Opinion · Otras miradas

Contra Vox, pájaros fritos

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

No os hacéis una idea de hasta qué punto ha calado Vox entre mis presos de Estremera. Tras diez años animándoles a jugar al ajedrez, prestándoles novelas negras de Chester Himes y cuentos de segadores y toreros de Aldecoa, ahora me vienen con semejantes extravagancias. Lo siento como un fracaso colosal: entraron en la cárcel con las manos llenas de sangre, oliendo aun a billetes tras la gran estafa, relamiéndose de los bigotes el flujo reciente de la violación, y en diez años no hemos logrado que aprendan nada.

Qué fiasco es todo esto del tratamiento, qué institución tan estéril es la cárcel: tanto equipo y tanta leche y no les hemos sabido inculcar ni un solo valor democrático. Es terrible. Y a la propagación de este síndrome parafascista no es fácil ponerle freno, aunque por mí no va a quedar: algo estoy haciendo al respecto, ya veréis, pues me siento como encomendado a una especial obligación.

Mi parecer sobre Vox es básicamente escatológico. Hay una película mexicana de 1997, El agujero, protagonizada por Roberto Cobo (el Jaibo de Los olvidados de Buñuel), en la que los presos encerrados en una celda ominosa se someten a la voluntad de uno solo de ellos, no el más fuerte, ni el más listo, sino el más guarro: cagando sobre sus manos, los acorrala con la amenaza de embadurnarles con sus heces: pusilánimes, prefieren claudicar y dejarse robar la botella de tequila antes que ser cubiertos por su mierda.

Es una secuencia que encierra una estupenda alegoría: Santiago Abascal, en el papel de matón, amedrenta a unos demócratas que se le arrugan y le piden clemencia mientras él, tan tranquilo, relaja su tripa desvergonzado, y les arroja sin freno vilezas que estuvieron atrancadas durante medio siglo en el recto fascista de la Historia… ¡La Reconquista!

Es mi opinión (cinematográfica) sobre Vox, y por eso me atormento al preguntarme por qué les gusta tanto a mis presos, sin distinción de oficio o deleite: agresores sexuales, atracadores, enajenados, butroneros, estafadores y peristas, de todo hay entre los que se pirran por Abascal, ¡y por el señor Smith!: ¿será porque éstos odian sin tapujos a las “feminazis”, a los “moros de mierda”, al “coletas”, simplemente por odiar?

Ultras de taco grueso, vocean sus ideas cuarteleras con espasmos de intestino, queriéndonos dar el pego de que lo hacen con los testículos, con falsa clarividencia de valientes, y esta es una actitud que contagia a mis penitenciados, víctimas fáciles de sus bravuconerías inguinales.

Ah, les advierto, ¡no os dejéis embaucar, que es la extrema derecha de toda la vida, feroz con los débiles y servil hasta el lametazo con la Casa de Alba, Iberdrola y el Atlántico-Sabadell! Pero nada, les pican con éxito, les infectan a base de retórica iracunda con gusano dentro.

Así le sucede a uno de ellos, al que llamaré Eusebio.

Un día se me pasó de la raya: “al Echenique ese, que dios me perdone por lo que voy a decir, le daba yo un paseo… a ver si estos…”.

—Oyeeee…—le advertí echando mano al bolígrafo.

Ex vecino de Carabanchel, ex fresador y especialista en perforar metales con lanza térmica, Eusebio es ducho en reventar metales y cráneos de la competencia: un ladrón brutal. Su hermano, más violento aún,  tuvo que cerrar el taller mecánico donde guardaba lanzas, radiales y pipas, y también llaves grifas y otras herramientas de uso menos frecuente. Víctimas de la crisis (y de la eficacia policial)  en las próximas generales todo quedará en familia: ambos quieren a VOX con sus posaderas recalentando las butacas del Congreso.

Eusebio entró en el talego como gallo atlético y peleón, pero ahora va abriéndose paso en el comedor con una fea barriga de punta cónica. Usa gafas negras, de gran miope, tras largos años sin ver nada más que muros de cemento en rededor. No hace muchos días que lo noté flojo, como tristón.

—… y cuanto te queda de condena?— le pregunté, por darle conversación.

—Y yo qué sé, don José Angel, y yo qué sé…

A la vez que la profundidad de campo y la ocasión olímpica, en Estremera se pierde la esperanza: toda va junto.

Fue el momento perfecto para ensayar por primera vez mi (democrática) arma contra Vox.  Así que aspirando fuerte y sin tomarme la molestia de apuntar siquiera, horadé el cerebro de Eusebio con este poema afilado de Gloria Fuertes, Pacifista de verdad:

No matemos al vecino
Invitémosle a tocino.
No levantad barricadas
besad a vuestras amadas.
No pensad en los difuntos,
¡dormid juntos!

Eusebio se ajustó la montura sobre la nariz con cuatro dedos sin uña. Y se me quedó mirando, perplejo. Entonces me asomé a sus lentes y vi que, tras una serie de círculos vidriosos con mancha en todos de precisas huellas dactilares, algo se removía, un órgano vibrante, o una luz, en medio de un charco del color del cemento.

—Vale… De todas formas, al Echenique ese que le den…—concluyó, y cogiendo el chusco de pan fue a sentarse junto a su hermano en la mesa del comedor.

La poetisa Gloria Fuertes
La poetisa Gloria Fuertes

¿Gloria Fuertes como purga contra la inacabable tenia de Vox? Ah, mi fe en ella como vomitivo de bolas de pelo y otros fascismos es absoluta.

El pasado 27 de noviembre se conmemoraron los veinte años desde que nos dejara, lúcida y cómica, ¡fuerte!: es la mejor. Sé que de su poesía emana un poder inmenso capaz de arramblar con el parásito de la tristeza y el abandono más altos, ese que debilita la confianza en nuestra posibilidad de amar y nos acogota el entendimiento, ese que provoca la flojera de la que se alimenta el gusano ultra que no para de comer.

Quizás no consiguiera abrir brecha en la dura mollera de Eusebio, pero continué con mi campaña, convencido del poder curativo de Gloria Fuertes.

Así probé suerte con otro interno, uno que me había elogiado (sin complejos) la bajada brutal de impuestos a los ricos por la que apuesta Vox. Es un pequeño constructor murciano, un estafador que disimula como puede sus ínfulas de nuevo rico, al que llamaré Pascual.

Gran pelota, acude dando saltos cuando se le llama por megafonía, con la solicitud con la que Paco el Bajo, el de Los santos inocentes, acudía al silbido del señorito Iván: aun con una pierna rota correría a nuestro aviso renqueando con el patetismo de un perro cojo.

Pero Pascual se pasa de avispado, y se le nota mucho (no es Alfredo Landa) que lo suyo es adulación, que no lo hace porque nos ame ni una pizca a los funcionarios, vaya por dios.

Cuando se desespera, me llora Pascual en el hombro. Cuánto echa de menos la huerta, ¡comerse unos buenos zarangollos!, los montones de eurazo tirados por el suelo en la suite del hotel Don P…, revorcarse entre ellos frotándose la barriga con los billetes… y las fiestas con putica en Alicante, para celebrarlo. Ay, se le funden los ojos en blanco, como transportado.

Y de repente…

—No soporto tanta gentuza en este patio… esto sí que es la condena de verdá, vivir con esta miseria, olel-la— se lamenta, arrancado bruscamente del sueño y cayendo de golpe y porrazo en el seno de nuestra realidad… la cárcel.

En particular odia a los marroquíes. Hay dos, a los que llamaré Hichan y Assim, que siempre andan fumeteando por el patio y de los que no para de chivarse, “deprisa, que están ahora liándose los porros, en la puerta del gimnasio”, y yo le digo que se calme, que se les acerque y que de mi parte les indique que le dejen dar unas caladas.

A Pascual le espeté sin escrúpulos, en todo su entendimiento, los sonoros versos de Sola con esperanza:

Sola moro
moro sólo
sola moro.
Muchas veces se está solo
pero mejor con decoro
¡A la mierda el oro
y a la mierda el coro!
¡Sola!
sola-solo.

Tras escuchar atento, se adentró en el módulo con una mueca casi beatífica, impostando el efecto profundo que el poema habría provocado en su alma.

“ Con éste ni Gloria Fuertes puede”, pensé.

Pero tampoco me desalenté, y seguí activando mi arma de alcoholes y resplandeciente química con otro interno condenado por agresión sexual a una menor, y al que llamaré Martín. Prendió fuego al chalé cuando supo que su mujer y la chiquilla llevaban media tarde en el cuartelillo de la Guardia Civil, denunciando.

Este Martín me trae loco con sus paranoias. Si le meten otro preso en su celda, pide guantes de látex por sus aprensiones patológicas; es que desprecia visceralmente a todos sus compañeros de módulo, pero eso sí, a cada uno por una razón diferente: al sudaca por sudaca, al drogata por drogata, al funcionario… Lo peor es que lo manifiesta sin parar, y gruñendo. Es un caso curioso, teniendo en cuenta el delito por el que fue condenado: ni se apoca ni busca amparo, que es lo habitual.

Muy al contrario, la irrupción de Vox le ha iluminado el rostro ancho y flácido de grandullón con clase, como si Abascal, ¡y el señor Smith!, le hubiesen dado al fin la razón en algo trascendente, pero que guardara en secreto, ¿quizás alguna recóndita justificación a las caliginosas razones de sus deleites? Es un suponer.

Así que, insuflado de nuevos ánimos con ese trompeteo neofascista de fondo que no deja de sonar en España desde hace meses, Martín ha redoblado la vehemencia de sus quejas… y de paso su exasperación vital. Cada día está más impertinente: debería asumir lo hecho, vivir en busca de la paz interior, no acendrar en su dolor dejándose llevar por la ira y el mal café que, como a todo estómago delicado, provoca la ‘tenia’ ultraderechista, le digo, a ver si cuela y se calma, porque tratarlo es un sufrimiento.

A Martín lo pillé desprevenido, con las defensas bajas, mientras retocaba en el taller un óleo exquisito del rostro en óvalo, casi mariano, de su madre. Tiene unas manos gordezuelas y delicadas con las que practica una pintura sutil, esa es la verdad. Le recité el comienzo de otro gran poema, Adivinanza:

¿De qué diréis que yo muero?
Al amor fui por navajas
—cosa que el amor sí tiene—
Metí la mano en la brasa
—y vinieron los bomberos….
¿De qué diréis que yo muero?

Lo dejé aplicando algo de magenta a los finos brocados de su madre… “Bomberos… bomberos al final sí que fueron…” le oí musitar a mis espaldas.

¿Otra decepción? En este caso tengo mis dudas, pues ahora hay días en los que gruñe menos.

Así que, diligente, insistí en mi particular cruzada sin dejarme llevar por el desánimo.

Pepete es un interno que hace muchos veranos cumplió en mi compañía los cincuenta. Entró en mi módulo con la mente quebradiza y más pobre que una rata, tanto como un mendigo de Baroja de los que buscaban refugio en las cuevas madrileñas de Príncipe Pío.

¡Baroja es el mejor! Es nuestra consigna cómplice, devotos que somos ambos del autor del Zalacaín. Y es de lo poco que habla con casi nadie. Y a nadie encontrará que le acoja cuando salga en libertad, que será bien pronto. Fue condenado por homicidio: un botellazo fatal en toda la sien le soltó a otro, tan roto como él, por la disputa de un cartón de vino en las escaleras de Arrastraculos, a pocos metros del viaducto de Segovia, el de los suicidas.

En la calle, dormía caliente en el cajero de Bankia que hay en Callao, el mismo del que salió disparada Esperanza Aguirre huyendo de la policía. Ya le he dicho que cuando salga no podrá ni echarse allí por las noches, que ahora que ese banco es de todos, ya no dejan.

Podre solemne, a Pepete se le cae la baba cuando escucha los discursos de Abascal, aunque se cierra en banda y no me explica por qué. “¿Cómo puedes leer Aurora roja  y dejarte arrastrar por semejante boca?”, le reprocho. Pero nada, no dice ni mú.

En el tiempo que lleva conmigo no ha recibido carta alguna, pero sé que en sus sueños más chalados hay una mujer que sí que le escribe y le corresponde entregándole su corazón. Pepete, antes de ponerse a mendigar por Madrid como un personaje más de La Busca fue estudiante de Filosofía. Una cálida primavera, dormitando bajo un pino de los que hay en los ribazos verdes que rodean la Complutense, le picó en los ojos un desamor como un pájaro hambriento y negro.

La herida se le infectó: fue uno de esos rechazos sentimentales tras los que, ciego de ira y despecho, uno fulmina el mundo sin contemplaciones ni vuelta atrás. Perdió la confianza en sus queridos libros, el gusto por la amistad, el respeto a sus padres, las ganas de vivir: ni el Nietzsche más sifilítico fue capaz de echarle un cable. Después, todo vino rodado… cuesta abajo, claro, hasta dar con sus huesos entre estos altos muros de hormigón.

Para él escogí con todo mi afecto un fragmento de uno de los poemas que más me gustan de Gloria Fuertes, La vida está en la vida, invitándolo a que se sentara al sol conmigo, en el banco menos helado del patio:

En la vida
ya he hecho un poco,
pero me queda mucho.
En el amor,
ya he hecho mucho,
pero me queda un pozo.
En la Rifa
todo lo perdí…
—pero me tocó un cueceleches.

Pepete esbozó un rictus con pespunte feliz… y nada más. Tras unos segundos en los que pensé que al fin iba a decir algo, lo dejé sentado y mudo, como casi siempre. Pero cuando ya me alejaba unos metros le oí gritar nuestra consigna, proyectando la voz casi como un alirón, “¡Baroja es el mejor!”. Me di la vuelta, cómplice, pero él estaba a otra cosa, enganchado al dibujo figurado de unos ojos de mujer que al parecer le observaban amorosos desde una grieta del suelo.

Hasta hoy, es verdad, en mi cárcel solo cosecho unos modestos resultados: vacilo a veces y pienso que no creo que vaya a poder completar la desinsectación. Es un horror ver cómo prende VOX entre los de cráneo duro y psique frágil.

Pero no he de desanimarme, me digo: contra el pensamiento con gusano, seguiré aplicando la cataplasma poética de risa valiente y sutilezas de alcohol, el mismo remedio que Gloria Fuertes se recetara con excelentes resultados.

¡Hagamos caso a la gran poeta y comamos pues pájaros fritos si a lo que nos obligan es a comernos los hombres asados!: así es como ella, en su poema Es inútil, nos llama vigorosamente a la rebelión alegre, unidos todos en un solo clamor contra la tenia polimorfa que, tras cuarenta años de silencio intestinal, vuelve preñada ahora con una hueva espesa y feroz,

……
Papeles hay pegados en las esquinas
que prohíben comer pájaros fritos,
¡y no prohíben comer hombres asados
con dientes de metralla comer hombres desnudos!