Opinión · Otras miradas

Ciudades para la vida

Bea Herranz

Responsable de feminismos de Podemos Madrid

Aún paralizada por el hallazgo del cuerpo sin vida de Laura Luelmo, me siento ante el ordenador intentando organizar mis ideas. Laura Luelmo, de 26 años, había llegado recientemente a otra localidad para ejercer como profesora. Se había separado de los suyos para dedicarse a su profesión y, el pasado miércoles decidió salir a correr a las 16.00h.

Estos datos podrían ser detalles de una historia de vida individual, el problema es que todas las mujeres, de un modo u otro, nos sentimos profundamente reconocidas en alguno de estos detalles, otras en todos, pero forman parte de una historia de vida, como en el caso de Diana Quer, que nos conecta con nuestras vivencias, que nos hace pensar que en vez de ellas podríamos haber sido cualquiera de nosotras.

Esta semana ha viralizado en redes el último tuit que la propia Laura había publicado en sus redes sociales, era del pasado 8M en el que reivindicaba los derechos de las mujeres, también había un retuit a otro tuit: “te enseñan a no ir sola por sitios oscuros en vez de enseñar a los monstruos a no serlo, ESE es el problema”. Ambos los podríamos encontrar en el muro de cualquiera de nosotras, o sería una opinión compartida por casi todas las mujeres de nuestra sociedad, porque activa nuestros imaginarios colectivos -y los de nuestros padres y madres- sobre qué debemos de hacer para evitar situaciones de peligro, porque las que perdemos, siempre, somos nosotras, y hasta ahora sólo se ha puesto el acento en nuestra educación para evitar que nos agredan, violen o acosen… y no en cómo educar a quienes acosan, agreden o violan, para que dejen de hacerlo.

Por eso, el feminismo, a día de hoy, es casi una cuestión de supervivencia para nosotras, para todas las mujeres que sentencia tras sentencia vemos cómo la justicia nos desprotege, nos victimiza y revictimiza y nos juzga mucho más fuerte que a nuestros agresores.

Ayer, el Consejo General del Poder Judicial ha publicado los datos del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del último trimestre, y en la Comunidad de Madrid han aumentado un 4.2% las denuncias por violencias machistas, situándose nuestra región a la cabeza de casos, superándolas sólo Murcia, la Comunidad Valenciana y Cantabria.

El pasado 7 de noviembre la ONG Plan Internacional hacía público un informe en el que se ponía sobre la mesa, que, a pesar de que Madrid sea una de las ciudades más seguras del mundo, nuestras jóvenes de entre 16 y 30 años reconocen que “el acoso es algo habitual y normalizado y lo sufren con resignación, limitando su libertad, e impidiéndolas poder vivir en una ciudad en igualdad de condiciones”. De hecho, tres de cada cuatro madrileñas reconocen sufrir acoso callejero verbal en lugares públicos muy concurridos. Este dato es escalofriante, porque muestra la impunidad con la que la sociedad patriarcal normaliza que las mujeres podamos ser objetos de consumo a disposición de los hombres, donde nuestros sentimientos, pensamientos, deseos o actos, están supeditados a los de ellos.

Por eso, desde el feminismo tenemos que actuar urgentemente para reorganizar nuestras ciudades integrando la perspectiva de género y no podemos dejar que la respuesta siga siendo sólo desde la autogestión feminista. Esta semana los medios de comunicación se han hecho eco del lanzamiento de una nueva aplicación, “sincronizadas”, para que podamos salir a correr en grupo, ya que nueve de cada diez de nosotras nos sentimos inseguras cuando practicamos “running” en solitario.

Unas administraciones públicas que son incapaces de dar respuesta a las demandas y necesidades de la ciudadanía, son unas administraciones inútiles, y aunque hayamos avanzado en algunas regiones de nuestro país más que en otras, las políticas públicas siguen siendo insuficientes. Desde los municipios, como instituciones más cercanas a todas nosotras, tenemos la obligación de poner en el centro de la política las necesidades de las mujeres, el trabajo reproductivo, históricamente reservado para nosotras, frente al trabajo productivo y remunerado, reservado para ellos. Y desde ahí, empaparnos del urbanismo feminista para hacer de nuestras ciudades, espacios de seguridad para todas nosotras.

Debemos partir de algunos diagnósticos ya realizados, como mapeos en los que se identifican los puntos más inseguros de nuestra ciudad y ver por qué se dan éstas situaciones. Reforzar el transporte o el alumbrado de nuestros barrios para que no existan puntos ciegos en los trayectos.

Hace poco conocíamos los últimos registros del Consorcio Regional de Transportes (CRTM) que revelaban que las mujeres usamos más el transporte público que los hombres, que se mueven más en coche. ¿Cuántos desplazamientos realizamos nosotras al cabo de un día o de una semana? Sobre nosotras recaen los desplazamientos hasta nuestros centros de trabajo o de estudios, hasta los centros de salud para acompañar a familiares al médico, llevar a nuestros hijos e hijas al colegio / actividades extraescolares y/o recogerlos, o salir el fin de semana para disfrutar de nuestro tiempo de ocio -en caso de disponer de él-… y todos estos desplazamientos los hacemos, mayoritariamente en transporte público, por lo que urge que desde los ayuntamientos, se diseñen y se apliquen políticas públicas que se adapten a las necesidades de las mujeres, como ya está sucediendo en el Ayuntamiento de Barcelona.

Las mujeres estadísticamente trabajamos menos en los polígonos industriales y las que lo hacen,  en muchos casos es trabajando, por ejemplo, como parte de los servicios de limpieza y por tanto, deben organizarse para volver a sus casas, pues la mayoría no dispone de coche privado, y el transporte público y el alumbrado se reducen en esas zonas a partir de ciertas horas.

Como sostiene Clara Sainz de Baranda, del Instituto de Estudios de Género de la Universidad Carlos III, el desarrollo urbano también tiene que ver con en qué capacitas a las mujeres. Aquí ya no sólo hablamos de trabajo, sino también de ocio, “si hay más luz, las capacitas para salir de noche, para ser autónomas. La ciudadanía tiene que entender que a ti te pueden capacitar y no solo darte dinero, sino empoderarte, educar y volverte autónoma”.

Se trata de construir ciudades que vayan más allá de recorrer dos puntos: el de partida y el de llegada. Y a pesar de que la precariedad se cierna sobre nuestras vidas, estrechando nuestras miradas cada vez más, reclamar desde la puesta en marcha de políticas públicas feministas, que queremos ciudades que sean espacios para la vida, una vida en la que nos sintamos seguras.