Opinion · Otras miradas

Yo, una vez, tuve seis años

Una nunca sabe por dónde empezar para poder escribir sobre ‘esto’. Una no sabe, ni siquiera, por qué necesita hablar de sí misma en tercera persona para poder comenzar, por qué tiene que forzarse constantemente para poder decir yo, a mí. Una no sabe por dónde comenzar porque no hay una fecha exacta a partir de la cual ‘esto‘ comienza y porque no va a haber un momento en el cual se acabe. No hay un antes ni un después. Hay un vivir con ‘esto’, un intentar habitar con ‘esto‘, una vez constatado, tras una guerra sin cuartel tan inútil como inevitable, que no va a desaparecer. ‘Esto‘ se resume en la siguiente frase: mi abuelo abusaba sexualmente de mí cuando era pequeña. Eso es todo lo que, aún hoy, puedo decir en voz alta. He trabajado mucho para poder habérmelas con ello. He tenido mucha suerte de que (casi) siempre la batalla la haya ganado aquello que amo, de que (casi) siempre haya podido imponerse lo bello, lo bueno, la verdad. He tenido el privilegio de haber aprendido a pensar, a amar, a cuidar, gracias a mucha gente maravillosa y buena. He aprendido a luchar por la alegría, porque sin alegría es muy difícil vivir y es muy fácil hundirse. He aprendido a vivir con dolor y a que ‘esto’ no determine lo que soy. El casi entre paréntesis es un intento de suicidio. Y eso es todo lo que por ahora puedo escribir acerca de ‘esto’.

Cada vez que veo en las noticias casos de abusos sexuales en la infancia, no puedo evitar pensar en las vidas de todas esas niñas y niños, en si podrán, y cómo, superarlo, en si podrán habérselas con ello. Pienso si tendrán la suerte de contar con gente bonita que los quiera y los apoye, con entornos que los cuiden, que los crean, que los amen. Pienso si tendrán fuerza y alegría suficiente para luchar por que se imponga lo bello y lo bueno y para que los monstruos que no cejan en la lucha por arrastrarnos no nos ganen la batalla.

Yo tenía seis años, luego siete, ocho, nueve. Yo no pude contarlo. A nadie. Nunca. Conmigo, el pacto de silencio y todo lo que implica, funcionó. Hasta los treinta y cinco, cuando mi hija mayor cumplió los seis años y el mundo se me derrumbó encima. Curiosamente, el detonante que me llevó a enfrentarme con ‘esto‘ y a iniciar la terapia, fue el pavor inmenso que yo sentía de que algo así pudiera ocurrirle a mi hija y a mi hijo sin que yo me diera cuenta, que ellos no me lo pudieran contar, que yo no pudiera protegerlos, que no pudiera ayudarlos. Y hoy, cuando leo de nuevo las noticias, no puedo evitar pensar qué hubiera ocurrido si yo sí le hubiera contado a mi madre lo que me hacía su padre. No después, a los treinta y cinco, cuando su padre ya había muerto y ella no se lo podía creer. No después, cuando yo ya era una mujer adulta, con voz y con criterio para decir, argumentar y explicar, sino a los seis años, a los siete, a los ocho, a los nueve. Yo no sé si me habría creído, no sé si me habría apoyado, no sé si habría hecho todo lo posible por ponerme a salvo, cualquier cosa, enfrentarse a su padre, a su familia, a ella misma, a la vergüenza, a todos aquellos que le dijeran que eso era imposible, que me lo estaría inventando, que cómo iba a permitir que eso se supiera. No sé si habría tenido las condiciones, la fuerza y el apoyo necesario incluso para, llegado el caso, desobedecer leyes injustas, las escritas y no escritas, con tal de protegerme. Aún hoy no lo sé, y sé que objetivamente, a nadie se le puede exigir que pueda hacer algo así. Pero lo que sí sé con certeza, es que eso es lo que se les exige una y otra vez a aquellas madres que deciden seguir adelante y proteger a sus hijas e hijos. Y lo que sé también con seguridad es que yo, con seis años, habría querido y necesitado con todas mis fuerzas una madre y una familia que fuera capaz de hacer eso, de ponerme sencillamente a salvo, porque quizá entonces el pacto de silencio no habría podido seguir funcionado. Cierto que eso no habría evitado los abusos, pero quizá sí su prolongación en el tiempo, quizá hubiera podido minimizar los daños, las secuelas, el miedo, el dolor.

Por eso, cada vez que leo en las noticias los casos de niñas y niños que sufren abusos sexuales, cada vez que leo las campañas de criminalización injustificada e indiscriminada hacia las madres que intentan protegerlos, tengo la necesidad urgente de alzar la voz para exigir un sistema de garantías legales que haga todo lo posible por protegernos, para luchar por un entorno social y judicial que no cuestione constantemente nuestra voz, nuestra lucidez y nuestra honestidad. Un sistema y un entorno que verdaderamente nos cuide y que cuide de las madres que se enfrentan a los monstruos por nosotros, que no las obligue a enfrentarse a todo, al mundo, a los otros y a las leyes, para poder cuidar y proteger a sus hijas e hijos. Porque mientras el descrédito recaiga siempre del lado de las víctimas y de quienes intentan protegerlas, los abusadores seguirán creyéndose impunes y campando a sus anchas, y eso sólo perpetúa aquello con lo que precisamente queremos terminar.