Otras miradas

Las lesbianas, esas que no son

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Un pequeño dolor leve parte del estómago, llega al pecho y ¡boom! estalla. Algo se ha roto. Así, una y otra vez; una y otra vez. De la tripa al pecho, estalla. De la tripa al pecho, algo se rompe. Yo no quería ser lesbiana. Ahora me avergüenzo al reconocerlo, pero es verdad: yo no quería. Por eso, lloré desconsolada cuando me lo reconocí ante el espejo. Por eso, mentí cuando me lo preguntaron. Por eso, dejé de ver con mi madre Hospital Central, por si notaba mi emoción cuando se besaban Maca y Esther. Por eso, me bajaba a escondidas The L Word. El delito de piratería del que alertaban antes de cada descarga me preocupaba mucho menos que ser bollera.

Mi principal objetivo entonces era tratar de evitar que nos descubrieran. Luego, una vez cumpliéramos la mayoría de edad, mi novia y yo huiríamos a Londres. Ninguna de las dos destacamos en inglés y apenas sabíamos poner la ciudad en el mapa,  pero entonces creíamos que aquel amor era el más grande de los daños que podríamos hacer a nuestras familias. Puede que las dos fuésemos un poco dramáticas, sí, esa es una hipótesis. Pero yo me inclino por otra: hemos crecido en una sociedad heterosexista y ninguna conocíamos a otras lesbianas. La falta de referentes es una de las consecuencias más crueles de la invisibilidad. Por eso, que Boti García será directora general de diversidad sexual y LGTBI del nuevo Gobierno es tan importante. Tanto. No lo sabéis bien.

De pequeña, yo sólo sabía que la hija de una vecina podía ser lesbiana, porque alguna vez lo comentaron en mi casa, y el pelo corto de una tendera de Ortuella era motivo suficiente para que se rumorease que era tortillera. Nada más. Poco después mi novia me dejó (por SMS, qué cruel) y ninguna de las dos nos mudamos nunca a Inglaterra. Descubrí esa zona de la ciudad que llamaban 'ambiente' gracias a Chueca.com, hice nuevas amigas, me eché novia, confesé en una nota que aún guarda mi madre y empecé a vivir.

Ahora, yo, que no quería ser lesbiana, dedico gran parte de mi vida a promover la visibilidad lésbica. Yo soy esa que se enfada cuando otras no salen del armario, la que las sacaría por la fuerza para que respiren, por fin, en paz, la que ha tenido que aprender a convivir con la violencia que supone no ser, ni estar, reconocida. Una violencia, por cierto, que es aplicable a todas las personas que no encajamos en los patrones impuestos de normalidad: bien porque seas lesbiana o estés gorda, por ejemplo. En el caso de las bolleras, esa falta de reconocimiento afecta a todas las esferas de nuestra vida: las negativas propias a reconocerte y valorarte y, claro, los problemas de autoestima que derivan de avergonzarte de ti misma; que tu pareja no quiera referirse a ti como tal y esa manera tan cruel que tiene la falta de reconocimiento de destrozar los amores; los días libres que no pides para acompañar al médico a tu novia porque nadie sabe que lo es; los comentarios jocosos sobre tu situación personal, esas miles de miradas sutiles y los cuchicheos en el metro. Pocos amores sorprenden tanto como el amor entre dos mujeres.

Los motivos que explican la invisibilidad a la que estamos condenadas las lesbianas (que, es precisamente por su gravedad, uno de los puntos claves de la agenda del activismo lésbico) son muchos. En primer lugar, la falta de reconocimiento de la autonomía de las mujeres en todas las esferas de la vida. La idea de complementariedad entre hombres y mujeres nos afecta especialmente a nosotras, que somos esas eternas incompletas, dependientes, esas ‘idénticas’, que dice Celia Amorós. Esta idea, tan arraigada culturalmente, es el caldo de cultivo perfecto para promover el mito del amor romántico. Esa manera de entender el amor que lo aleja del disfrute para situar las relaciones en el plano de lo práctico. Es mucho más práctico casarse, vivir y viajar en pareja. El amor es la antesala del matrimonio, el patrimonio y la familia funcional, una fórmula perfecta para el mantenimiento del status quo. El amor de pareja es lo que tiene que ser.  Las lesbianas que se aceptan socialmente, las que lograr reducir un poco los efectos devastadores de la lesbofobia, son las que se casan y tienen hijos. Por eso, David Cameron está a favor del matrimonio igualitario, ese que no cuestiona ya ni Ciudadanos. Los niños y las niñas, por cierto, están dando ya un giro radical a todos estos planteamientos porque, ¿cómo se oculta una familia? Pocas están dispuestas a aceptar tanta violencia. Pero ese espejismo de normalidad y aceptación que viven las lesbianas que pasan por el aro es débil y contribuye a la instauración de uno de lo argumentos a favor de la diversidad sexual y de género más perversos: el reconocimiento de las identidades LGTB en nombre del amor. "Mi niña no es lesbiana, mi niña está enamorada"; "¿A quién le puede parecer más que dos mujeres se quieran?". Esto tiene consecuencias directas, pero, sobre todo, simbólicas: salir del armario y mostrarse visiblemente lesbiana es mucho más difícil si no tienes pareja. Buscar la aceptación en nombre del amor nos lleva directamente a otra de las razones por las que las lesbianas estamos condenadas a la invisibilidad: la negación de la sexualidad de las mujeres fuera del marco de la reproducción y la falta de reconocimiento de otras formas de tener sexo que no sean el coito. Los hombres necesitan mantener relaciones sexuales, es un impulso que no pueden controlar, pero a las mujeres no nos debe gustar follar. Además, seguimos relacionando el sexo únicamente con el coito. "Si no la has metido, aquí nadie ha follado", canta Viruta FTM. De ahí derivan dos leyendas curiosas y contradictorias: las lesbianas no follan de verdad y/o las lesbianas tienen los armarios de sus cocinas llenos de dildos. Qué aburrido, de verdad. Los estereotipos, digo, que los dildos son muy divertidos.

Y ahora, yo, que no quería ser lesbiana, estoy escribiendo sobre mi experiencia lésbica. Lo hago por muchas razones, pero hay una que me mueve especialmente a ello: evitar que ninguna compañera vuelva a mirarse al espejo pensando que es la única bollera del mundo. Evitar ese pequeño dolor leve, que parte del estómago, llega al pecho y ¡boom! estalla.