Opinión · Otras miradas

Nerón y Trump. La maldición ‘Urbi et Orbi’

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga y autor de ‘El rizoma y la esponja’ (Ed. Melusina)

En la bendición papal Urbi significa ‘a Roma’ y Orbi ‘al Mundo’; es una bendición a la ciudad y al mundo enunciada como centro de poder que desde el balcón de los aposentos del Sumo Pontífice irradia en todas direcciones, y resulta válida incluso si es recibida por televisión (supongo que por internet también), ya que por milagro divino se engancha a todas las frecuencias y hercios aumentando la velocidad y la difusión para penetrar cualquier rincón del planeta. Llego por comparación antinómica de la bendición a la maldición de forma un tanto directa; y asocio a Nerón con Trump por cierta similitud en sus actitudes aparentes y en el contenido de sus acciones: se dice que Nerón quemó gran parte de Roma (Urbi) y se espera que Trump contribuya grandemente, ya lo está haciendo con enorme celeridad y competencia, a que el planeta (Orbi) quede reducido a cenizas.

La mezcla de rigurosa historiografía y de leyendas sobre Nerón, provenientes de Tácito, Plinio el Viejo y otros coetáneos del emperador, como Séneca y muchos más, convierte en tan dudosos, manipulados y contradictorios los acontecimientos de la época que uno termina por no saber qué ocurrió realmente; la lejanía temporal, la escasez de fuentes y la falta de fiabilidad deja a nuestro arbitrio elegir entre el negligente, ridículo y despiadado sátrapa o el emperador diligente preocupado por la población de quien dicen que abrió su palacio para que todos se pudieran poner a resguardo del colosal incendio de la ciudad. De todos modos, y se mire casi por donde se mire, su buena fama no le precede o, al menos y por decirlo suavemente, no está consensuada. Uno lee historia, artículos serios o ve películas y la balanza termina inclinándose claramente hacia el lado de lo peor. En la película Quo vadis, por ejemplo, en la que un Nerón interpretado por Peter Ustinov adquiere un cierto protagonismo, el tirano no sale demasiado bien parado. Además de en esta ficción, a este soberano se le suele mostrar en otros documentos como asesino de su madre Agripina y su hermanastro Británico, y tocando la lira mientras la Roma imperial sufría la inicial devastación de las llamas en la noche del 18 de julio del año 64 que luego se prolongaría durante cinco o seis días acabando con varios distritos de la ciudad. Esa es la imagen que solemos tener de él. Nerón, sean ciertos o inciertos los hechos y actitudes que se le atribuyen, representa sintéticamente en nuestro imaginario (incluso más eficazmente que el degenerado e incestuoso Calígula del que tenemos una imagen de maldad más privada) la monstruosidad de un emperador ejerciendo su poder absoluto. Alguien que caprichosamente y durante un arrebato lírico creativo hizo que su pueblo padeciera sufrimientos innecesarios y persiguiese a la incipiente secta de los cristianos hasta crucificar a un gran número de seguidores del mesías con el pretexto, o la calumnia, de que fueron ellos quienes incendiaron Roma. Vaya usted a saber, las fake news, a pesar de los snobs de siempre, tienen tanto tiempo como el ser humano sobre la faz de la Tierra.

De todos modos, a Nerón lo imaginamos como una suerte de histrión enloquecido, un niño malcriado y melodramático, emperador con 16 abriles, que después de unos años de gobierno razonable, asesorado por Séneca y Burro, comienza a desembarazarse de consejeros, a delirar y a convertirse en eso que todos y todas tenemos en mente. Le vemos hacer arder una ciudad como la Roma del 64 en un acto de crueldad y de locura de tal magnitud que es difícil encontrar otra exégesis lógica más allá de aquella que han ofrecido algunos historiadores. Esa explicación consiste en que el emperador necesitaba sitio (unas 50 hectáreas se ha calculado) para edificar la Domus Aurea (la casa de oro); y así lo hizo, consiguió construirla sobre el espacio dejado por el incendio. La Domus al parecer fue una inmensa edificación palaciega dorada y extravagante, demasiado incluso para un palacio pretencioso, a mayor gloria de la figura y memoria de su promotor. Dicen que sus sucesores desmantelaron la dorada casa para obtener materiales con los que erigir, entre otros, el Coliseo, iniciado por Vespasiano unos años más tarde.

En cualquier caso, sean ciertas o inciertas las diversas interpretaciones que de Nerón se hayan producido, lo que sí resulta incontestable es que más que probablemente, y en el sentido que sea, el personaje ha podido con la persona real, incluso mucho más allá de su afamada y certificada vocación escénica. Y esto puede haber sido debido a la propia voluntad del emperador o a pesar de él. Y por tanto, y aunque sea una antigua falsa noticia, para todos nosotros: Nerón quemó Roma.

Vamos ahora con el otro, no tan precoz en el acceso al poder pero igualmente inigualable. Trump. Donald Trump, creció económicamente al cobijo de su padre y fue formado en los espaciosos edificios y zonas verdes llenas de ardillas de la Wharton School of Business, Universidad de Pensilvania, ciudad de Filadelfia, donde son criados muchos de los cachorros del neoliberalismo que luego hacen de las suyas en el no tan lejano Wall Street. Confieso que desconozco si su tupé flamígero es responsable de lo que ocurre en el interior de su cráneo, eso que algún optimista querría definir como cerebro humano. Es decir, no sé si su aspecto encendido e incendiario (el rostro saturado de carotenos y el cabello ondeante y dorado) influye en su voluntad de devastar todo el planeta. A veces lo imagino como un fósforo prendido o más bien como una fofa antorcha incendiaria. El abandono de los Estados Unidos de Norteamérica del Acuerdo de París respecto al cambio climático y al calentamiento global hacen de este personaje un pirómano a escala global. EEUU es el único país que se salta el acuerdo, reniega de él y se muestra absolutamente insensible a lo que toda la comunidad científica y humana pone sobre la mesa. Así que mientras la globalización del comercio y del tránsito libre de personas queda arrinconada por el ultranacionalismo de su ‘America first’, parece que las ganas de hacer arder hasta el último rincón del planeta está en su punto de mira. Trump, el fosforito norteamericano, está resultando un  globalizador del fuego al que no le faltan cómplices; aquí no hay proteccionismos que valgan. Puestos a quemar y a mandar, el nuevo emperador mundial, pretende quemar más que nadie, faltaría más.

Este gran jefe americano, el dueño del crematorio, no resulta tan difícil de juzgar para nosotros como el romano; aquí estamos en tiempo real, somos desgraciadamente coetáneos del patán mentiroso, ofensivo, desinformado, xenófobo, machista, corrupto, memo, etc. Él acusa a todo el mundo, especialmente a la prensa, de fabricar fake news en su contra para dañar su imagen mientras ataca o contrataca, como se decía de Nerón, con sus propias mentiras y con su equipo de compañía utilizando sofisticados programas de big data para mandar a golpe de tweet. Y en su intención de quemar el planeta ha enviado avanzadillas para ir achicharrando resistencias como la europea haciendo saltar chispas en el asunto del Brexit. Él y su examigo y exconsejero Steve Bannon están incendiando moralmente Europa, aún más de lo que ya lo estaba, con una ultraderecha catalizadora para que cuando llegue el verdadero fuego final no quede ni un solo bombero sobre el resto la Tierra; o, visto de otro modo, que solo quede una legión del norteamericano fireman que librará al Imperio de todo mal y restaurará el gran orden a nivel planetario. Ficciones o realidades aparte, hay que reconocer que Donald Trump es un gran especialista en combustibles, y como incendiario no tiene precio: derrama la gasolina de Venezuela, México e Irán, y la vierte e incendia donde puede.

La maldición Urbi et Orbi está siendo consumada ante nuestras narices, que ya huelen a chamusquina, y hay poco más que decir. El lejano ejemplo de Nerón sigue activo, las megalomanías y crueldades no han pasado a la historia, ni siquiera después del brutal ejemplo del Führer. Las tiranías siguen activas (no hago la lista porque el artículo resultaría interminable), y ahora la América más profunda e indocumentada, o la más cínica, el nuevo imperio romano del otro lado del Atlántico, está generando su propio estilo tiránico de forma más explícita que nunca (más allá de Vietnam, Irak, Afganistán, Panamá, Granada, Corea, etc.). Esta maldición no se enunció desde ningún balcón papal, y se generó al revés que Nerón lo hizo; primero se construyó la Domus Aurea de Trump, ese ático dorado, profundamente hortera, que se eleva en la Torre que ocupa el 725 de la Quinta avenida; desde allí su mensaje salvífico y maléfico se extendió como la pólvora por internet calentando las seseras de los americanos bien pensantes de espíritu patrio y arma al cinto. La Pax Romana y la Pax Americana, ambas armadas hasta los dientes, se han comparado en no pocas ocasiones.

Nerón y Trump. El romano, muchas veces acusado de populista, fue obligado a suicidarse y lo hizo con la ayuda de un sirviente después de que por sus manifiestas incompetencias y excentricidades para llevar un buen gobierno fuese depuesto por el senado imponiendo a Galba como nuevo emperador; una suerte de ‘impeachment’ (destitución) de la época. Para el garrulo y soez americano, el mayor de los populistas, no deseo la muerte, solo espero que le llegue su hora política mediante el ‘impeachment’. O que en las próximas elecciones los votantes norteamericanos de corte imperialista dejen de soñar con un melodramático y absurdo emperador que toca el tweet en lugar de la lira y ondea su incendiario tupé bajo los helicópteros presidenciales mientras aúllan de dolor los que han de traspasar fronteras huyendo de la miseria o la persecución, los que han de cuidar del clima o de cuantos valores naturales y éticos se están conculcando y que tantos esfuerzos y sacrificios han costado elaborar y mantener.

Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero en este caso me resultan odiosos los elementos comparados.