativo es, sin duda, el capital sin utilizar. Y no está de más recordar en este punto que en España hay cinco millones de personas sin empleo. Un capital, en este caso humano, muy infrautilizado, que puede suponer, de movilizarse masivamente, una auténtica revolución en el sistema productivo y de consumo tradicional.

Los grandes catalizadores de esta nueva forma de usar y disfrutar de bienes y servicios han sido la crisis y las nuevas tecnologías. Hemos pasado de un mundo en el que todos poseíamos casi de todo a otro en el que solo podemos disfrutar de determinados privilegios si los compartimos. Si no puedes tener, te conformas con probar. Pon en la misma coctelera el hecho de que cualquier teléfono móvil puede ponerte en contacto en apenas unos minutos con alguien dispuesto a llegar a un acuerdo y voilà.

Nos lo explica alguien que ya escribía sobre esto cuando el concepto consumo colaborativo sonaba a chino. Albert Cañigueral, conector global de OuiShare y autor del blog consumocolaborativo.es, vio claro hace años el potencial de esta tendencia. En conversación con Números Rojos, Cañigueral nos detalla algunos de los factores que explican su auge: “El cambio cultural ha sido determinante. Internet forma parte de nuestras vidas y eso ha llevado a una forma diferente de hacer las cosas. Ahora las hacemos entre pares. Y eso, gotita a gotita, nos ha cambiado la mentalidad”.

De hecho, añade Cañigueral, “la motivación que lleva a tener una primera experiencia de consumo colaborativo es obtener un ahorro económico. Pero una vez que la gente prueba, la principal motivación para repetir es la parte social. Es lo que engancha, porque la gente participa y se siente empoderada”.

En un sentido parecido se expresa Vincent Rosso, director para España y Portugal de BlaBlaCar. Esta plataforma une a conductores con pasajeros que van a realizar el mismo viaje para compartir los gastos del trayecto. Cuenta ya con diez millones de usuarios en Europa. Una cuarta parte de ellos la usan mensualmente. “Es una forma de buscar alternativas que hacen las cosas de forma más económica”. Y también encaja por valores. El ciudadano, nos explica Rosso, busca experiencias más humanas. “La crisis ha traído una enorme desconfianza de la gente hacia las instituciones y el mundo tradicional, y el hecho de poder confiar en otras personas es muy importante”.

Pero la mayoría de actores activos y usuarios coinciden en que, si bien su auge ha sido coyuntural, este tipo de consumo ha venido para quedarse y aún le queda muchísimo recorrido. La revista Time considera que el consumo colaborativo es una de las diez grandes ideas que cambiarán el mundo. El economista estadounidense Jeremy Rifkin, que asesora entre otros a Angela Merkel y al Gobierno chino, ha dicho de la economía colaborativa que “es el primer sistema económico que entra en escena desde el capitalismo y el socialismo a principios del siglo XXI”.

La revista Forbes calcula que el volumen actual que mueve la economía colaborativa en el mundo es de 16.000 millones de euros. La publicación estima que puede llegar a 88.000 millones.

¿Quiénes están detrás?

Si hablamos de usuarios, podríamos pensar que si la motivación económica es importante la mayoría son personas con poco poder adquisitivo o de clase baja. Pero, como en botica, hay de todo. De hecho, nos asegura Cañigueral, “la mayoría de usuarios son gente de clase media-alta, que tiene mucha cultura digital. Hacen una evaluación del consumo y eligen esta opción porque es más rentable, por un lado, y además les permite interactuar y divertirse”.

Del lado de las plataformas, son miles. De hecho, cada día nace una nueva web o aplicación que facilita el contacto entre personas para que estas, que son a su vez demandantes y ofertantes, reduzcan el coste de un producto o servicio. Desde las que permiten compartir trayecto en coche, como la ya mencionada BlaBlaCar, hasta las que facilitan el alquiler de vehículos entre particulares, como SocialCar.

Otras sirven para alquilar o compartir aparcamiento, como es el caso de Parkinghood, o buscar compañero para un trayecto de taxi (JoinUp Taxi) o para la mesa de un tren Ave. En el turismo también hay muchos ejemplos, como Airbnb o HolidayExchange, plataformas para el alojamiento temporal entre particulares. A través de Social Eaters o Compartoplato se puede ir a comer a casa de gente o invitar a comer al vecindario. El coworking hace tiempo que cuenta con muchos adeptos y, a través de plataformas como CoworkingSpain, pequeñas empresas y autónomos pueden compartir lugar de trabajo para ahorrar costes de alquiler de oficina.

Y qué decir del trueque y la compraventa de artículos de segunda mano, una actividad que se remonta a los orígenes de la humanidad y que ahora gana partidarios gracias a webs como segundamano.es o aplicaciones como Wallapop, que cuenta ya con más de un millón de usuarios.

llave_gmgiConflicto de intereses

Con el éxito, como suele ser habitual, ha llegado también la polémica. La cuestión de cómo hacer compatible esta tendencia con el consumo tal y como lo conocíamos es algo que había que abordar más pronto que tarde. La explosión de estas plataformas ha precipitado las protestas de los negocios tradicionales, especialmente del transporte y la hostelería, que se quejan de competencia desleal.

Exigen que sus nuevos competidores estén sometidos a las mismas reglas del juego, que paguen impuestos y que cuenten con todas las licencias necesarias.

Desde el otro extremo, muchas plataformas también se han posicionado a favor de cierta regularización que les ofrezca confianza ante los consumidores. Cañigueral nos explica que era un paso previsible: “Estamos en la adolescencia del consumo colaborativo, es una tendencia que tiene cuatro o cinco años, y es lógico que sea este el momento en que se empieza a pedir más responsabilidad”.

A principios de noviembre de 2014 la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) decidió lanzar una consulta pública sobre los nuevos modelos de consumo fruto de la economía colaborativa. El objetivo es analizar desde el punto de vista de la competencia y la regulación económica estas nuevas formas de intercambio. Debido a su repercusión social, el organismo quiere conocer la opinión de todos los agentes que estén interesados en dar su punto de vista.

En una primera fase, la CNMC analizará los fundamentos que justificarían la regulación tradicional en dos de los sectores en los que el consumo colaborativo ha tenido mayor repercusión: el transporte de viajeros (taxi y autobús) y el alojamiento hotelero. Con las respuestas y observaciones de los interesados, la CNMC publicará una serie de recomendaciones que garanticen una competencia justa y “la eficiencia de los sectores y actividades afectadas en beneficio de los consumidores”.

En el caso de uno de los sectores objeto de la consulta, el del transporte, la mecha prendió con la llegada de Uber. Esta plataforma -que se vio obligada a retirar su servicio en España debido a la presión de los taxistas- ofrece en otros países del mundo un servicio de transporte con conductor particular y, con solo cinco años, es una de las empresas tecnológicas mejor valoradas del mundo: unos 14.400 millones de euros.

Allá donde llegan, Uber levanta ampollas entre el sector del taxi, que no lo considera consumo colaborativo como tal y la acusan de realizar actividades ilegales bajo el calor del nuevo concepto. El presidente de la Federación Profesional del Taxi de Madrid (FPTM), Julio Sanz, ha señalado que aplicaciones como Uber o la plataforma de alojamiento Airbnb prestan servicios de intermediación, se lucran por ello y están regulados como intermediadores de transporte o alojamiento. Pero no pagan impuestos ni licencias.

En conversación con Números Rojos, Jesús Fernández Matellanes, vicepresidente de la Federación Profesional del Taxi (FPT), nos matiza: “Nosotros estamos a favor de la economía colaborativa. Desde tiempo inmemorial se ha compartido vehículo para viajar o ir al trabajo. Una cosa es compartir gastos y otra bien distinta es realizar una actividad regulada con un beneficio propio, y querer meterse bajo el paraguas de la economía colaborativa. Por ejemplo, con una plataforma como BlaBlaCar, si se limita a compartir gastos, estamos de acuerdo. Pero si yo voy a Ciudad Real y cobro 30 euros por plaza eso no es colaborar, eso es ganar dinero”.

Una diferencia que también quiere aclarar Vincent Rosso, de BlaBlaCar: “Uber llegó después de nosotros y su modelo es diferente. En primer lugar, ellos suelen realizar recorridos cortos y por la ciudad. Nuestro servicio se usa más en fin de semana, para visitas a amigos o familia, y la distancia media es de 250 kilómetros. Los usuarios de Uber ejercen una actividad profesional sin licencia. Cobran un beneficio por cada kilómetro recorrido. Los usuarios de BlaBlaCar solo comparten los gastos. Nosotros estamos cumpliendo la legislación. Además, los conductores de Uber van donde quiere el pasajero; en BlaBlaCar el pasajero va donde va el conductor”.

taza_gmgiDesde los sectores tradicionales, como el del taxi, reclaman una regulación y que ese tipo de plataformas se someta a la ley, como se deben someter ellos: “Si un particular hace lo mismo que hago yo y cobra por ello como cobro yo, pero no tiene los permisos ni licencias pertinentes, está usurpando mi función, eso no es colaborar, eso es directamente competencia desleal, es un servicio de taxi ilegal” se lamenta Fernández Matellanes.

Por ello, desde la FPT reclaman una normativa, “porque la desregulación al final acabará perjudicando al usuario. El cliente, si el mercado está regulado, tiene garantías de que se le cobrará una tarifa siempre, haya más o menos demanda. Si no regulas, pueden ocurrir abusos”, añade.

El problema de la competencia desleal está ahí, pero no se trata solo de una falta de regulación por parte de las nuevas plataformas de consumo colaborativo; también, como nos señala Albert Cañigueral, hay un problema de hiperregulación en muchos sectores. “¿Y para qué sirve ese exceso de regulación en el caso de los taxis por ejemplo? Hoy, para no mucho, porque son sectores que se regularon hace un siglo. Hay que adaptar las reglas del juego a la realidad actual”, señala.

Miedo a lo desconocido

Desde BlaBlaCar, Rosso nos explica que la disyuntiva de la regulación le recuerda al debate que tuvimos hace 15 años cuando Internet llegó masivamente a nuestras vidas. “Sabíamos que cambiaría las cosas, pero no sabíamos qué era y daba mucho miedo a muchas personas. Ante el miedo, la gente enseguida saca el libro de la regulación para protegerse”. Pero desde la plataforma valoran que antes que eso, hay que entender bien qué está pasando, cuáles son los beneficios y los riesgos, “hacer una consulta pública al respecto, hay que hablar con los factores de esta nueva tendencia y también con los que piden una regulación para entender cómo se puede hacer convivir estos dos mundos”.

Hay que tener en cuenta, nos explican los actores del consumo colaborativo, que es una actividad donde existe ya una fuerte autorregulación. Son los usuarios los que mandan y deciden, el ciudadano no es un consumidor pasivo. Vincent Rosso nos pone un ejemplo: “Nuestro negocio consiste en poner en contacto a las partes interesadas para que, en vez de poner un cartel en la calle, tú sepas de antemano que dos o tres personas van a viajar contigo. Somos una herramienta que permite regular esto. Un conductor, por ejemplo, puede decidir cobrar más porque tiene un coche de mayor calidad y ofrece la posibilidad de hablar en algún idioma durante el trayecto, aporta un valor añadido, y luego se trata de un acuerdo entre personas. Por tanto, las mismas personas regulan esos acuerdos”.

Si alguien conduce rápido o usa el teléfono al volante, serán los propios usuarios los que primero lo denuncien. “En este tipo de plataformas ocurre lo que ha pasado siempre en las comunidades y pueblos: cuando alguien se porta mal el propio sistema lo echa”.

Lo que está claro es que los ciudadanos ya no se conforman con un papel pasivo. Quieren participar. Son creadores, productores y ponen a disposición del resto lo que hacen. Muchas voces definen el consumo colaborativo como una alternativa a la escasez de determinados recursos y para otros es una de las soluciones a la crisis financiera global. Lo que parece claro si miramos las cifras de usuarios, que se multiplican cada mes, es que el uso compartido de las cosas es una tendencia que seguirá dando que hablar, y que ha demostrado que se pueden satisfacer muchas necesidades sin gastar nuevos recursos, simplemente compartiendo los ya existentes. Ha nacido el consumidor-productor.

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