Opinion · Otras miradas

La empresa y la independencia

Alfonso Durán-Pich
Empresario

Cuentan que el profesor George Moore, uno de los grandes filósofos analíticos de la historia, interrumpía a sus alumnos y colegas durante sus clases en la universidad de Cambridge con su estudiada frase: “ ¿Qué quiere decir exactamente cuando dice que…?”.  Es decir, les pedía que dimensionaran el concepto, que lo parametrizaran con precisión. Y al hacer este ejercicio, muchos se daban cuenta del escaso rigor de su discurso.

Pienso en Moore cuando escucho o leo expresiones como “los españoles creen…”, “los ciudadanos consideran…”, “los empresarios piensan…”. Son generalidades que no significan nada.

Este redundante fenómeno lleva tiempo apareciendo en los medios, que se hacen eco de “lo que piensan” los “empresarios” sobre el posible escenario de una Catalunya independiente. El más reciente documento es el barómetro de empresas, elaborado por Deloitte para El País, en el que se indica que el 74% de los ejecutivos encuestados afirma que el secesionismo catalán es perjudicial para la economía española, cifra que se reduce al 43% cuando se refiere a los ejecutivos catalanes. Lo más llamativo es que un diario digital escorado a la izquierda (https://elcomunista.net) se haga eco de tal noticia, sin añadir, eso sí, comentario alguno. El periódico madrileño por su parte, como es habitual, añade epítetos a su discurso, con expresiones como “el desafío secesionista” y otras de similar calado, que hubieran hecho las delicias en las tertulias analíticas de Cambridge, donde la sabiduría de Russell se cruzaba con la osadía de Wittgenstein.

Una primera reflexión que conviene hacer es que ni Deloitte ni El País son fuentes imparciales e independientes. La primera, en su calidad de multinacional, sólo actúa frente a los hechos consumados. Deberíamos añadir que la heredera natural de Arthur Andersen presta servicios de auditoría y consultoría, emparejamiento que le ha producido en ocasiones algunos problemas de naturaleza ética. Sus clientes por el momento son empresas españolas; se limita a cuidar su cuota. En cuanto a El País, alejado desde hace largo tiempo de su perfil progresista inicial, mantiene una postura muy agresiva (a la altura de sus homonimos La Razón y el ABC) contra el derecho a la autodeterminación de una nación sin Estado, nación que sólo pretende recuperar su soberanía y gestionar sus recursos, sin someterse a la voluntad ajena de un Estado que se queda una buena parte del valor generado en Catalunya.

¿Pero de qué estamos hablando, cuando nos referimos a la empresa y la independencia? ¿De empresas, de empresarios, de ejecutivos o de emprendedores? Vamos a tratar de separar estas categorías y eso quizás nos ayudará a comprender el fenómeno.

Y lo vamos a hacer centrándonos en el Estado Español, que tiene sus singularidades respecto a otros Estados vecinos.

Empezaremos por una categoría común (la empresa) que, como ente abstracto, no tiene opinión. Una empresa es un proyecto a largo plazo que tiene como objetivo maximizar la satisfacción de las partes implicadas en su desarrollo, que son, por este orden, los clientes, los accionistas, los empleados, los proveedores y la sociedad en su conjunto. Lo que los anglosajones definen como stakeholders (los que sostienen la acción). Y para alcanzar su objetivo, la empresa tiene que ajustarse tanto como pueda a los cambios del entorno. Y aquí está la clave. Es por ello que una empresa responsable ha de contemplar el escenario de una Catalunya independiente, ya que es un escenario posible.

Claro que en España si hablamos de la empresa debemos hacer una distinción entre las grandes en términos de dimensión y el resto. La mayor parte de las grandes empresas españolas están vinculadas al poder, pues o bien son oligopolios privados (que durante el franquismo eran públicos y fueron privatizados por el PPSOE entre amigos y conocidos) o bien dependen de las decisiones que toma el gobierno y que se publican en el BOE (obra pública, banca, etc.). Es razonable pensar que los ejecutivos de esas empresas, que se pavonean en foros como Puente Aéreo o el Consejo Empresarial para la Competitividad, se hallen cómodos con el modelo actual. Son extractores de rentas, una especial categoría dominante en la villa y corte.

En cuanto a las empresas medianas y pequeñas (muchas ellas de carácter familiar, dirigidas por el propio empresario), junto a los autónomos, que sólo en Catalunya suman seiscientas mil, su opinión (que no conocemos) no suele aparecer en los medios. Son justamente esas empresas catalanas, siguiendo el patrón de las multinacionales, las que en su día se dieron cuenta de que su mercado era el mundo y por eso España (sin Catalunya) ha pasado de representar el 39% del comercio catalán en el 2001 al 28% en el 2016, en tanto que se mismo año (2016) el mercado exterior ha representado el 48%. Esa es su manera de expresar una opinión; no tienen tiempo para responder a barómetros.

A estas alturas es conveniente distinguir entre el empresario que opera a largo, se juega sus cuartos y asume un riesgo, y el ejecutivo, que gestiona los recursos de terceros, actúa a corto a la búsqueda de bonos y stock options y se protege con un paracaídas dorado. Su visión, no sólo de la empresa, sino también de la vida, es muy distinta. Radicalmente distinta. Esto queda reflejado en el contraste ntre las declaraciones públicas de la patronal Foment y las de la Cecot.

En cuanto a los emprendedores, tratan de romper con sus ideas y proyectos el statu quo, por lo que podemos imaginar (a modo de hipótesis) que la condición política de Catalunya les tiene sin cuidado.

Por todo ello podemos concluir que lo que puedan decir las encuestas sobre la independencia de Catalunya y su impacto en la economía real tiene escasa fiabilidad. Sin entrar en la metodología al uso de tales encuestas, que nos llevaría a un largo debate de naturaleza técnica.

Sobre el Estado Español y su despliegue a través de todos los aparatos con que cuenta para bloquear el proceso independentista, no es nada que pueda sorprendernos. Es cuestión de coger el lápiz y restar. Se les puede ir el 20% del PIB, el 26% de las exportaciones, el 22,5 % del turismo, sólo por citar algunos indicadores macro.

Pero detrás de las cifras hay un choque cultural, que ha estado siempre larvado. La España de las regalías, de las concesiones, de las subvenciones sigue siendo la España de Cánovas y Sagasta, por mucha empresa de private equity que se haya establecido en Madrid. No hicieron la Revolución Industrial y la historia les pasa factura. La Catalunya emprendedora, del trabajo bien hecho, del esfuerzo, de la disciplina, de la innovación, de una burguesía ilustrada que envió a sus hijos al extranjero para que aprendieran nuevas técnicas, está en otra galaxia.

La independencia de Catalunya es únicamente un escenario posible, al que la empresa responsable tendrá que adaptarse si quiere sobrevivir