Opinion · Otras miradas

En busca de la Política

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla. Candidata de Unidas Podemos al Congreso por Sevilla

Andaba escribiendo un artículo para analizar las líneas argumentativas de esta campaña electoral, los marcos, las figuras de pensamiento más comunes… cuando me estalló en la cara toda la trama criminal que ha intentado destruir a Podemos y que, de hecho, impidió, mediante un golpe mediático, la posible formación de un gobierno histórico de progreso.

En medio del artículo, se desbordaron las cloacas, el alcantarillado rebosó de corrupción e inundó las calles mostrando la grave enfermedad de nuestra democracia. Las teorías de la Agenda setting y del Framing saltaron hechas pedazos por el aire, porque aquí ya no se trataba de estrategias de discurso, de las formas de creación de la opinión pública, construyendo, por ejemplo, marcos que polarizan y nos dejan prisioneros en la rigidez de los esquemas: o estás a favor de la independencia de Cataluña y o a favor del 155 permanente y de la «unidad” de España; o estás a favor de la acogida de inmigrantes o a favor del pueblo español; de la religión católica o del Islam; si eres feminista estás contra los hombres…, y muchas dicotomías más, humo y más humo difundido por los medios de comunicación…; humo que desconcierta generando confusión y activando los resortes emocionales, la alarma ante lo que presentan como graves dilemas.

Intentaba identificar y analizar «el velo que pende sobre el mundo» (Milan Kundera), como hacía Anatole France, «el velo de las interpretaciones previas», a fin de liberar los conflictos humanos de los planteamientos ingenuos, cuando, como decía, estalló la trama criminal (política, policial y mediática), que creó pruebas falsas sobre la financiación de Podemos, mentiras conscientemente difundidas por OK Diario (creado para la ocasión con financiación pública) y multiplicadas como un eco por todos los medios en sus informativos.

La cuestión de la verdad se ha instalado en el centro del debate, desplazando al análisis de los mecanismos de la persuasión y manipulación políticas. Hace ya tiempo que sabemos que el discurso político ha abandonado el ámbito propio de la argumentación, sustituida por la narración de auténticos culebrones en serie, donde la vida personal de los representantes, sus aficiones o los escándalos presentes y pasados de sus biografías ocupan el primer plano: si hacen deporte, si practican la caza, los detalles de la casa donde viven, y hasta las fotografías de las ecografías de sus bebés. En la ávida búsqueda de audiencia se explota cualquier escándalo, aunque pertenezca a un pasado ya superado. Así, sin pudor, se puede destrozar la vida de una candidata, acosándola mediáticamente, si en algún momento de su vida fue condenada, por mucho que ya esté pagado el daño y ella esté perfectamente integrada en la sociedad.

Los problemas de la gente y las propuestas de los diferentes partidos para resolverlos se quedan convertidos en detalles, anécdota o decorado, pues el foco mediático pone su morbosa lupa en lo personal, en lo más vulnerable y oscuro de cada biografía. Es la coprofilia de la que habló en Salvados el Papa Francisco: la atracción por lo macabro, lo oscuro y lo sucio, por lo más bajo y lo menos digno de la condición humana.

La sustitución de la argumentación por la narración ha tenido una consecuencia importante: el criterio de verdad ha dejado de ser relevante y ha sido sustituido por el de la verosimilitud, como corresponde a la ficción de las dramatizadas secuencias narrativas, verdaderas retahílas donde todo vale: el insulto, la difamación y la calumnia, en fin, la agresividad y la mentira en todas sus manifestaciones. Es cierto que hacía ya mucho tiempo que el discurso político había dejado de ser un debate crítico para convertirse en un trabajo de figuración: construcción y destrucción de imágenes personales, mercado de identidades dispuestas para el consumo electoral.

La lógica comercial de los medios (y la política es una actividad mediática y mediatizada por ellos) supone su espectacularización; la búsqueda del mayor número de espectadores determina la utilización de un discurso muy simple y emocional, de argumentos débiles, especialmente descalificadores de las personas, en lugar de un repaso crítico de las diferentes propuestas y de su viabilidad. La consecuencia inevitable es la banalización de la vida política, su «insignificancia», como ya destacó Cornelius Castoriadis y recogió Bauman en su magnífica obra En busca de la política.

Cuando la mentira se instala en el centro del discurso político, el divorcio entre este y lo que ocurre en la vida real de los ciudadanos conduce a una desconcertante «espiral del cinismo» (J. N. Capella y K. Jamieson): la falta de comprensión de los procesos que nos afectan vitalmente nos lleva a la desconexión. No entendimos, por ejemplo, cómo, tras el programa de Jordi Évole donde Pedro Sánchez confesaba la existencia de presiones por parte de grandes empresas, como Grupo PRISA, Telefónica, entre otras (fuerzas que, a través de un golpe mediático lo habían defenestrado propiciando la continuidad del gobierno conservador de Rajoy), los medios de comunicación no plantearon interrogantes a propósito de cómo actúan esas empresas, de qué naturaleza son las presiones, cuál es el alcance de su influencia o cómo salvaguardar la independencia del poder político y el respeto por la voluntad de los ciudadanos. Entonces los medios personalizaron el conflicto: analizaron el discurso de Sánchez buscando contradicciones; la “infalible” hemeroteca traía antiguas declaraciones suyas totalmente descontextualizadas, fragmentadas, mostrándonos que no siempre el estilo directo es fiable, y que también se puede engañar con la verdad. Entonces la personalización difuminó y encubrió el escandaloso tema que revelaban las confesiones.

Ahora, en plena campaña electoral, PP, PSOE y C’s guardan un denso silencio sobre un escándalo tan grave que cuestiona los fundamentos mismos de la democracia; los mismos tres partidos que se pronunciaron en contra de la comparecencia de Villarejo en el Congreso para dar explicaciones.  En agitada algarabía, J. M. Aznar, M. Rajoy, S. Sáenz de Santamaría o el propio Ministro de Justicia y Notario Mayor del Reino, Rafael Catalá difundieron sin pudor las mentiras. Pablo Casado utilizó el eco amplificador de una portada del ABC para fundamentar acusaciones gravísimas apoyándose exclusivamente en las noticias falsas divulgadas por los medios.

Por el momento, nadie ha pedido perdón, todos callan, aunque el silencio comunica implícitamente algo muy grave: al no pronunciarse contra la trama criminal, indirectamente se declaran cómplices de la basura policial, política y mediática, resignados ante la existencia de las cloacas que nos infectan y amenazan. Este silencio vuelve vacuas las medidas que tan alegremente cacarean en sus discursos, deja muy claro que, de hecho, no apoyan la democracia, los Derechos Humanos y la Constitución a la que, con tanto bombo, dicen defender. Ahora callan. Lo cierto es que andan calculando sus votos, y guardan un silencio cómplice para no perjudicar sus expectativas, demostrando así que para ellos los sillones son mucho más importantes que los principios, o, tal vez, que no tienen otros principios que alcanzar los sillones. Con semejantes políticos, policías corruptos y medios sensacionalistas, nuestra democracia está indefensa; no es que sea frágil o imperfecta, es que ha sido secuestrada.

Por todo esto, los que callan deberían sentir mucha vergüenza: quien no se pronuncia contra la corrupción del Estado no está legitimado para hablar de justicia, de regeneración ni de democracia; porque, como es sabido, «el silencio / cobarde apaña la maldad que oprime» y si, ante tanta putrefacción, nuestros representantes callan, morirán «de espanto / la esperanza, la luz y la alegría» (H. Guarany)