Opinion · Otras miradas

Rivera se queda sin gancho sexual

José Ángel Hidalgo

Funcionario de prisiones, escritor y periodista

Para comprender la última jugada de Rivera en toda su crudeza es imprescindible acudir, cómo no, a La Cartuja de Parma, el manual de política más brillante jamás escrito, a excepción, quizás, de los amores tragicómicos de Calixto y Melibea, del genial Fernando de Rojas.

Porque las leyes que rigen la política y la sexualidad son una misma cosa, y hay quien dice que también las de la guerra, que no sería sino la consecución de la cópula (la política) por otros cauces más expeditivos.

Así, en la obra de Stendhal el poderoso conde Mosca, primer ministro de Parma, asalta a la bella condesa (viuda), con una propuesta sexual que contiene tres “planes de conducta” que ya quisiera haber firmado Rivera en su repentino cerco a Pedro Sánchez. Pero claro, Rivera ni por asomo tiene la inteligencia de Mosca: éste posee un sentido privilegiado del tiempo (y del tono) en cada maniobra política que acomete, algo de lo que el líder de Ciudadanos carece por completo, como muy bien quedó demostrado ayer.

El escritor Henri Beyle, más conocido por su seudónimo Stendhal.

El escritor Henri Beyle, más conocido por su seudónimo Stendhal.Observamos que las propuestas del conde Mosca no tienen nada de la urgencia del amor romántico, y mucho, sí, de la cercanía de la edad madura que atosiga y no deja tranquilo al poderoso intrigante, que sabe que su futuro pende siempre del cálculo de otros agentes tan criminales o más que él.

Mosca, que se mueve con genio y prudencia en todas las intrigas, ve en la condesa la mujer perfecta para abonarse a un otoño vital donde disfrutarán juntos de un retiro lleno de lujo y gloria.

De los tres planes con que la quiere seducir, el bueno en realidad es el tercero: ahí despliega toda su inteligencia política que es un compendio de conducta sexual: le propone a la viuda buscarle un buen matrimonio, un marido viejo y consentidor, ante el que podrán amarse sin hipocresías banales: un marido que sin duda saldrá de Parma a cambio de una condecoración de Estado que él se apresurará a gestionar.

La condesa, que intuye la bondad de la tercera, no deja de exclamar “¡pero lo que usted me propone es una inmoralidad!”, justo la respuesta que esperaba Mosca: ahora sabe con certeza que ella acepta su plan: lo ha llevado al éxito al insuflarle de un irresistible ‘sexapil’, exponiéndolo con el tiempo, contenido y tono precisos.

¿Qué ha pasado sin embargo con la propuesta de Rivera para cercar eróticamente a Sánchez?

Atosigado por dimisiones dolorosas, encuestas torcidas y un injustísimo fuego amigo, el líder de Ciudadanos teme desde hace semanas levantar el teléfono porque sabe que estas alturas no tiene ni pizca de contentos a los que le arrojaran a las sucias aguas de la política (lo arrojaron, es verdad, con la falta de escrúpulo zoológico de quien suelta un hipopótamo en el Manzanares).

En efecto, este ensayista del amor galante, ha sorprendido a su amada con un avance sentimental repentino e intolerable por haberle dado antes una y otra vez de calabazas, una maniobra a todas luces carente de oportunidad y menos aún, de sexapil.

Ante la carencia de tacto erótico, y la perentoriedad casi adolescente de este avance de Rivera, quizás la condesa hubiera contestado con sincera indignación, “¡pero lo que usted me propone es una estupidez!”.

Esa sería la respuesta de la hermosa viuda, pero Sánchez, ¿qué respuesta nos ha dado? ¿Lo que Rivera le ha propuesto le resulta algo estúpido o bien algo inmoral?

Así no se trata a una condesa, desde luego, pero el líder socialista  no ha mostrado indignación, ni ha descalificado el giro sentimental de Rivera como un repente irreflexivo, o tontuna, que es lo que es. Y esa falta de mordacidad de Sánchez en la respuesta, ¿no será por algo?

Al buscar orden en estos líos de patio de monipodio con la lectura de mi manual político de cabecera, me ha quedado esta mañana muy claro tanto que Rivera carece por completo del gancho erótico del conde Mosca, como que en Pedro Sánchez no reconozco la voluptuosa perspicacia que atesora la bella condesa.

Todo lo cual no constituye poca ni mala información sobre los derroteros por venir de nuestra vida pública dada la calidad de sus agentes, pienso yo, y por eso mismo quizás deberíamos echarnos a temblar.

¡La cartuja de Parma, qué gran libro! ¡Iluminador!