Otras miradas

Miguel Hernández y Franco

FÉLIX POBLACIÓN

Escritor y periodista

La familia del poeta Miguel Hernández no fue, como muchas otras durante el franquismo, de las que vivieron ese largo periodo de nuestra historia "con normalidad y naturalidad", que diría Mayor Oreja, ni tampoco con la "extraordinaria placidez" con la que también lo definió don Jaime. El consejo de guerra al que fue sometido Hernández incluyó medio año de angustia hasta que se le conmutó la pena de muerte por 30 años de reclusión. El poeta no aceptó la oferta del nuevo régimen de recuperar la libertad a cambio de retractarse. Para ello habría bastado con la anulación de su matrimonio civil con Josefina Manresa por otro canónico. Si al final accedió a esto último fue cuando su enfermedad presagiaba una muerte inminente, "para que no trataran a su compañera como a una mujerzuela", recordó en este mismo periódico la nuera de su hijo. "Alégrate, que mañana nos vamos a casar", escribió Miguel a Josefina, profunda creyente.
En los primeros años setenta, Joan Manuel Serrat difundió y popularizó la obra de Miguel Hernández haciendo de su canto un mensaje cívico de indispensable y estimulante necesidad en aquellos ambientes políticos, intelectuales y culturales que aspiraban y conspiraban para que el franquismo tocara a su fin. En 1972, el Noi del Poble Sec dio a conocer un disco con el nombre del poeta en el que se incluían composiciones de tanta repercusión pública como serían Las nanas de la cebolla y, sobre todo, Para la libertad. Cuenta el cantautor que ese mismo año visitó en su casa a Josefina Manresa para entregarle un ejemplar de su trabajo, pero como la viuda de Hernández no tenía tocadiscos, Joan Manuel hubo de regalarle uno de inmediato para escuchar juntos las canciones. "Me mostró tal gratitud –cuenta Serrat– que me sentí avergonzado".
Hay otros motivos para sentirse avergonzados con mayores y muy distintos motivos en la actualidad en relación con la honra y memoria que merece el poeta "asesinado en los presidios franquistas", según dijera Pablo Neruda. Transcurridos más de 30 años desde el fallecimiento del dictador, y en el año en que se cumple el centenario del nacimiento de Hernández, el Ayuntamiento de su pueblo, Orihuela, tuvo la ocurrencia de ofrecerle un supuesto homenaje que fue noticia recientemente por haberse convertido en un atentado contra la dignidad del autor de Vientos del pueblo, así como contra la literatura española. Bajo el título El canto del cisne de un poeta, un tosco vate local se sirvió del nombre de Miguel Hernández para loar hasta el tópico más manido las gracias mujeriegas y políticas de la lideresa Aguirre y denostar hasta lo más típico según los postulados de la más rancia derecha las personalidades de Zapatero, Carrillo o Ruiz-Gallardón.
Como no se tratataba de ninguna inocentada, pese a que el hecho fue noticiable el pasado 28 de diciembre, los familiares del poeta exigieron que se eliminara del poemario toda referencia a Miguel Hernández, por considerar que el libro, presentado en un local del Ayuntamiento oriolano, gobernado por el Partido Popular, utilizaba de modo partidista la obra de su deudo. Los familiares estimaron reprobable la "utilización oportunista del nombre de Hernández para atraer la atención pública, sin respetar ni la memoria ni el mensaje que el poeta transmitió en sus escritos a lo largo de su vida". Si se tiene en cuenta, además, la repercusión y el valor que sus poemas tuvieron antes de que se gestara el vigente periodo democrático, mucho más grave resulta reconvertir –bajo la responsabilidad organizativa del PP– el contenido cívico de su obra –con toda su emotiva y literaria denuncia social– en un auténtico pitorreo contra la dignidad y respeto debidos al autor.
Pero puestos a sentir y abundar en la vergüenza, dejando a un lado el burdo y circunstancial episodio oriolano, hay motivos más consolidados para que sobre la memoria de Miguel Hernández pesen otras lacras impropias de nuestro presente. Parecería, sin embargo, que tales habrían sido subsanadas al acordar la Diputación de Alicante que este año –coincidendo con el centenario de su nacimiento– el llamado poeta del pueblo vaya a ser nombrado hijo predilecto de la provincia. Pendiente de que se ratifique tal hecho, es de esperar que prospere asimismo la iniciativa de su familia para que se revise el pseudoproceso judicial que hubo de soportar Hernández y se logre la anulación de la consiguiente condena. "Tal sentencia", en nuestros días y según se afirma en la moción aprobada por el pleno de la Diputación alicantina, "es una deshonra para los demócratas que piensan, creen y siguen luchando por una sociedad justa y libre".
Ahora bien –y es a lo que íbamos al abundar en vergüenzas–, convendría que la mencionada institución se aclarara, pues como todo el mundo sabe en aquella ciudad, y el popular programa CQC de La Sexta denunció en su día, Francisco Franco sigue siendo hijo adoptivo y predilecto de Alicante. Es más, gracias a los votos del PP, un pleno de aquella Diputación rechazó no hace mucho una moción del PSOE para que se le retirara tal honor al extinto caudillo. Los conservadores alegaron sin ningún rubor que se trataba de un nombramiento vitalicio y esos no caducaban. Miguel Hernández y Franco podrán compartir así, partir del año en curso, esa mención honorífica. El uno como víctima y el otro como verdugo.
Hablaba Serrat de vergüenza, pero nunca a tan largo plazo y por causas tan bochornosas. Menos mal que, en medio de tan esperpénticas paradojas, el Noi del Poble Sec volverá a celebrar la memoria del poeta del pueblo con su canto. Su nuevo disco se llamará Hijo de la luz y de la sombra, como el poema que Hernández dedicó a su hijo Manuel Ramón, muerto casi al nacer en 1937, como si aquella España en guerra le hubiera helado el corazón.