Otras miradas

Camorristas

El escritor Arturo Pérez Reverte. EFE
El escritor Arturo Pérez Reverte. EFE

De todos los camorristas que pululan hoy por los foros de debate de nuestro solar patrio, mis preferidos son Cayetana y Arturito. Por la vehemencia de su tono y por la endeblez de sus argumentos. Mueve a risa oírlos expresarse en furibunda prosa para defender siempre chorradas.

De Cayetana ya me he ocupado profusamente en varios medios, hasta le adapté y canté la letra del tango Mano a Mano

Su aventura catalana
Qué funesto sinsentido
Pobre chanta prepotente
Que Casado ha convencido
Para enfrentarla a Arrimadas
Para volver a perder

No es momento, por ahora, de volver a la carga.

En cambio Arturo Pérez–Reverte, el tuitero de los Goya, sí necesita que le refresque hoy los sopapos verbales que le atizo de cuando en cuando en las redes. Que por lo visto, duelen que te cagas. El modista Lorenzo Caprile me dice siempre que preferiría mil veces una hostia física mía que ser blanco de una de mis invectivas verbales. No es mérito propio, sino cualidad heredada. Mi madre, Gabriela Sánchez  Ferlosio, sabía pinchar cual avispa velutina  y la capacidad para el sarcasmo de Javier Pradera fue siempre legendaria.

Pérez (abreviando, que es gerundio) me hizo la recensión de mi libro Tócala otra vez Bach: cómo ligar con música clásica y llegó a la gratuita conclusión de que yo era un mediocre cantamañanas y un chupacirios. El plagiador de Gitano suele escoger los insultos en función de que le suenen viejunos, no de lo atinado de su uso. Si le recuerdan a épocas pasadas (él cree que es Francisco de Quevedo), se incorporan a sus textículos, vengan o no a cuento. Como las únicas lecturas que le han sido de provecho parecen ser Las Aventuras de Tíntín, trata de expresarse como el Capitán Haddock, que, para vejar a quien le había ofendido, gustaba siempre de emplear palabros compuestos como bebesinsed o bachibuzuk. Cantamañanas lo he sido, en verdad, durante muchos años, primero en el muy celebrado programa despertador de Radio El País de los años 80 y luego, en los 90, con el gran Iñaki Gabilondo en la SER. Lo de mediocre es más discutible, ya que mi equipo y yo ganamos el Premio Ondas Internacional de Radio por nuestro trabajo.

Más incomprensible aún resulta el otro epíteto que me cuelga: chupacirios. Un académico como él debería saber que el significado de esa palabra es persona beata, que frecuenta mucho los templos. Si hay algo que caracteriza mi humor y mis escritos es la irreverencia hacia la Iglesia, hasta el punto de que debo de ser el único tertuliano que ha sido expulsado de 13TV, la televisión de los obispos. Me contrataron para burlarse del rojelio y cuando quisieron darse cuenta, se encontraron con que tenían que renovar el plató, porque lo había carcomido con vitriolo.

D´Artagnan se batía en duelo por honor, Pérez lo intenta porque se aburre. Desconoce lo que es la honra. La prueba es que llevó a un guionista hasta el Supremo por intromisión en su honor y el Alto Tribunal le invitó a meterse su demanda por salva sea la parte. Su manera de escapar al tedio que es su vida es la pendencia, la bronca, la camorra gratuita. La existencia de Pérez es tediosa porque está muerto por dentro. Se ha montado un Olimpo imaginario en el que alterna con los cadáveres de Platón, Aristóteles y Cervantes y desde ese elevado camposanto contempla a los vivos con desdeñosa condescendencia. Todo lo que no está a la altura de este Alejandro Dumas de baratillo le deja postrado en la decepción y la amargura. Su prosa es de cartón piedra (el novelista de los que no les gusta leer, lo llaman en Facebook), y su capacidad dialéctica, no muy superior a la del Azarías de Los Santos Inocentes. Si este solo sabía decir Milana Bonita, a Pérez solo le he escuchado decir ¡cuan estúpidos son mis congéneres!

El sábado, durante los Goya, tuiteó uno más de sus arbitrarios zasca. Esos que escribe cuando no está delirando sobre las libertades en España o sobre su apretada situación financiera. Nunca hemos sido menos libres que ahora, le espetó hace poco a Salvador Sostres. O sea, con Franco vivíamos mejor. Y en otro momento de la entrevista: sigo escribiendo porque tengo que comer. Como si no fuera millonario.

El sábado vino a decir que los titiriteros son unos aprovechaos. Una panda de mamones que viven de las subvenciones estatales. Un periodista muy inteligente y documentado llamado Javier Zurro lo dejó con el culo al aire. Si ha habido mamandurrias en el cine español, han sido, desde luego, las de Pérez. Desde El Maestro de Esgrima a La Carta Esférica, desde Oro a Alatriste, todas las adaptaciones de sus rancios folletines han recibido subvención. Pero a Pérez le dan igual los datos. Él escribe siempre desde la cantina del Tercio y lo único que busca son las risotadas de sus gañanes camaradas y el balido de la cabra de la legión.

¿Puede haber oficio más triste que el de intentar hacer reír a Carlos Herrera o a Juan Carlos Girauta?