Opinion · Otras miradas

La liga de los tontos extraordinarios

Joaquín Ivars

PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA

La estupidez está al alcance de todos y todas. Cualquiera con un altísimo coeficiente intelectual de esos que establecen los psicólogos puede darse de bruces en cuestión de milésimas de segundos con su propia estulticia y quedar abocado a un desastre considerable que arrastre a propios y extraños a la miseria o a la debacle y que además le deje la vida destrozada para el resto de sus días; la historia grande y pequeña está llena de ejemplos, y la soberbia o la avaricia no suelen jugar un papel menor en estos casos.

Existe una serie de cómics titulada en original en inglés The League of Extraordinary Gentlemen publicada por primera vez en 1999 y de la que luego se hizo una versión fílmica en 2003 (traducida a las pantallas españolas como La liga de los hombres extraordinarios) que tuvo cierto éxito de taquilla y pésimos resultados en la crítica especializada. La trama en ambos casos, cómic y película, es protagonizada por una serie de conocidos personajes literarios que en una especie de Liga de la Justicia salvan al Imperio británico de las amenazas que sobre él se ciernen. Una locura de nombres de distintas épocas reunidos en un tiempo alternativo, ucrónico podríamos decir, y situado en el ambiente de la siempre tenebrosa Inglaterra victoriana cuyas fantasías dan lugar a una de esas pelis de acción que tanto gustan a los que disfrutan de ese género aunque el argumento sea de lo más insípido que alguien pueda tragar junto a un desbordante cubo de palomitas que te cuesta mucho más que la “obra maestra” que vas a ver.

De esos contenidos no voy a quedarme más que con la primera impresión que produce un título, como cuando te dicen que te presentan al “archiduque menganito”, por ejemplo, y al principio te deslumbra el boato y el relumbrón pero luego se apagan las luces en cuanto compruebas las que exhibe el susodicho. Así que simplemente retuerzo el título extravagante de la película en una paráfrasis que me sugiere algunos elementos de reflexión que podrían rozar el fuera de tono.

Está claro que entre humanos existen diferencias de habilidades, potencias, capacidades, etc. que llamamos mentales y que, de no manifestarse en grado tan extremadamente severo que impida un cierto desarrollo vital, no solemos describir en términos patológicos absolutamente incapacitantes. Muy al contrario, y gracias a valientes e incansables asociaciones y a profesionales cualificados y voluntariosos entregados hemos ido acercando con orgullo a la cotidianidad a estas personas con ciertas diferencias a través de excelentes programas de inclusión e integración. Personas que no solo nos manifiestan que todos y todas tenemos capacidades e incapacidades diversas sino que además nos ofrecen continuamente lecciones de otros tipos de inteligencia que humildemente deberíamos atender y de las que habríamos de aprender cada día de nuestras narcisistas existencias; inteligencias distintas que afortunadamente se alejan y ponen en cuestión los parámetros de “normalidad” que resultan de las simplificaciones que muestran los test al uso.

En este artículo no me refiero a estos asuntos clínicos, que de todas maneras creo que deberían ser atendidos con más recursos e información porque de no hacerlo e incrementarlos como se merecen, pueden dar lugar a un modo de exclusión o segregación; y además, egoístamente hablando, la marginación puede significar la pérdida irreparable de las aportaciones de otras inteligencias o afectarnos a cualquiera de nosotros en el momento más inesperado: baste un ictus, un golpe en la bañera o un accidente de tráfico para que el más pintado y listillo quede en manos del criterio de los demás porque sus facultades habituales, si es posible, tengan que ser progresivamente reemplazadas por otras de tanta o mayor validez que las que ostentaba previamente. Por tanto sugiero que no se juegue a la ligera con estos temas tan delicados. Pero eso, esa delicadeza frente a la literalidad de la vida descarnada, no supone que en tiempos de exasperante corrección política no podamos utilizar metáforas o el sarcasmo necesario respecto a las capacidades intelectivas de aquellos que dirigen los asuntos públicos en diferentes niveles de las cadenas de mando y servicio público que nos hemos dado en las democracias actuales.

Siguiendo ese rastro virulento y burlón hablo de una inesperada, insospechada, Liga de Tontos Extraordinarios que nos deja cada día con las mandíbulas desencajadas cuando vemos cómo se las gastan nuestros dirigentes tratando temas tan sensibles y vitales como el cambio climático, las pensiones, las desigualdades, etc. El listado lo tenemos todos en mente, así que para qué nombrar y describir. Siempre se ha dicho que la diferencia entre un tonto y un malo (insisto en que hablo de quienes hablo y no de aquellos que padecen verdaderos problemas cognoscitivos) es que los malos descansan mientras que a los tontos les es imposible cambiar su estatus aunque sea por unos segundos. Son tontos siempre, todo el tiempo, y eso también produce daños. O también se dice que la diferencia entre un tonto primordial y alguien inteligente es que este último hace tonterías a menudo pero el primero simplemente es así, no puede ni sabe hacer otra cosa.

Pues bien, parece que en lugar de una llamada del Imperio británico a una serie de prohombres que dan de sí lo mejor de sus habilidades y competencias para salvar los destinos de su país y del mundo en una feroz lucha contra el mal, nos encontramos en una suerte de conjunción histórica y planetaria que está reuniendo a los tipos y tipas más idiotas que se puedan encontrar en el planeta para regir nuestros designios en un relato que nos conduce a un abismo sin retorno. Y no digo que además de tontos no puedan ser también cínicos e incluso malvados, sino que sobre todo, y ahí radica su éxito, exhiben con arrogancia su incompetencia allí donde son elevados a las más altas cumbres por una especie, la humana, que parece que hace años empezó su decadencia hacia la brutalidad más extrema; resulta más que probable que el lóbulo frontal de la corteza de nuestros cerebros esté retrocediendo a etapas reptilianas de menor vigor intelectivo y sangre más fría.

Pero no hablo de narcotraficantes o de empresarios sin escrúpulos, de traficantes de armas, de personas o de órganos, ni hablo de aquellos que esquilman el planeta con incendios y deforestaciones por sacar las mejores tajadas que el capitalismo violento les puede proporcionar (como si pudiésemos o supiésemos imaginar un capitalismo “no violento”). Hablo de cargos públicos de mediano o gran formato –desde jefes de gobierno hasta alcaldes, mandos policiales, directores de museos, rectores y catedráticos, dirigentes de agencias de noticias o inspectores de hacienda, por ejemplo- que creemos que son seleccionados y pagados para luchar de un modo u otro, desde su correspondiente nivel de competencias, contra esos patógenos endémicos que terminarán, si nadie lo evita, expandiéndose por todo el planeta en forma de pandemias irreversibles.

Uno de los grandes problemas es que los tontos extraordinarios exhiben un tipo de memez atractiva para un sinnúmero de personas que, a fuerza de adoctrinamiento en series y pelis de ficción, creen que esto de la vida consiste en una especie de espectáculo que se acaba en las pantallas cuando interrumpes su emisión. Tramas que se vuelven a poner en marcha al día siguiente con esas musiquillas de thriller de segunda que exhiben ahora los telediarios para que sigamos con morbo el culebrón de turno, llámese: cambio climático, guerras fratricidas o comerciales, tensiones territoriales, pobrezas energéticas y hambrunas, campamentos de refugiados, recesiones inmediatas o genocidios a la vista de todo el mundo, etc. Entonces, parece que elegimos como representantes a tontos que nos resultan especiales porque su manera de ser tontos es “extraordinaria”, distinta… mmmm ¡sublime! De esos hablo. No son tontos de cualquier modo rutinario. Son excelentemente tontos, por eso todo esto solo es explicable si lucen originalmente, inigualablemente, insólitamente tontos. Son fuera de lo común porque su modo de ser imbéciles no tiene parangón; ni el suyo ni el de los equipos que les rodean, (que o son igualmente tontos o no se atreven a decir que el “rey” va desnudo). Los demás somos tontos del montón, eso es lo que está a nuestro alcance, y por eso cuando los elegimos a ellos, a los extraordinarios para que representen sus papeles protagonistas, podríamos preguntarnos en algún acceso de lucidez cuál es el rol que jugamos en este juego tan criminal como suicida.

Algunos científicos decían, proponían, que el universo alcanzará un momento en el que el orden será tan grande tan desmesurado, tan grandioso, como el caos entrópico, el desorden, que se haya creado. O por decirlo de otro modo, que el universo devendrá en algún instante plenamente inteligente. Es posible que así sea, pobre de mí, no seré yo quien contradiga las previsiones de semejantes coeficientes intelectuales; pero probablemente, y según lo dicho y entrevisto, en ese infinito y lejanísimo milisegundo que ha de llegar, el universo será también plena y absolutamente tonto. En ese fatídico momento, los sucesivos linajes de la Liga de los Tontos Extraordinarios (miremos en derredor) podrán jactarse de haber cumplido plenamente su cometido, y todos los tontos vulgares habremos contribuido en la medida de nuestras fuerzas a que ese destino se cumpla. Ahora, votemos de nuevo, aquí en este país, por cuarta vez en cuatro años; por ejemplo. Y a seguir con las palomitas para saborear la mierda de pelis y realidades que nos sirven mientras nos ufanamos de nuestras irrefutables inteligencias.