Otras miradas

Dejar de amar y soltar

Imagen de la película 'Historia de un matrimonio'.
Imagen de la película 'Historia de un matrimonio'.

Esta semana publiqué un artículo tras ver la película Historia de un matrimonio, donde reflexionaba sobre el divorcio. Me llegaron cientos de mensajes con experiencias personales, necesidad de desahogarse y compartir, auténticos ejemplos de vida y decisión… pero hubo una persona que me respondió con una pregunta y fue: "¿por qué se deja de amar y cómo dejar ir?" Y ese es el origen de todo. No soy yo quien tiene respuestas ciertas a todas esas preguntas, ni mi vida personal es un ejemplo ni referente, vaya eso por delante. Pero he visto, en mi entorno y en mi caso, despedidas. Y en casi todas hay un par de razones comunes, aunque motivos particulares son cientos.

La pregunta va a la raíz de una separación porque dejar de querer no ocurre de un día para otro. Suele ser un proceso lento, como se desgastan los cantos de las piedras en el mar. A veces de forma más abrupta por oleadas, acompañado de ciertas temporadas engañosas de calma que quitan hierro al asunto.

¿Por qué se deja de amar? Supongo que porque durante un tiempo has dejado de sentirte tú para ser otra persona que contente a tu pareja. Porque había más entrega de una parte que de otra. Porque estabas cuando la persona te necesitaba, pero no cuando tú lo necesitabas. Porque nunca te valoraron como tú sí valorabas. Porque, a veces, te sentiste tratada como un objeto y no como una persona. Porque tratabas con respeto o cariño y te diste cuenta de que la otra persona solo te hacía desprecio. Porque fuiste un pasatiempo en lugar de alguien con quien vivir el tiempo. Porque sentías que te dejaba sin energía y perdías un tiempo que no vuelve. Supongo que, en resumen, porque dejas de volar y sentirte libre… Hay muchas razones pero, para mí, hay una clave que resume todo. Y es la comunicación. Los silencios, breves o perdurables. El aislamiento. La falta de espacio propio. El no escuchar. La falta de temas que motiven, la falta de confianza, de descubrirse y redescubrirse. No significa hablar todo el día como papagayos, sino de conexión cuando es precisa. Cuando eso se pierde, todo falla a golpe, como las fichas de dominó que caen una tras otra.

¿Vivir así es normal? Es lo común. A veces empezamos una relacion como si fuese el camino de un tren donde dejarse llevar, hasta el día que activas la palanca para cambiar de vía, y ya no hay vuelta atrás. Eso sí, hace falta valor para el cambio.  A veces ese cambio lo he visto en personas que, tras superar una grave enfermedad, no quieren desperdiciar más la vida. Otras lo dicen de boca, pero no se atreven a hacerlo. Algunas se refugian en otros brazos inmediatos sin pesarlo, en relaciones refugio exprés para olvidar el dolor, como quien se agarra a un salvavidas en plena tormenta. Pero otras sí reúnen el valor para cambiar de vía de tren y soltar, porque descubren que no hay necesidad de prolongar la infelicidad. No nos enseñan a soltar y, en muchas ocasiones, es la única opción o incluso un gesto de afecto a la otra persona para que viva su vida.

¿Y si empezamos algo, cómo sabemos que sí es esta vez la buena? Hablo mucho con una buena amiga de estos temas. Me contó que conoció un día a una persona, que saltó la chispa y luego desapareció, de golpe. Le pregunté si volvería a intentarlo y me dijo que no. Le pregunté por qué estaba tan segura y me abrió los ojos con su respuesta: "Porque cuando una empieza, no se prende una vela. Esa persona enciende una cerilla, y luego otra, y luego otra, hasta que se consigue encender la vela. Si no lo consigue, se quema rápido y no hay nada que lo sostenga. Y esto ya se quemó, no hay más oportunidades. Aunque ahora volviese, ya se apagó". La vela, al menos mantiene una cera que puede volver a moldearse. La cerilla se quema y queda hecha cenizas. Justo como no debemos acabar. ¿Por qué se deja de amar? Supongo que porque nos hemos dado cuenta de que habíamos dejamos de querernos nosotros mismos. Y esa es la mayor de las traiciones que nos podemos hacer en la vida. En la breve existencia que tenemos. Y por eso a veces hay que soltar para vivir y empezar de nuevo.