Opinion · Otras miradas

Desde Franco hasta Franco

Lunes 16 de abril de 2018, hace hoy poco más de un año. El general de división Juan Chicharro Ortega publica su Carta de presentación como nuevo Presidente Ejecutivo de la Fundación Francisco Franco (FNFF).

Se lee:

«Asumo el reto presente con la mirada en el inmediato futuro pero desde el respeto a nuestro pasado y a lo que significó la obra de un hombre como Francisco Franco, un hombre hoy atacado con saña por los mismos enemigos a los que derrotó en la guerra, y en la paz, y olvidado por una sociedad relativista que tanto le debe.

España es hoy lo que es gracias a la inmensa labor social de un dirigente como Franco que logró la mayor transformación histórica que nuestra nación haya experimentado nunca».

Y añade algo que podríamos llamar la yema del huevo:

«El actual sistema democrático no tiene otra legalidad y legitimidad que la procedente del Régimen de Franco y fueron los cambios sociales y económicos ocurridos entonces los que han posibilitado el sistema político presente».

Cualquier demócrata podría echarse las manos a la cabeza. Cualquier demócrata de cualquier país democrático excepto de España. Básicamente porque Chicharro puede publicar su loa al dictador fascista sin incurrir en ningún tipo de ilegalidad o falta. Pero, sobre todo, porque el general podría incluso argumentar este último párrafo sin caer en demasiadas inexactitudes.

 

Martes 22 de julio de 1969. El príncipe Juan Carlos realiza ante las Cortes españolas su juramento como sucesor de Franco. Lo hace “En nombre de Dios y sobre los santos evangelios”:

«Juro lealtad al jefe del Estado y fidelidad a los principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del reino».

Y añade, provocando los encendidos aplausos de toda la pomada política franquista que ocupa los asientos de las Cortes:

«Quiero expresar en primer lugar, que recibo de su excelencia el jefe del Estado, el generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936».

Dicho esto, se vuelve hacia el dictador Francisco Franco, que permanece en su trono como un viejo buitrecillo menudo:

«Mi general, desde que comencé mi aprendizaje en el servicio a la patria, me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que mi pulso no temblará para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los principios y leyes que acabo de jurar».

Sólo seis años antes, el 20 de abril de 1963, el régimen había fusilado al líder comunista Julián Grimau. El 17 de agosto del mismo año, Joaquín Delgado y Francisco Granados recibieron garrote vil.

Sábado, 22 de noviembre de 1975. El rey Juan Carlos I jura como Jefe del Estado español. Será durante 38 años, desde de noviembre de 1975 hasta el junio de 2014 rey de España, su jefe de Estado y el Capitán General de todos los ejércitos.

Sólo dos meses antes, el 27 de septiembre de ese mismo 1975, el régimen acababa de fusilar a cinco jóvenes. En Barcelona, a Juan Paredes Manot (21 años); en Burgos, a Ángel Otaegui (33 años); en Hoyo de Manzanares (Madrid), a José Luis Sánchez Bravo (22 años), Ramón García Sanz (27 años) y José Humberto Baena Alonso (24 años). Y un año atrás, el 2 de marzo del 74, Salvador Puig Antich recibía garrote vil en Barcelona. Tenía 25 años. Ese mismo día y siguiendo el mismo método, ejecutaron en Tarragona a Georg Michael Welzel, Heinz Chez.

O sea que, ya nombrado Juan Carlos sucesor de Franco, habiendo jurado lealtades etcétera, el régimen al que pertenecía ejecutó a siete jóvenes sin que al ahora emérito se le moviera una ceja. Desde el Papa Pablo VI hasta el primer ministro sueco, Olof Palme, pidieron clemencia al dictador ante las ejecuciones. Los asesinatos levantaron una enorme oleada de protestas de la comunidad internacional, conmocionada ante la atrocidad. El presidente de México, Luis Echeverría, llegó a pedir al secretario general de las Naciones Unidas que suspendiera la pertenencia de España a la ONU y una docena de embajadores en España fueron llamados a consultas y abandonaron Madrid.

El 1 de octubre, el régimen franquista organizó una “manifestación espontánea” en la plaza de Oriente. Allí, Franco pronunció una de las frases que quedó para la historia de la infamia: “Todo lo que en España y Europa se ha armado obedece a una conspiración masónico-izquierdista, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece”. Junto al dictador, en el balcón, ante los adeptos al crimen, estaba Juan Carlos.

El sábado 22 de noviembre, muerto el tirano, Juan Carlos volvió a jurar “por Dios y ante los santos evangelios” ante las Cortes españolas, esta vez su proclamación como Rey de España:

«Juro por Dios y ante los santos evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del reino y guardar lealtad a los principios que informan el movimiento nacional».

Todos ellos, el ya rey Juan Carlos I y todos los miembros de las Cortes gritaron el Viva España “desde la emoción del recuerdo a Franco”.

Lunes 27 de noviembre de 1978. El rey Juan Carlos I besa al dictador Videla. Se podría aducir, desde la iniquidad, que todo lo narrado anteriormente conforma una sarta de trámites imprescindibles de cara a algo llamado Transición. Sin embargo, tres años después de su nombramiento, y quién sabe si para celebrarlo, el 26 de noviembre de 1978, el monarca español viajó hasta Argentina para ser condecorado por otro dictador, el criminal Rafael Videla, cuyo régimen era ya conocido en el mundo entero por sus atrocidades.

Entre aquellos días 26 y 27 de noviembre los sicarios de Videla desaparecieron, que se sepa, a Alfredo Antonio Giorgi, Calos Santiago Mires, Hernando (Tito) Deria, Gertrudis Marta (Lucy) Laczik de Poblete, Hugo Alberto Merolo, Claudia Victoria Poblete Hlaczik, Jose Liborio (Pepe) Poblete Roa y Marta Inés Vaccaro de Deria. Huelga explicar el destino de los desaparecidos.

Podríamos llamarlo afición. O reafirmación.

Hoy. Pero volvamos al reciente 16 de abril de 2018, hace poco más de un año, al momento en el que el general de división Juan Chicharro Ortega publica su Carta de presentación como nuevo Presidente Ejecutivo de la Fundación Francisco Franco (FNFF).

¿De dónde procede el septuagenario personaje que se hace cargo del legado de Francisco Franco, de la defensa de su memoria y de la difusión de sus actos? Pues exactamente de la Zarzuela. El que podríamos considerar franquista mayor del reino ha ejercido hasta la abdicación de Juan Carlos I como su ayudante de campo. O sea, que ha trabajado como asistente permanente del rey emérito, dispuesto a su servicio las 24 horas del día. Asistente también de la reina Sofía y de sus hijos y consortes. O sea, de los actuales Felipe VI y Letizia. Y de ahí, de nuevo, al lugar del que todo esto procede: una sentina llamada Francisco Franco.

Cabe aquí recuperar, pues, el párrafo aquel de la carta de presentación de Chicharro:

«El actual sistema democrático no tiene otra legalidad y legitimidad que la procedente del Régimen de Franco y fueron los cambios sociales y económicos ocurridos entonces los que han posibilitado el sistema político presente».