Otras miradas

De arcoíris, infancia y coronavirus

Carolina Pulido Castro

Concejala de Más Madrid en el Ayuntamiento de Madrid

Dos niños conversan con sus abuelos mediante una videollamada en su casa. EFE/Cabalar
Dos niños conversan con sus abuelos mediante una videollamada en su casa. EFE/Cabalar

Cuando se decretó el estado de alarma y nos tuvimos que recluir en casa, hace ya parece mil años a ojos de nuestras criaturas, surgió una preciosa iniciativa para adornar los balcones y sensibilizar a todo el mundo sobre lo necesario que era no salir, dibujar un arcoíris y ponerlo en ventanas y terrazas.

Las redes sociales se llenaron de fotos de niños y niñas dibujando arcoíris. Pasaron los primeros días y los arcoíris siguen colgados, pero nos hemos olvidados de los y las pequeñas artistas que los pintaron.

Llevo días viendo cómo este debate se produce cada vez más en los grupos de crianza en los que participo. Nos estamos olvidando de la infancia. Se proponen medidas que si bien tienen en cuenta a toda la población, no hacen referencia a las circunstancias excepcionales que rodean a los niños, niñas y adolescentes y a las familias cuidadoras.

Aunque nuestras prioridades ahora mismo tienen que ser las de proteger a la población que ve peligrar su salud y su vida, y en eso hay que poner todas las energías, no debemos menospreciar el impacto devastador que está teniendo en la infancia y principalmente en la que vive en situación de vulnerabilidad.

Me llamó poderosamente la atención que el Gobierno noruego hizo una rueda de prensa exclusivamente para niños, niñas y adolescentes donde se les informó y pudieron preguntar. Sin embargo, escucho con preocupación que en las comparecencias oficiales que se están haciendo ahora mismo en España, en muy pocos casos se nombra a las criaturas, no están en las medidas ni tampoco en los mensajes. Y lo que no se nombra, no existe.

Quizás este sea el punto de partida, pero la mirada de infancia y el enfoque de derechos tiene que estar en todas las medidas que se pongan en marcha.

El caso de la gestión de la comida a las familias perceptoras de Renta Mínima de Inserción o beca de comedor, sirve como ejemplo para ilustrar esto pero no es la única.

Es inaceptable que la Comunidad de Madrid, después de suspender los contratos con las empresas que prestan el servicio de comidas en los centros escolares, llegue a un acuerdo con compañías como Telepizza y Rodilla. No ofrecen un menú saludable, no tienen infraestructura para cubrir toda la demanda del alumnado con becas escolares y que quedarán en condiciones precarias a causa de la crisis del coronavirus.

Es inaceptable, además, porque hay alternativas, y muestra de ello es lo que se está haciendo en distritos como Retiro y Hortaleza, en municipios como Leganés o en Comunidades Autónomas como Canarias, que aseguran menús saludables a sus escolares.

Tampoco se está poniendo el foco en infancia cuando no se valora suficientemente el impacto en la salud física y emocional de las criaturas en situación de aislamiento. Quizás sea pronto para pedir que se valore la posibilidad de salidas controladas y reguladas, pero no lo es para ir pensando en ello si la situación se alarga. Sobre todo, teniendo en cuenta que las familias más afectadas por esta situación son las que viven en viviendas pequeñas o incluso en una habitación compartiendo piso. Se podrían habilitar programas de apoyo psicosocial para ayudar a afrontar el impacto de de la crisis en los y las niñas y las personas cuidadoras, tanto en la situación de aislamiento como cuando todo esto acabe.

Esto es vital cuando hablamos del riesgo que están asumiendo niñas y niños que conviven con un maltratador o en entornos de violencia familiar. Para proteger estas situaciones es necesario proteger a las madres, pero también poner en marcha herramientas de apoyo mutuo y mantener los actuales recursos de atención a la infancia de manera telemática, adaptarlos a estas circunstancias, hacer un seguimiento especial de los casos de riesgo detectados ya por los recursos de la red de violencia.

Tampoco se cuenta con la mirada de derechos e infancia cuando en el ámbito educativo se ponen en marcha herramientas telemáticas para mantener el ritmo normal de clases, sin tener en cuenta la situación excepcional ni otras variables como no tener conexión o herramientas adecuadas, apoyo por parte de progenitores que tienen que seguir trabajando. Asumimos la educación como un mero sistema de producción de tareas, minusvaloramos la labor del profesorado y el intercambio de saberes y experiencias entre iguales como parte del proceso educativo.

Asimismo, se genera otra fuente de estrés añadido para las familias que tienen que compatibilizar trabajo con apoyo en tareas escolares y cuidados. Sabemos que las jornadas escolares requieren en muchos casos de acompañamiento y también de recursos, la situación actual agrava aún más la desigualdad educativa, porque no todas las familias pueden dar el mismo apoyo, ni cuentan con los recursos necesarios para hacerlo.

Vivimos tiempos excepcionales y no nos podemos olvidar de nadie, no dejemos a niñas y niños fuera de la ecuación.