Opinion · Otras miradas

La sonrisa de Vox

Mario Martínez Zauner

Antropólogo e historiador

Las elecciones del 10-N arrojan un resultado escalofriante: el partido ultraderechista Vox refuerza su presencia parlamentaria de manera incontestable. La formación de Abascal ha duplicado sus escaños, se ha quitado de en medio a un competidor en la carrera por representar a la España en Marcha, y mira ahora hacia el PP como la próxima víctima de su determinación patriota. Casado no debe de estar muy contento a pesar de haber salvado a su partido de la catástrofe, porque Vox ha sonreído y España le ha devuelto la sonrisa. Es el triunfo de la derecha Joker.

Varias son las razones que explican su éxito. La fundamental quizá sea coyuntural, puesto que las elecciones se han celebrado con el conflicto catalán en carne viva y con la momia de Franco recién exhumada. Pero hay cuestiones más de fondo, tanto estéticas como políticas, económicas o filosóficas. Sin olvidar la proyección mediática que se le ha concedido al partido verde, así como la legitimación institucional que le han aportado sus pactos regionales con Ciudadanos y PP.

En cuanto a las razones estéticas, Vox ha sabido manejar como nadie las herramientas de la tecnopolítica: discursos simples pero efectistas, una imagen cuidada, un aparato audiovisual impactante que mezcla elementos tradicionales con otros hípermodernos, el uso pertinaz de las redes sociales y grupos de Whatsapp… Además, son hábiles adaptando el discurso a las circunstancias, aprenden de sus errores y muestran un carácter desacomplejado que a una buena porción del electorado conservador le resulta atractiva.

Gran parte de esa imagen se apoya en su sonrisa, una mueca algo impostada y temblorosa, mezcla de rabia contenida y arrogancia manifiesta, que denota ingenio sin disimular del todo su inseguridad. Es una expresión a la vez grandilocuente y victimista que se tuerce agresivamente, con los dientes apretados, cuando interpela a sus muchos enemigos. De esos gestos emanan sus dos motivaciones políticas, la que defiende la integridad de España frente al agravio separatista, y la que reniega de los consensos democráticos “progres” atacando las leyes de violencia de género y de memoria histórica, la acogida de menores inmigrantes y la actividad docente laica y “posmoderna”. La sonrisa de Vox desea la extinción de su adversario, mientras abraza la muerte como quien saluda a su fatal destino.

En el empeño de recuperar una España pura y limpia que nunca fue, ni siquiera bajo el franquismo, Vox ve amenazas por todas partes, y descarga sobre ellas su frustración. Con esos ataques logra conectar con una parte de su electorado, aunque el eje principal es y seguirá siendo el valor superior y casi metafísico de la unidad patria, capaz de dar sentido a toda una vida. El Viva España y Viva el Rey llenan la boca e inflan el pecho, descargan el espíritu y elevan la frente, no requieren de pensamiento ni crítica, y únicamente exigen la pasional entrega a una misión histórica. Vox logra así desplazar el conflicto social que genera la crisis económica hacia una afrenta cultural a la España imperial y sus símbolos, y aquí su sonrisa logra conectar con las clases obreras en defensa de la nación alcanzando su máxima expresión de regocijo: que vivan las cadenas.

Pero el proyecto de Vox también llega a clases medias y altas, y obedece a razones económicas que además explican su alianza con PP y Ciudadanos. Su plan se sustenta en la doctrina neoliberal de la apertura a inversiones extranjeras, eliminación de impuestos y devaluación de salarios, drástica reducción del gasto público y de la administración estatal, abaratamiento de los despidos y privatización de pensiones, sanidad y educación. La fe inquebrantable en la patria se combina con una creencia ciega en los mecanismos del “libre mercado”, y aquí la sonrisa de la derecha Joker se convierte en la del listillo, la del audaz especulador, la del evasor de impuestos.

Y así llegamos a sus razones filosóficas, que resumen las muecas anteriores en la singular mezcla de una voluntad de poder entendida como conquista y dominación, de un ser-para-la-muerte al servicio de la patria, y de un estilo cínico que no tiene reparos en usar la mentira para degradar al contrario. Es la sonrisa del nihilismo, la de quien no defiende más que la bandera y su dinero, cargada de la determinación que le otorga una causa superior que desprecia a todas las demás. El votante de Vox encuentra de esta forma certidumbre y convicción, aunque sea a partir del vacío de su propuesta, basada únicamente en aplastar a su enemigo mientras multiplica sus ganancias.

Todas estas razones, y sus sonrisas correspondientes, dan fundamento a las tres formas clásicas de legitimidad política que en Vox confluyen de manera genuina: la tradicional (con la promoción de la Hispanidad), la carismática (en la figura de sus líderes) y la racional-legal (por la defensa de la unidad de España y la supuesta eficiencia de su modelo económico). Aunque lo más relevante de Vox es haber logrado articularlas apelando a un sentir comunitario más allá del Estado, el mercado y el individuo, generando con ello una fuerte sensación de pertenencia que viene a llenar un vacío social y existencial en el contexto de crisis territorial, económica e institucional que atravesamos. Un comunitarismo que Podemos, su partido antagonista, no pudo o no supo construir, atrapado en el laberinto populista y su máquina de guerra electoral.

Por eso hoy Vox sonríe y su España le devuelve la sonrisa, mientras la derecha Joker se pasea sin complejos por los platós de televisión. Aunque resulta evidente que el abrazo de Sánchez e Iglesias les ha borrado, al menos temporalmente, la sonrisa de la cara.