Opinión · Otras miradas

Inteligencia artificial-Inteligencia electoral

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga y autor de 'El rizoma y la esponja'

En la familia también, pero es sobre todo en el cole donde mejor te enseñan a despreciar y a aguantar el desprecio. El aprendizaje empieza con el “otro” más cercano, porque es bajito, feo, gordo, flaco, larguirucho, gafotas, gitano, albino, medio cojo, etc. Se trata de un arraigado y colectivo desprecio que sobre todo presta atención a lo que llevas inscrito en el cuerpo (no digamos si encima se combina con habilidades de inteligencia o discapacidades intelectuales o con el origen socioeconómico de las criaturas); y uno queda situado en algún punto de la escala social establecida y sufre y/o aplica lo que ahora llamamos bulling (estás in, o estás out). Todo queda “naturalizado”, y tu ingenio y tu voluntad se las arreglan para sobrevivir, o para suicidarse, en ese eje del mal con el que tienes que convivir para soportar una existencia de barbaries innecesarias y batallas de patio de colegio. Un rosario de sinsabores que acompañan toda tu vida hasta que en la residencia de ancianos, donde vas a morir y donde pensabas que los agravios habían terminado, todavía se muestran las clases sociales, el abuso generacional o la magnitud de los defectos físicos que acompañan la crueldad hasta el final de tus días. Condición humana, dicen.

Lo que resulta más inesperado, menos moral y, diríamos, sorprendentemente científico, es que te enseñen en las clases de física y química a despreciar los decimales. En el cole, en aritmética, primero te enseñan que los decimales son unos números un tanto complicados que hacen que las sólidas cifras enteras, las de una pieza, alcancen una extrema popularidad, es fácil bailar con ellas. Los números decimales son menos aplaudidos, son enteros pero con “cola”, números enteros que se siguen de una coma y de una enorme ristra de dígitos que parece no tener fin y representa la parte fraccionaria, traicionera y poco bailable. Luego en geometría te enseñan que algunos de ellos gozan de gran reputación. “π” es uno de esos renombrados números infinitos e irracionales que sin embargo sirve para calcular con precisión inaudita circunferencias, círculos y otras cosas importantes. Por tanto, después del primer mal trago, lo que te dicen en la escuela es que no puedes vivir sin los decimales, ¡la rueda!; pero luego llegan los profes de física o química y te comentan que bueno, que tampoco hay que ser tan precisos, que los decimales a veces arruinan o empantanan un buen experimento y que en ocasiones es bueno despreciarlos; redondeamos entonces la cifra por arriba o por abajo para que la cosa quede más fácil, más práctica aunque menos exacta, menos justa. Y salvo que te dediques a eso de la ciencia o de la ingeniería, te quedas con esa coplilla simplificadora mucho más agradecida que la del fárrago decimal y tu vida la haces cuadrar con números enteros; nada de gama de grises: o blanco o negro. El mundo o es entero o no es, al menos en la contabilidad económica o sentimental del día a día. Y aunque se dice que el diablo está en los detalles, hay detalles, matices, que no queremos escudriñar porque lo complican todo. De modo que simplificamos el mundo de manera binaria: casado o soltero, rica o pobre, bueno o malo, culta o inculto, fiel o infiel, homo o hetero, y cuando empiezan los mayores líos (sexuales LGTBI, o filosóficos, o cuánticos, o artísticos, o económicos, o psicológicos, etc.) muchos comienzan a exclamar que este mundo se ha vuelto loco y que la naturaleza y el sentido común lo vienen diciendo desde el principio de los tiempos: o macho o hembra, o fuerte o débil, o grande o pequeño, o sí o no, o tuyo o mío, etc. De eso se nutre el totalitarismo. Y siguiendo ese rastro binario, hasta en la política menos primitiva nos ocurre lo mismo: o de izquierdas o de derechas, o estos o los otros; el inquieto e inquietante centro político o las sutiles preferencias sexuales son algo informe y veleidoso que nos dejan en ascuas, que nos desarreglan los sentidos más que el bueno de Rimbaud, el venerado poeta bisexual que por cierto dejó la poesía y la pobreza para hacerse rico con el tráfico de armas en el África negra (todo un ejemplo de complejidad vital y extraordinarios matices).

Aquí, mucho más cerca y recientemente, acabamos de tener entre tres y cuatro procesos electorales, la sangre de las heridas aún está fresca y los ojos rezuman lágrimas que rellenan de angustia las cuentas corrientes de los que se han quedado fuera. Y en todos esos combates, como es costumbre, se practica el recuento de números enteros (1) o cadáveres (0). Los sumatorios de esos dígitos se manifiestan luego como gobiernos centrales, autonómicos y locales gracias a una aritmética que desprecia el matiz como en el cole despreciábamos a los decimales. Y entonces nos hacen creer que nuestro voto, unido al del resto de conciudadanos, decide cuál ha de ser la guía que nos conducirá durante los próximos cuatro años. Luego, los electos hacen sus cábalas y sus trueques y tú te quedas con cara de pasmarote porque no entiendes muy bien sus cambalaches y empiezas a pensar que esto no funciona y que este sistema convierte tu sufragio en algo prácticamente irrelevante (más allá aún de la Ley D’Hondt).

Así estaba yo el otro día sentado frente al televisor en duermevela, mientras se iban revelando los escrutinios, cuando por azar o por necesidad me acordé de los decimales del cole. En ese momento, se me vino a la mente soñolienta que cuando los ingenieros de la inteligencia artificial (IA) quieren producir un modelo que les sirva para imitar la inteligencia y complejidad del cerebro humano, echan mano de decimales, fracciones o porcentajes y no solo de los números enteros. Lo que llaman redes neuronales trabajan no solo con sistemas de sí o no, de 1 ó 0. Estos mecanismos atribuyen a cada cifra lo que llaman un “peso”, algo así como un porcentaje o un valor añadido. Por ejemplo, y traspasándolo al sentido amoroso, podríamos decirle a nuestra pareja en un arrebato de honestidad cuando te pregunta por tus sentimientos: “Te quiero al 78%, pero fulanito o fulanita me pone al 22%”. Así parece trabajar nuestro cerebro, y ese es uno de los fundamentos de la ahora tan aireada, traída y llevada, IA. Recordando esos incipientes conocimientos de antiguos estudios en la universidad fue cuando mi cerebro, que es tan flexible y tan plástico como otro cualquiera y que está sometido a la lógica decimal mucho más de lo que me gustaría creer, comenzó a darse cuenta de que un cierto flirteo con el voto decimal o fraccionario quizás fuese mucho más justo que lo que tenemos ahora: una ley electoral que nos deja a electores y electos un tanto insatisfechos y arrebatados.

Ante el solucionismo tecnológico que intenta resolver artificialmente todos los problemas humanos (incluso los más íntimos, emocionales, éticos, de inclinación de gusto, etc.) o la Singularity University que entre otras cosas persigue con denuedo, desde Silicon Valley hasta Tel Aviv pasando por Sevilla, adelantar la era de la inmortalidad humana y ponerla a la vuelta de la esquina, yo solo me atrevo a pensar que para la actual tecnología (sin necesidad de tanta vanguardia ni tantas pretensiones) no sería complicado aportar alguna solución sencilla a nuestros dilemas electivos y hacernos el favor de no tener que quedar reducidos a un 1 o a un 0; es decir, dar con una tecnología al alcance de nuestra actualidad que nos permita sentirnos ciudadanos protagonistas de cierta complejidad política y democrática y no mero material de atrezzo.

Supongamos que en principio soy carne de Podemos, que hay bastantes cosas que me interesan de ese partido “partido”, pero que al mismo tiempo soy consciente de que no me interesa todo de él, que hay algo en Ciudadanos o en el PSOE o en el PACMA que también me interesa. El sistema actual me obliga a jugar al rojo o al negro, como en la ruleta; tengo que depositar toda mi fortuna o confianza en una sola casilla. Es decir, es todo binario y sigue el principio de no contradicción y del tercero excluido. Si voto A, no puedo conceder nada al resto: si A es 1, el resto es 0, (todos los “no A” obligatoriamente dejan de pertenecer a mi horizonte de posibilidades electivas). No puedo votar, digamos, un 70% a Podemos y un 30% al PACMA, por ejemplo. Mi decisión tiene que ser única y muy estrecha, cuando además ni siquiera las listas son abiertas (por mucho que pongan en las papeletas el nombre de los candidatos, nunca he sabido con qué fin) ni hay segundas vueltas ni nada de nada; por cierto que las segundas vueltas que se dan en otros países son doble y brutalmente binarias.

Cuando introduzco la papeleta en la urna, mi voto solo sirve para continuar simplificando el mundo que contribuyo a dejar a mis hijos. Pero podríamos imaginar, tecnología y vocación tecnológica hay de sobra por todos lados, un modelo en el que al inveterado sistema de partidos le quede mucho más claro no solo quién ha obtenido más votos sino cómo es el panorama político que señalan los ciudadanos. Que como excepción o regla pueda darse el caso de que haya personas que excluyan de su agenda votar fraccionadamente, es algo inobjetable; están en su derecho de jugar al par o impar o al rojo o al negro. Pero ¿qué pasa con todos aquellos que preferirían matizar su voto y explicar mejor sus preferencias para que sociólogos, estadísticos, politólogos y sobre todo políticos pudiesen hacerse una idea mucho más clara del país en el que vivimos obteniendo una imagen demoscópica mucho más precisa y así poder actuar en consecuencia?

Si despreciar, en el cole o en la residencia de ancianos, es absolutamente despreciable (inteligencia emocional tendente a cero que impide ver y valorar al ser humano en todas sus dimensiones), en una sociedad que se quiera madura y respetuosa con la multidimensionalidad de sus ciudadanos, también es de mal talante desatender las preferencias más singulares a la hora de votar. Los matices merecen un respeto. Sin embargo, estoy seguro de que esta reflexión no llegará a buen puerto. La batalla política tal y como se presenta en nuestras democracias mediales fuerza a los contendientes a ser simples, binarios (“conmigo o contra mí”), por eso militan en partidos y actúan como si fuesen pandilleros que esgrimen eslóganes y consignas rehuyendo la autocrítica y la negociación genuina. Esto les lleva a simplificar o a disolver los problemas construyendo discursos falaces mil veces más retorcidos e ineficaces que esta especulación que aquí presento. Pero fue viendo la tele, medio mareado por pactómetros y gobernómetros, que me acordé de mis queridos y despreciados decimales. Todo ha sido un sueño que me ha pillado con el ordenador encendido y el teclado disponible para dejarme llevar por sutilezas digitales, por la posibilidad entrevista de una cierta inteligencia electoral que difícilmente tendrá lugar entre las toscas y sofisticadamente crueles directivas de este mundo. Como sigamos así, tendremos que imitar la inteligencia artificial con la inteligencia natural de nuestros cerebros.