Opinion · Otras miradas

Elecciones generales a cara de perro para Unidas Podemos y sus confluencias

Miguel Guillén

Politólogo

Las elecciones generales del 28 de abril se presentan a cara de perro para el espacio político (electoral, diría yo) de Unidas Podemos y sus confluencias. Hay que ser realistas No hace falta ser un experto analista para saber que esta opción política no pasa por su mejor momento: conflictos internos, desgaste y un peligro que no sé si se ha valorado en su justa medida: el fantasma del voto útil al PSOE y Pedro Sánchez. Bien es cierto que los ataques furibundos y en la mayoría de casos infundados han venido desde los adversarios (políticos, mediáticos, etc.), pero no se puede negar que la capacidad de la izquierda transformadora para meterse en lodazales de creación propia es de lo más sorprendente. O quizá no tanto. Hay casos por todas las Españas, así que no hace falta personalizar ni citar ninguno en concreto, si bien es cierto que el sainete madrileño es perfectamente ilustrativo. Se ha echado en falta más trabajo a nivel organizativo desde las últimas elecciones generales, donde no se ha apostado decididamente por una confluencia a nivel orgánico más allá de la coalición electoral. Si en los barrios, pueblos y ciudades se hubiera empezado a trabajar en clave «Unidas Podemos», seguramente la situación sería diferente. Volcarse en la institución, en el arduo y farragoso trabajo parlamentario, es una obligación pero tiene también un efecto colateral: se descuida la calle y la organización. El maestro Manolo Monereo lo advierte a menudo, pero parece que no se le ha hecho demasiado caso. Además, el patriotismo de partido y los egos siguen teniendo un protagonismo seguramente innecesario y contraproducente.

La portavoz de Unidos Podemos en el Congreso, Irene Montero, es aplaudida tras intervenir en el último pleno del Congreso de la legislatura. EFE/Kiko Huesca
La portavoz de Unidos Podemos en el Congreso, Irene Montero, es aplaudida tras intervenir en el último pleno del Congreso de la legislatura. EFE/Kiko Huesca

A la gente común, a muchas de aquellas personas que se ilusionaron con el 15-M y el surgimiento de Podemos, y también a quienes llevaban toda la vida votando a IU, ICV, o antes el PCE o el PSUC, se les escapan algunas actitudes personalistas y egocéntricas de algunos dirigentes. Cuando no tienes ni aspiras a ningún cargo, cuando ves los toros desde la barrera, piensas: ¿como es posible dinamitar tanto en tan poco tiempo, con tan sólo un gesto de irresponsabilidad imperdonable? Y vuelve a relucir aquella idea, seguramente fundamentada, de que este cainismo es un mal endémico de la izquierda. Unidad, se gritaba en Vistalegre 2. Ni media tontería, decía Pablo Iglesias. Caso omiso. Lo que sí es cierto es que el caso de Andalucía debería servir como acicate para dejar a un lado los conflictos internos y ponerse a trabajar para construir y ofrecer a la ciudadanía una alternativa sólida y seria. Porque nadie duda de que capacidad y talento existe, y para muestra un botón: no se pierdan el discurso de cierre de legislatura de Pablo Bustinduy en el Congreso. El que avisa no es traidor, y Andalucía ha avisado: mucha gente de izquierdas, atónita, enfadada y desanimada, se puede quedar en casa y servir en bandeja de plata la victoria a las derechas. Máxime si el eje identitario o nacional prevalece, como está pasando, sobre el eje social o económico. No estamos en 2015-2016, conviene no olvidarlo.

El eje identitario y la hegemonía nacionalista (española y periférica) se han ido imponiendo en los últimos tiempos. Negar que la crisis de Cataluña ha sido clave es como intentar convencernos de que el Sol gira alrededor de la Tierra. Y nadie puede ignorar que el desmedido protagonismo de Vox en los medios de comunicación a raíz de las elecciones andaluzas tiene mucho que ver con la preeminencia de la cuestión identitaria sobre la social (un protagonismo mediático, no lo olvidemos, del que no han disfrutado Unidas Podemos y sus confluencias, que han sido curiosamente silenciadas). Y aquí, en este terreno, la izquierda no se mueve con comodidad. Que se lo digan a la gente de Catalunya en Comú-Podem. Es como si tuviéramos a Lebron James en nuestra plantilla, pero en un equipo de fútbol. Por mucho que el espacio político de Unidas Podemos se haya esforzado desde el principio en explicar que defiende un referéndum acordado para que la ciudadanía de Cataluña decida su futuro, el procesismo (no confundir con independentismo) siempre considerará a este espacio un adversario, cuando no un enemigo. Y por muchos gestos que los dirigentes hagan de cara al procesismo, estos nunca serán convenientemente agradecidos. Ya se puede poner Ada Colau el lazo amarillo o dar apoyo al 1-O y ya puede Pablo Iglesias visitar a los presos a la cárcel, que nunca tendrán suficiente. Y mientras tanto, la sangría de apoyos a En Comú Podem (que, no lo olvidemos, ganó las elecciones generales de 2015 y 2016 en Cataluña) parece ser que no cesa. A veces uno se pregunta si los estrategas de este espacio político conocen los barrios donde vive la gente que hizo ganar aquellas dos elecciones generales, si hablan con las personas que viven en ellos, si tienen idea de la opinión que tienen del procesismo. El problema es el siguiente: los procesistas identifican a En Comú Podem como una opción tibia, unionista y españolista, mientras que mucha de la gente que no es partidaria del procesismo cree que Ada Colau y los suyos siempre se acaban posicionando al lado de los procesistas. Difícil solución a un problema extraordinariamente complejo, pues el maniqueísmo inunda la política catalana (y también española) desde hace tiempo. Por eso es tan importante la opción que representa En Comú Podem en Cataluña, aunque algunos la quieran borrar del mapa: porque no se deja (o no se debería dejar) seducir por los cantos de sirena de los identitarismos y está en condiciones de actuar como punto de encuentro de las diferentes sensibilidades nacionales. Hay un hecho que nos debe hacer reflexionar: ¿cómo se explica que C’s arrasara en muchos barrios populares catalanes en las elecciones autonómicas de 2017? ¿No es ese un hecho dramático para las izquierdas? Una de las claves está también en la necesidad de no desechar tan alegremente la herencia del PSUC e ICV, porque se corre el riesgo de dejar huérfanos de opción política a muchos miles de personas. Si se sabe combinar la savia nueva con la tradición y la veteranía, será mucho más fácil construir una confluencia verdaderamente aglutinadora y con capacidad ganadora. Si no, la irrelevancia está a tan sólo un paso, máxime si se siguen colando oportunistas egocéntricos y desleales en los puestos más importantes de las candidaturas.

Respecto del voto útil, a nadie se le escapa que no pocos votantes de izquierdas están satisfechos con el papel de Pedro Sánchez y su gobierno desde la moción de censura que desalojó a Rajoy y al PP del poder. Y eso hará que probablemente el PSOE sea el partido más votado el 28 de abril. La gran incógnita es si las tres derechas sumarán mayoría absoluta. Si los votos que pierda Unidas Podemos, que igual no son tantos como apuntan las encuestas, van a parar al PSOE en su práctica totalidad, si la izquierda en su conjunto no aumenta sus apoyos, se otean dos opciones en el horizonte: un gobierno PP-C’s-Vox, o bien una opción reformista PSOE-C’s, que seguramente es la preferida por los poderes fácticos. Se me ocurre que la mejor idea no es que las diferentes opciones de izquierdas confronten entre sí (básicamente PSOE y el espacio de Unidas Podemos), sino que salgan a desmontar los discursos de los adversarios reales, que están ahí afuera y amenazan irresponsablemente nuestra convivencia con propuestas cada vez más extremadas a la derecha. No es momento de repartir carnés de verdaderos izquierdistas, sino de arremangarse para conseguir un gobierno plural y multicolor que esté al servicio de las clases populares. Manolo Monereo quizá matizaría esta argumentación, diciendo, no sin razón, que en los últimos tiempos Unidas Podemos ha sido poco exigente con el PSOE y que eso no ha ayudado a que se les perciba como una auténtica alternativa. Veremos que acaba pasando, porque también hay que recordar que las encuestas en los últimos tiempos suelen ser poco fiables, porque el comportamiento de los indecisos ha variado, y mucho, y es muy complicado pronosticar qué harán a la hora de depositar su voto en la urna.

Pero ante el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad, que diría Antonio Gramsci. Porque no todo está perdido y hay mucho trabajo que hacer. Hay más de un mes y medio por delante para salir a la ofensiva y presentar una alternativa sólida que despierte confianza. Si prima el egocentrismo, si se anteponen los intereses personales y partidistas a las necesidades de las clases populares, no habrá nada que hacer. Si la generosidad, la seriedad y la solidez cobran protagonismo, habrá nuevamente remontada, como en 2015-2016. Hace falta orden, aunque suene poco de izquierdas. Orden, sí, porque nos jugamos demasiado como sociedad. Por eso tantas personas se desesperan ante tanta frivolidad. Ni media tontería, por favor, porque no estamos para bromas.