Opinión · Otras miradas

Carta a los hombres

Imagen de una de las miles de mujeres que protestaron en el 8M – REUTERS/Susana Vera

Compañeros, tenéis un problema, y es un problema gordo. Ruego que antes de sentiros profundamente ofendidos por no escribir “algunos hombres” sino considerarlo general, sigáis leyendo. Porque tenéis un problema que nos está matando.

La violencia machista no es un problema de las mujeres, como hemos venido manejando y dando por sentado hasta ahora. La violencia machista es un problema que tenéis los hombres y sufrimos las mujeres. Así de simple.

Sí, los hombres, todos los hombres.

El pasado 8 de marzo, las mujeres, millones de mujeres de este país (y de muchos otros) hicimos una huelga general y de cuidados y de consumo. También una enorme manifestación que dejó al mundo con la boca abierta. Al día siguiente supe que habíamos perdido. Que habíamos perdido en algo sustancial: vosotros.

Una de las controversias de los días anteriores, sin duda la mayor, tenía que ver precisamente con los hombres, con si vosotros “podíais” o “debíais” o no uniros a la manifestación o a la huelga. Más allá de las opiniones a favor o en contra, el resultado fue un desastre y para mí fuente de un desánimo profundo que ha permanecido intacto hasta el momento en el que escribo esta carta.

Nosotras, las mujeres, millones de mujeres, nos organizamos contra la violencia machista, aquí y en el mundo entero, desde Nueva York hasta Manila, pasando por las muy bravas argentinas. Nos manifestamos, hicimos huelga, contamos las agresiones sufridas, gritamos un dolor común. Un grito amarguísimo que se dio de bruces contra el muro de vuestra inacción, de vuestro pasmo. Nosotras gritamos con todas nuestras fuerzas contra la violencia constante y estructural que sufrimos TODAS, contra el hecho de cobrar sensiblemente menos por el mismo trabajo, porque tenemos miedo, porque son cientos de miles solo en España las agredidas física o psicológicamente, porque corremos el riesgo (como se ha vuelto a demostrar) de que nos violen en cualquier lugar y en cualquier momento, y por ello, de nuevo, tenemos miedo, un miedo todavía más salvaje, y modificamos nuestras costumbres, y no podemos llevar la misma vida que vosotros.

Nosotras SUFRIMOS ese problema. Somos la parte paciente. Por eso, las noticias se redactan siempre en pasiva (Una mujer ES ASESINADA por…) en lugar de poner la acción donde corresponde (Un hombre ASESINA a…). Con ese gesto se evidencia dónde se ha querido colocar el sujeto del problema. El lenguaje es sustancial y retrata, nunca es inocente. Pero el centro del problema no está en las mujeres sino en los hombres. El eje no está en “ser asesinada” sino en asesinar.

Y por supuesto que no todos los hombres agreden a las mujeres, qué bobada. Sin embargo, ¿dónde están vuestras protestas? Algunos hombres aducís que queréis participar en nuestras movilizaciones, a nuestras manifestaciones de dolor, pero que las mujeres no os “dejamos”. Que por qué no os dejamos, etc. De nuevo, la pregunta está descentrada, y eso tampoco es inocente.

¿Dónde las manifestaciones o huelgas o plantes organizados por vosotros?

¿Por qué no organizáis vosotros vuestras protestas?

¿Por qué no os organizáis y salís a la calle contra la violencia constante y ya innegable que sufrimos la mitad de la población, de una población que es vuestra población?

¿Por qué no sois vosotros, como parte socialmente implicada, quienes convocáis manifestaciones, huelgas, protestas públicas y masivas?

Sencillamente, porque en el fondo consideráis que el problema es de otros, o sea nuestro, de las mujeres.

Si una gran parte de la población española (pongamos varios cientos de miles) trabajara en régimen de esclavitud y ni más ni menos que la mitad de la población corriera el mismo riesgo, por supuesto que os echaríais a la calle, organizaríais grandes marchas, pediríais dimisiones, hundiríais gobiernos. De la misma forma que cuando el terrorismo, ETA, asesinaba salíais a la calle todos a una. No esperabais que fueran las víctimas quienes organizaran nada.

¿Qué sucede, pues, con la violencia cotidiana y ESTRUCTURAL (por lo tanto, terrorismo: aquí la RAE) machista? Debo pensar que se trata de las mujeres. Que no os manifestáis por cuenta propia porque en el fondo consideráis que el problema es nuestro. De ahí que manejéis en este campo las ideas de “solidaridad” y “apoyo”.

Estoy harta de oír “me solidarizo con el dolor de las mujeres”. Harta. ¿Sabéis una cosa? Nadie se solidariza con uno mismo, con un problema propio, “me solidarizo conmigo”. Uno se solidariza con “otros”, o sea con el problema de otros.

Ahora se nos eriza el machismo brutal de la derecha y el machismo irreflexivo e irresponsable de cierta izquierda. Pueden hacerlo porque no hay una cantidad, ni suficiente ni siquiera insuficiente, de hombres que les plantan cara en este sitio de violencia. Porque no existe una cantidad activa de hombres que salen a llamarlos violentos y a formar una barrera contra esa violencia que sufre la mitad de la población, nosotras.

Espero haberme explicado. Nosotras sufrimos un problema. Vosotros tenéis un problema, gordísimo. Se llama silencio. Se llama inactividad. Se llama tolerancia con el mal.