Opinión · Otras miradas

Burundanga electoral: “manadas” de políticos y otros delincuentes

Joaquín Ivars

Profesor titular de Bellas Artes de la Universidad de Málaga. Autor de 'El rizoma y la esponja' (ed. Melusina)

Sí, suena un tanto fuerte la expresión dadas la circunstancias y la actualidad de los hechos, pero cuando sabemos de las obscenidades que algunos de nuestros representantes se traen entre manos y de las consecuencias que acarrean, no podemos sino identificar “manadas” de políticos que aliados con otros delincuentes tratan de abusar de manera sistemática de toda una sociedad. Para violar en grupo a jóvenes indefensas o drogadas ya sabemos que se bastan y sobran unos cuantos desalmados que tan cobardemente revientan la vida de una persona.

A veces se nos olvida que tanto políticos como ciudadanos de a pie tenemos cuerpo. Ciertas corrientes o lecturas marxistas no cayeron en la cuenta de que hay un cuerpo más allá de la abstracción que significa pertenecer a la “razonadora” especie humana; esas lecturas fundamentaron las necesidades exclusivamente en lo socioeconómico con el objetivo de alimentar la lucha de clases. Luego vinieron a corregir esos olvidos los llamados filósofos de la diferencia y de las biopolíticas que nos recordaron que todos y todas tenemos un cuerpo con consecuencias determinadas: un color determinado u otro, una u otra genitalidad o sexualidad, unas capacidades u otras, etc. Diferencias que imprimen carácter y que fueron bien estudiados y explotados sin más miramientos por aquellos que conocen perfectamente los mecanismos de la rentabilidad económica. Y surgió otro problema: la “comprensión económica de las diferencias” se hizo hueco y se alumbró el capitalismo global y flexible que hace consumir su ensimismada diferencia en cualquier sentido al más pintado, o a la más diferente.

Pues bien, los políticos tienen cuerpos que satisfacer, igual que los ciudadanos “normales”. El Estado es una especie de abstracción mental, espiritual he oído decir, formalizada a través de instituciones que se encarnan en cuerpos normales y corrientes con necesidades y deseos de lo más vulgares (antes se encarnaba en el absolutismo del rey y la aristocracia y hoy día se encarna en cuerpos representativos que elegimos cada cuatro años). Y para satisfacer esas necesidades, deseos o caprichos de los gobernantes se puede actuar desde la competición bárbara y desenfrenada o razonablemente desde las políticas del reparto y la justicia social; es decir, se pueden violentar derechos o se pueden compartir oportunidades mientras exista algo que ofrecer no solo a nosotros mismos sino también a las generaciones venideras.

No se trata aquí de hacer una mera generalización ni una comparación cruenta y demagógica. Sí creo que habría de repensarse si la partitocracia cada vez más excluyente que nos hemos dado, no actúa de modo similar a las bandas organizadas de hooligans, maras o fundamentalistas de códigos internos tremendamente exigentes que aparentan tener solo cuerpos insatisfechos; ese tipo de grupos que jamás yerran porque los deseos no se equivocan y por tanto esgrimen el ultimátum de “conmigo o contra mí”. La propia disciplina de partido o las listas cerradas facilita de un modo eficacísimo que de esos entes, en principio pensados para representar al resto de ciudadanos, surjan cuerpos unidos con enlaces del tipo “manada” unificados unidireccionalmente a la busca de su propios intereses y la satisfacción de sus más bajos instintos. No voy ni mucho menos a caer en decir que todos, políticos y políticas, actúan como profanadores de derechos, pero sí me atrevo a decir que más allá de los delitos sexuales que tan a la cabeza nos han llevado las manos y con toda la razón del mundo, existen políticos que aliados con empresarios, policías, periodistas, clérigos, médicos, ingenieros, constructores o lo que haga falta, se agrupan en milicias de delincuentes que violan los derechos de la mayoría de la sociedad por una u otra vía. No cabe eximir de responsabilidades a otros colectivos que actúan de modo tan infame como los representantes públicos, pero es que estos además son elegidos y pagados para que sirvan a los intereses de la mayoría y no para que vengan a las instituciones a lucrarse ni a montarse orgías a nuestra costa.

No solo son útiles las cloacas para el Estado, en toda casa se utilizan; existen en la mayoría de partidos gentes que se dedican a hacer el trabajo sucio y otras que blanquean la porquería de un modo u otro pero sin tirar de la cisterna. Los primeros utilizan sus malas artes y sus venenos para intoxicar a quienes les conviene dejarse alucinar y conseguir así sus fines más inconfesables y los segundos vienen a limpiar el rastro con estratagemas legales y otro tipo de malas artes. En unas cloacas se fabrican pruebas falsas o se elaboran alambicados planes de esterilización del líder carismático, en otras se ajustan cuentas con la mayoría de sus seguidores defenestrando a sus representantes legítimos de la manera más burda, en otras se alimenta el adoctrinamiento supremacista y en otros casos se procede a esconder bajo la alfombra a los próceres más asquerosos o se emprende la caza de brujas y las purgas cuando los malos o los buenos ya están amortizados o están en condiciones liberadas de sacar a relucir aquello que prometieron callar por los siglos de los siglos. De todo hay y en todos lados, y esto que aquí utilizo no es un ventilador; si pudiésemos escudriñar todos esos bajos fondos quedaríamos atónitos. Pero también veríamos cuánta lucha cuerpo a cuerpo, franca y valiente, establecen algunos políticos contra toda esa basura y cómo suelen terminar quemados o marginados, a diferencia de aquellos otros cómplices de la corrupción o expertos en el arte del disimulo.

Ahora llega la campaña electoral y las drogas electorales se reparten por doquier en distintos formatos: eslóganes, envíos postales y telemáticos, abrazos a niños, visitas a mercados, pegadas de bonitos carteles, debates y alocuciones multitudinarias, efervescentes, enfáticas, grandilocuentes, poéticas… El voto femenino no puede estar siendo más halagado a la vista de que representan un alto porcentaje y las mujeres se encuentran muy movilizadas: cuerpos y mentes en lucha. También se busca el voto rural al que antes ni se hacía caso, ahora todo cuenta, mucho más cuando lleguen las elecciones de circunscripción única como las europeas. Se me empiezan a saltar las lágrimas cuando comienzo a observar el reparto de toda esa burundanga emboscada en los elixires propagandísticos que intentan abrumar los cerebros de votantes de cualquier sexo, edad y condición. Toda esa droga electoral distribuida con la intención de disminuir los reflejos de defensa para conseguir votos al precio que sea.

Al final del acto, después de las elecciones y del abuso consumado, podremos observar el cambio de actitud de ciertas manadas emergentes de entre las huestes ganadoras en uno u otro confín que se preparan para violar derechos o buscar cómplices que miran para otro lado silbando por los pasillos del Congreso o de la institución que toque. Finalizados los próximos ritos de la elección de representantes, aquellos que se han propuesto abusar de nuestra confianza (unos con más descaro y otros con menos, unos más despiadados y otros un tanto más compasivos), nos acorralarán en un rellano de nuestra vida y comenzaránn a violentarnos dura o suavemente con políticas que las víctimas inocentes habrán de pagar desde el paro, el suicidio, la exclusión social, la miseria o la cárcel. Y encima los ganadores nos insinuarán que la decisión fue nuestra, que el pueblo no se equivoca cuando vota, y los perdedores siempre nos reprocharán que quizás no nos defendimos lo suficiente, que un “no” o un “permanecer callado/a” significa un “sí”, que “todo el mundo sabe eso”. Y los ganadores nos dirán que en el fondo nosotros y nosotras fuimos al colegio electoral a elegirlos por lo excelentes que son, que nos hemos puesto en sus manos; que entendemos y compartimos que una vez elegidos por cuatro años han venido a ocuparse de nuestros asuntos, y que aunque por momentos nos amedrenten o nos golpeen de frente, colateralmente o por la espalda eso son solo signos organizativos de atención y cariño. Nos dirán que la paciencia es la mejor de las virtudes de un pueblo y que nuestras lágrimas serán acompañadas por “psicólogos” entrenados en hacer frente a los traumas. Nos harán comprender que las circunstancias internacionales y la Realpolitik obligan a tomar decisiones que no podemos entender, y que el tiempo y la audacia política de nuestros insignes representantes conseguirán una pronta mejoría de nuestras heridas y el cierre de cicatrices antes del próximo ciclo electoral.

Claro que no todos son iguales, nadie ha dicho eso, pero si los partidos quieren que verdaderamente creamos que no nos van a moler a palos, que no nos van a joder por el orificio más inesperado, han de comenzar a reconocer sus culpas y sus errores, han de vaciar y desinfectar sus cloacas, reprimir sus instintos más primarios, más básicos, y han de enviar ellos mismos al ostracismo o a la cárcel a quienes les hagan sentirse miembros o cómplices de manadas de violadores de derechos. Entonces, solo entonces y como mal menor se podrá empezar a confiar en sus discursos de buenas voluntades, solo entonces nuestras manos deberían prestarse a depositar votos en urnas a través de las cuales se respeten nuestros derechos legítimos o cuanto menos constitucionales (vivienda, trabajo, salud, educación, energía, etc.). De momento, estamos hartos de mentiras cobardes y de manadas de abusadores, de golpes de estado de uno y otro lado que siempre recaen sobre las espaldas de los más débiles y cierran fronteras.

Suena fuerte, ya lo decía al principio, usar el lenguaje de la violación y de los delitos sexuales para hablar de nuestros insignes políticos; suena fuerte y más que lo habrá de sonar. Porque si andábamos mal, ahora nos llegan encima los adalides del horror, los desacomplejados, los supremacistas y los supermachistas que creíamos que habían sido arrinconados por la historia de progreso moral de la humanidad. Si ya estaban enfermos de soberbia, avaricia, cobardía o molicie nuestros representantes de los últimos años, ahora han creado un caldo de cultivo que está contaminándose por aires provenientes tanto desde el interior como desde el exterior. Unos aires sulfurosos que nos infestan los comicios y nos traen de los infiernos el estruendo y la hediondez de la máxima brutalidad. Daría risa si no diese tanto asco, tanta pena y tanto miedo verles envalentonarse, exhibir sus miserias, mostrar sus pistolas o sus mezquinos argumentos y sus simplificaciones más ramplonas, sus banderas, sus supercherías nacionalistas; todo para hacer valer exclusivamente sus credos con el fin último de machacar las opciones del otro.

No queda tiempo para ser elegantes o para ejercer retóricas. Si hay algún partido que aún quiera mostrarse digno de sus votos, solo tiene el tiempo justo para actuar; debe limpiar urgentemente esas legítimas instancias de representación para sentirse limpios y prestos a defenderse de lo peor de cada casa y de cada territorio. Si a toda esta barbarie, a todas estas manadas de políticos soeces y corruptos y sus secuaces que han venido ocupando importantes áreas de poder no se les para pronto y se les apea del escaño o se les saca de la poltrona, terminaremos mucho peor todavía. Veremos totalitariamente violados los derechos del cuerpo social del mismo modo que esas indefensas víctimas han visto violado sus cuerpos y sus espíritus por el totalitarismo machista. Y volverán las guerras y los holocaustos y las violaciones y los asesinatos se multiplicarán por miles. O nos tomamos en serio nuestra ciudadanía y nuestros derechos dejando el miedo y las bajas complicidades en el afuera de nuestros cuerpos y mentes o seremos de nuevo totalmente arrasados, absolutamente aniquilados. Si queda algún partido con alguna dignidad real, deberá enfrentarse a sus propios demonios para luego tener la fuerza de sentir al pueblo detrás dispuesto a luchar contra las manadas que gustan distinguirse por expresivos y analógicos brazos en alto o por maniobras digitalmente emboscadas de iguales o peores consecuencias.