Opinion · Otras miradas

La moda modesta y el hiyab

Javier López Astilleros

Documentalista y analista político

El uso del hiyab es un derecho básico que se ha de ejercer con libertad. En realidad, el pañuelo es solo un componente más de la “moda modesta”, un negocio valorado en 250.000 millones de dólares, ajeno a la veneración mariana. Marcas internacionales comercializan vestidos que complementan al velo, una prenda que parece que atenta contra el principio de transparencia liberal. Aún hoy, el cuerpo es el estandarte de las ideologías, mientras que las ropas son sus banderas. No existe el libre albedrío en sentido estricto, pues está ferozmente mediatizado por la publicidad y sus derivados. El vestido es un consenso estético que expresa la política sentimental de las cosas.

Todo comenzó hace décadas con la moda turca (tesettür). Las mujeres necesitaban un código vestimentario diferente, tras la llegada del consumo de masas en un medio urbano. Era natural el desarrollo de una estética diferente a la rural,  en un estado secular como el turco, que ostenta la primacía de un liderazgo ornamental que es mundial.

Reina Lewis en su muy interesante Muslim Fashion, señala que el dominio del inglés, más internet, hace partícipes a las musulmanas de una comunidad de fe enorme, con gustos y sentimientos parecidos. La moda islámica está poco representada en las revistas, sin embargo está muy expuesta al escrutinio de otros medios, que tienden a ver una imposición social y familiar en su uso. ¿Son tan fetiches los velos como los tacones?

En nuestro país la opinión sobre el hiyab causa controversia, salvo si quien lo lleva es una seija de la Costa del Sol, con su harem de primas y sirvientas ociosas.

Pero la moda modesta ayuda a superar un trauma, porque es moderna y ofrece una amplia gama de vestidos atractivos, que dulcifica la decisión de cubrirse durante el solsticio de verano. Por eso esta moda es importante en países como EEUU, Inglaterra o Canadá. El mercado es sagrado, y exculpa a las mujeres del flagelo del patriarca.

Sin embargo, en las sociedades donde la pluralidad étnico-religiosa es una parte importante del mercado laboral, pocos se cuestionan si el vestido está controlado por el hombre, ya que es no es probable. En realidad la pobreza, la escasez de medios, y la exclusión social, penalizan a las mujeres y a los niños, y los convierten en prole sospechosa.

Solo hay una cosa cierta: la imposición es lo único inaceptable. Legislar sobre el vestido es complejo, tanto como negar el derecho de las mujeres a cubrirse con un saco nazareno.

En realidad, la política del velo de Estado es residual, y tiene pocos valedores entre los 57 países de tradición islámica. Nikkie Keddie señala en Las raíces del Irán moderno, que Jomeini consideraba que el Estado islámico era más importante que la ley islámica. Y esa es la pista que hay que seguir. La imposición del velo por parte de los poderes públicos es algo residual, salvo en aquellos Estados donde pretenden instaurar una moral a través del vestido, fenómeno bien extraño, cuando en realidad el atuendo ha representado el estatus económico y social de un individuo.

Podemos establecer una división entre la libre voluntad, aunque dirigida por el libre mercado, y la voluntad cautiva, controlada por Estados situados en las cunetas del liberalismo. Hay países donde las leyes prohíben pasear en mini faldas, otros quitarse el pañuelo, e incluso bañarse en piscinas con un neopreno. Bien es cierto que no es lo mismo unos cientos de euros de multa, que unos infames años de cárcel. Pero desde una perspectiva teórica, a todos les une una moralidad sexualizada, tanto en su aspecto negativo como positivo. La clave está en contentar a un clero militante, mientras la élite disfruta del gozo del destape.

Pero el asunto del velo en Europa difiere por regla general del resto. Por ejemplo, en España su exhibición condena al paro. Se trata de un apartheid silencioso, practicado por muchas empresas con el derecho de libre admisión.

La realidad es que la moda modesta está bien integrada en el mercado, no lo contradice, lo anima, y participa activamente del consumo global. Presentar esta moda revestida de ética resistente a la modernidad es absurdo, porque es un generoso combustible de la compraventa.

La clave está en discriminar las regiones, países y regímenes políticos, para luego contextualizar que sucede en cada uno de estos lugares con el atuendo regulado por el poder político.