Otras miradas

La Presidencia del cambio de chip

ANTONIO ESTELLA

Catedrático Jean Monnet, Universidad Carlos III de Madrid

Europa tiene que cambiar el chip. Y la presidencia española de la Unión Europea debería ser el informático que inicie el proceso de reseteo de la Unión. Europa tiene que cambiar el chip, para empezar, en el ámbito económico. La grave crisis económica que se inició en 2007, y en la que todavía estamos inmersos, puede ser vista como una gran oportunidad para hacer lo que decimos desde hace tantos años que tenemos que hacer pero que nunca hacemos: cambiarle el software a Europa. Según la Estrategia de Lisboa (marzo del año 2000), la Unión se marcaba como objetivo convertirse en una década "en la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social". Diez años después de eso, todo el mundo está de acuerdo en afirmar que ni Europa es la economía más competitiva del mundo, ni la más dinámica ni, por supuesto, la que más y mejores empleos ha sido capaz de crear.
En marzo de este año, el Consejo Europeo volverá a revisar la Estrategia de Lisboa por segunda vez. Es muy importante que se revisen los objetivos de dicha Estrategia, estableciendo algunos más ambiciosos, a la par que más realistas, se incluya el concepto de sostenibilidad en el sentido social, medioambiental y económico como clave de bóveda de la hoja de ruta económica de la Unión, y sobre todo, se haga un esfuerzo a la hora de institucionalizar el proceso conducente al cumplimiento de los objetivos que marque la Estrategia. Una mayor institucionalización en este terreno es algo más que una vacua obsesión de jurista; es en realidad la palanca más adecuada que tienen muchos países, entre ellos España, para provocar un consenso en torno a las reformas estructurales que se tienen que hacer para conseguir que las economías domésticas funcionen mejor. La voluntariedad con la que se concibió inicialmente la Estrategia de Lisboa tuvo sentido en su momento, pero ahora ha llegado la hora de pasar a mayores.
Del éxito de la renovada Estrategia de Lisboa depende que Europa cambie el chip, también, desde un punto de vista geopolítico. Estamos viviendo un momento en el que el panorama internacional está en flujo, en movimiento. Los primeros pasos que ha dado Obama en este terreno han ido dirigidos hacia la creación de un G-2: ninguna decisión que afecte al mundo, como por ejemplo en materia de cambio climático, podrá tomarse sin el concurso de China y Estados Unidos, ha dicho Obama de manera más o menos literal. Me gustaría que, en unos diez años, el sucesor de Obama pudiera integrar en esa ecuación a Europa, y dijera: "Ninguna decisión importante podrá tomarse sin China, Estados Unidos y la Unión Europea". Eso es a lo que tenemos que aspirar en el ámbito internacional. Y para ello la presidencia española, en solamente seis meses, puede hacer muchas cosas. Los primeros pasos que se han dado en este sentido han mostrado sentido europeísta y generosidad por parte de la presidencia española: me refiero, por ejemplo, a la decisión de ceder el protagonismo, durante esta fase de transición, al presidente Rompuy en las reuniones del Consejo Europeo, sean las que sean y se celebren donde se celebren. Es un paso absolutamente fundamental para que se identifique a Europa en la escena internacional con una sola cara y una sola voz, nos guste más o nos guste menos esa voz o esa cara.
Tenemos que tener bien presente que vamos hacia un escenario internacional multilateral y, quizá, en cierta medida también multipolar. Multilateral porque Estados Unidos, China y –si nos lo tomamos en serio– Europa no podrán hacer nada en la escena internacional sin el concurso de los otros dos. Y multipolar porque, al lado de este polo de tres actores fundamentales, otros actores podrían formar otros polos que harán competencia al anterior. Pienso en algunos países musulmanes, como Irán, y su entorno de influencia. Pienso por supuesto en Rusia, aunque probablemente la situación no está madura en ese país para que decida lo que quiere ser en el mundo y con quién se quiere alinear. Pienso en algún que otro país asiático, como India, y pienso también en la corriente indigenista que se está generando en América Latina. Lo importante es tener claro que el panorama geopolítico está ahora más abierto que nunca. Si Europa quiere contar, se tiene que reforzar internamente para poder desarrollar el papel clave que quiere (y tiene, por el bien de la humanidad) que realizar en la escena internacional.
La presidencia española debería ser la presidencia del cambio de chip también en otros muchos terrenos: me refiero al terreno institucional, con la implementación y plena puesta en vigor del Tratado de Lisboa; me refiero al social, porque Europa necesita ser un generador de empleos y no un destructor de trabajo; me refiero, también, al ámbito de la seguridad, puesto que Europa tiene que plantearse en serio el desarrollo de recursos de todo tipo, militares también, si quiere tener capacidad de generar paz y seguridad dentro de sus fronteras y fuera de ellas. Y si Europa es capaz de cambiar el chip, también le será mucho más fácil hacerlo a otros países europeos que están muy necesitados de ello: por ejemplo, al nuestro.