Opinion · Otras miradas

Notre Dame: la escritura de la destrucción a lo largo de la historia

Alice Kelly

Harmsworth Postdoctoral Fellow in History, University of Oxford

Las imágenes del esqueleto de la catedral de Notre Dame envuelta en humo y llamas nos heló la sangre el pasado 15 de abril. Nos resultaba tan familiar después de verla miles de veces en fotos y postales que ahora esa estampa nos parecía algo extraño.

Los parisinos, atónitos ante la horrible destrucción de uno de los símbolos de la ciudad, recordaron a los neoyorquinos que en 2001 contemplaron sin poder creérselo cómo las Torres Gemelas se derrumbaban, o a los ciudadanos iraquíes que asistieron al derrocamiento de la estatua de Sadam Husein en 2003.

Son acontecimientos encuadrados en contextos políticos, obviamente, muy distintos: algunos han sido producto de ataques terroristas y otros han surgido de manera natural. Sin embargo, todos producen la insólita sensación a quien los presencia de ser testigo en directo del fin de una era. En el caso de Notre Dame, hablamos de un icono cultural que ha sobrevivido a numerosas épocas históricas.

En los muchos artículos que se sucederán durante las próximas semanas se hablará de la importancia que este terrible incendio tiene no solo en sentido literal, sino también en el imaginario cultural; la pérdida de lo que la catedral representa, en referencia tanto a su valor simbólico como al tangible.

No serán los primeros: las despedidas culturales tienen su propio capítulo dentro de una larga y documentada tradición. A lo largo de toda la historia hemos podido leer y escuchar los comentarios de escritores y periodistas expresando conmoción, incredulidad, horror y miedo al ver edificios colapsar delante de sus ojos, estructuras de metal y madera convertirse en segundos en una pila de escombros y ciudades desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

Uno de los más famosos ejemplos que conocemos es la carta de Plinio el Joven en la que explica cómo vivió la erupción del Vesubio en el año 79 d.C.:

«La ceniza ya caía, aunque aún no de manera profusa. Miré alrededor y pude contemplar una densa nube negra que nos perseguía y se extendía sobre la tierra como si de una inundación se tratase. (…) Apenas nos habíamos sentado a descansar cuando la oscuridad se cernió sobre nosotros, pero no era la negrura de una noche sin luna o de una noche nublada, no. Más bien era como si no hubiera luz alguna en la estancia».

El último día de Pompeya, de Karl Briulov (1830-1833). Museo Estatal Ruso de San Petersburgo
El último día de Pompeya, de Karl Briulov (1830-1833). Museo Estatal Ruso de San Petersburgo

No dista demasiado del testimonio que Samuel Pepys reprodujo en su diario acerca del Gran Incendio de Londres de 1666:

«Estábamos tan cerca del fuego que podíamos haber encendido un cigarro. A lo largo de todo el Támesis, si te ponías de cara al viento, podías ser carbonizado por una lluvia de gotas de puro fuego. (…) Cuando no pudimos aguantar más en el agua, nos dirigimos a una taberna situada en Bankside, enfrente del Three Cranes, y estuvimos allí, viendo el fuego crecer, hasta que casi nos envolvió la oscuridad. Las llamas se extendían, las tinieblas aumentaban; en las esquinas y sobre los campanarios, entre las iglesias y las casas, hasta donde nuestra vista alcanzaba, observábamos el fuego más horrible y malvado. Nada tenía que ver con la fina llama de un fuego normal. (…) No pude evitar llorar al ver las iglesias y las casas, todas ardiendo a la vez, y el aterrador ruido que desprendían las llamas solapándose con el crujido de los hogares en ruinas. Era una ciudad con el corazón destruido».

Revivir el trauma

Los escritores describen la escena de la que fueron testigos y las sensaciones físicas que sufrieron como un intento de reproducir la experiencia y convertirla en un legado para la historia. Escribir sobre un suceso puede servir en algunos casos para revivirlo, especialmente si el episodio fue personalmente traumático.

El Gran Incendio de Londres, de Philip James de Loutherbourg (1740–1812). Yale Center for British Art
El Gran Incendio de Londres, de Philip James de Loutherbourg (1740–1812). Yale Center for British Art

Para muchos de estos creadores, la destrucción de los edificios significa indefectiblemente la muerte. El estadounidense Jack London escribió un artículo en 1906 para la revista Collier’s en el que relaciona la devastación producida por el terremoto de San Francisco con las víctimas:

«El miércoles por la noche presencié la destrucción del corazón de la ciudad. (…) La enumeración de los edificios desaparecidos bien podría ser el directorio de San Francisco. La enumeración de los edificios que se mantienen en pie no sería más que el dictado de unas direcciones. La enumeración de los actos de heroísmo necesitaría una biblioteca entera y arruinaría a la fundación Carnegie si pudiera condecorarlos. La enumeración de los fallecidos nunca se realizará. Cualquier rastro ha sido destruido, pasto de las llamas. Nunca se conocerá el número de víctimas que se ha cobrado el terremoto».

Edith Wharton se expresó en términos similares sobre las ruinas que vio en sus viajes a las zonas en conflicto durante la Primera Guerra Mundial, testimonios publicados en la revista Scribner’s en 1915. Posteriormente, los artículos serían editados en el libro Francia combatiente:

«Iprés ha sido bombardeada hasta la muerte. Los muros de las casas aún se mantienen en pie, por lo que en la distancia presenta la apariencia de una ciudad viva: es al acercarse cuando parece más un cadáver destripado. Los cristales de todas las ventanas están hechos añicos, los techos de casi todos los edificios se han esfumado y algunas fachadas han sido desbaratadas y las historias de los hogares están a la vista de todos, como si fuera el escenario de una farsa».

Un espectáculo terrible y pavoroso

La comparación de Wharton con el teatro es habitual. Podemos apreciar el mismo sentimiento de incredulidad y de tragedia en la reacción de John Updike a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en un artículo publicado en The New Yorker el 24 del mismo mes:

«Mientras veíamos cómo la segunda torre se convertía en un amasijo de fuego (…) aún persistía la idea de que era un producto televisivo, que no era real, que podía ser arreglado; la tecnocracia que las propias torres simbolizaban hallaría la manera de acabar con el incendio y reparar el daño producido».

En estos escritores habitaba, por supuesto, el miedo a sufrir, incluso cuando ellos mismos no se encontraban en peligro: “Sabíamos que acabábamos de vivir en directo miles de muertes y no dejábamos de aferrarnos unos a otros como si fuéramos nosotros quienes estuviéramos cayendo”, declaraba Updike.

Este morboso sentido del espectáculo que acompaña a la destrucción moderna de los emblemas significa que el momento puede ser revivido ad eternum al convertirse en una imagen icónica. Una de las consecuencias de esto es que el espectáculo puede vincularse al luto, tal y como han observado teóricos de la cultura visual, como Marita Sturken.

La catedral de Nuestra Señora (Notre Dame) de Reims tras ser destruida por un bombardeo en 1914. Bibliothèque nationale de France
La catedral de Nuestra Señora (Notre Dame) de Reims tras ser destruida por un bombardeo en 1914. Bibliothèque nationale de France

Al escribir sobre la catástrofe de la catedral de Reims (también llamada Notre Dame) en 1914, Wharton confesó haber encontrado una singular belleza entre sus ruinas:

«Cuando comenzó el bombardeo alemán, la fachada occidental estaba cubierta de andamios. Los proyectiles los incendiaron, y toda la iglesia quedó envuelta en llamas. Ahora ya no están aquí los andamios, y en esta plaza aburrida y provinciana se alza una estructura tan extraña y hermosa que habría que acudir al Inferno, o quizá a algún relato de magia oriental, para hallar las palabras capaces de describir esta luminosa visión sobrenatural. (…) Además, el maravillado asombro que producía semejante contemplación quedaba acrecentado por la consideración meditada de su fugacidad; por la idea de que esta era la belleza de la enfermedad y la muerte, de que todas y cada una de esas estatuas transfiguradas seguirían desintegrándose bajo las lluvias de otoño, de que cada una de esas piedras rosadas o doradas estaban ya totalmente dañadas, de que la catedral de Reims resplandecía y, a la vez, moría ante nosotros, como una puesta de sol…» (Pasaje extraído de Francia combatiente)

Sentimientos de tristeza y de consuelo pueden convivir en nuestro interior al conocer que nuestras sensaciones acerca de la pérdida irremplazable de algo, de la destrucción de la cultura y de parte de lo que somos ya fueron experimentadas con anterioridad.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

The Conversation