Otras miradas

Todo para el pueblo

Tres personal con mascarilla cruzan el madrileño Paseo de la Castellana, con las calles prácticamente desérticas. REUTERS/Sergio Perez
Tres personal con mascarilla cruzan el madrileño Paseo de la Castellana, con las calles prácticamente desérticas. REUTERS/Sergio Perez

Todo por el coronavirus. Hasta hace un par de semanas aún se decía que las medidas tomadas por China no podrían reproducirse en países europeos dotados de sistemas democráticos. Pero repentinamente se desplazó la ventana de Overton y ahora la población aplaude casi unánimemente el confinamiento estricto decretado. No solamente se considera irresponsable e insolidario intentar desviarse un milímetro del mandato, sino incluso el mero hecho de mostrar dudas sobre su pertinencia. Esperemos que se respete la libertad de opinión, aunque ya el propio ruido se encargará de acallar cualquier voz discordante, como esta que avanzo.

No se han ofrecido cifras concretas que contradigan la comparación del COVID-19 con una epidemia de gripe, como hizo inicialmente la OMS y siguen haciendo especialistas como Wolfgang Wodarg, ahora denostado y "rectificado" sin ofrecer cifras alternativas a las suyas.

Como explica Juan Gervás en este artículo, "las medidas para la contención de la pandemia se suelen basar en modelos matemáticos, deslumbrantes y simples, pero carentes de la menor fineza". Los confinamientos se han justificado aludiendo a protocolos y directrices, razones vagas y no explicadas con cifras sino basadas en la repetición de afirmaciones como "es un virus nuevo", "no hay vacuna", "se contagia exponencialmente" y "hay que aplanar la curva".

Cabe recordar que este no es el primer virus nuevo, ni siquiera el primer coronavirus. Pero la sociedad ha cambiado desde que, en 2009, se intentó ir por este camino con la Gripe A, como denunciaron Teresa Forcades o Iñaki Gabilondo (por cierto, citando como autoridad a Wolfgang Wodarg, el epidemiólogo ahora denostado). Es curioso que sus testimonios no hayan sido recordados en esta crisis por ningún medio de comunicación mainstream. Ahora la autoridad moral de la OMS es ya incontestable. Ha triunfado la idea de que la salud se nos asegura, única e infaliblemente, a base de medicamentos y vacunas cuyos efectos secundarios se minimizan. ¿Estas medidas ahora experimentadas se convertirán en usuales ante próximas y más que probables situaciones similares, que ya se anuncian?

Cuanto más draconianas e incomprensibles se han ido haciendo las actuaciones, más ha ido aumentando el pánico al contagio y el convencimiento de que solo podrían estar motivadas por la necesidad imperiosa de preservar nuestra salud. Y así un día los consejos se convirtieron en órdenes: el ejército y la policía tomaron las calles e impusieron un toque de queda 24 horas, algo sin precedente en la historia de la humanidad.

No todos los países han hecho esto. Suecia, que registró el primer caso de coronavirus el 31 de enero (misma fecha que en España) se ha negado a tomar medidas extremas. En este documento (consultado el 26 de Marzo) el Gobierno sueco explica por qué, a diferencia de otros países, ha decidido mantener abiertas las escuelas para menores de 16 años, y por qué tampoco obliga a que las personas se mantengan a un metro de distancia ni otras medidas que alteren la vida social. La única prohibición es la de eventos con más de 500 participantes y el requerimiento a los bares de que solamente sirvan en las mesas. El 25 de marzo, el Secretario de Estado Adjunto en Epidemiología de Suecia animaba a las personas jóvenes a continuar con el deporte y subrayaba: "es importante que nuestra sociedad no eche el cierre" (ver aquí)

El Gobierno sueco también advierte sobre el peligro de caer en el pánico, que colapsaría el sistema sanitario y dificultaría la debida atención de las personas que realmente lo necesitan por esta u otras afecciones. Así, dice, "a las personas que tienen buena salud general pero presentan síntomas de coronavirus se les aconseja quedarse en casa y limitar el contacto social hasta al menos dos días desde la desaparición de los síntomas, pero no se les harán pruebas" (por cierto, esta orientación coincide con la de este interesante audio que tantas iras ha desencadenado). En resumen, Suecia ha elegido preservar los derechos humanos.

Los derechos humanos deberían ser, en efecto, la línea roja que nunca hubiéramos debido cruzar. El confinamiento de la ciudadanía y la toma de las calles por la policía y el ejército supone la supresión de las libertades de reunión, de circulación y de manifestación. Más aún, muchísimas personas se ven privadas incluso de los derechos que tiene la población reclusa, como el ejercicio físico y la salida al aire libre.

Las consecuencias son trágicas para las personas que se ven recluidas en sus viviendas (y para las personas sin hogar, ahora también encerradas forzosamente). Desde una visión burguesa, podríamos imaginar casas confortables, pero no olvidemos que esa no es la realidad generalizada. Desde una visión patriarcal, podríamos imaginar familias idílicas en armonía, pero las feministas hemos destapado hace tiempo que el hogar puede ser el lugar más peligroso para las mujeres, y estas condiciones extremas exacerbarán la violencia machista. Imaginemos también el deterioro sicológico y físico de las criaturas y adolescentes enjaulados/as, de las personas mayores que viven solas y se han quedado sin apoyo, de las que no pueden visitar a sus seres queridos; y así tantos y tantos casos más.

Los efectos sociales son devastadores aunque nada se oye con el inmenso ruido del tema único. La desinformación y el confinamiento impiden las protestas y abonan el terreno para cualquier tropelía adicional. En el terreno económico se anuncian ayudas que ni siquiera alcanzarán a compensar a las personas afectadas por los ERTES. Además, estos beneficiarios son una especie de "aristocracia obrera" en comparación con las muchísimas personas que no tienen un trabajo ni fijo ni siquiera declarado. Por no hablar de las personas migrantes, de las mujeres sin derechos humanos en todo el mundo, de la corrupción que continúa, de las guerras, de la crisis ecológica, etc., etc.

Algunas personas piensan que esta situación contribuirá a evidenciar las carencias del sistema sanitario y los efectos de los recortes sociales. En base a ello, centran su actuación en recalcar esas carencias y en denunciar la insuficiencia de las compensaciones, todo ello utilizando como percha la "crisis del coronavirus". Pero es que las medidas de confinamiento en sí mismas, además de contribuir al colapso del sistema sanitario por el pánico que desatan (ver aquí explicación de Javier Aymat), amenazan gravemente la capacidad de presión popular, sin la cual nada podrá mejorar.

¿Qué efecto tendrán estas medidas sobre la configuración social? En medio del derrumbe generalizado de los pequeños negocios, avanzan a pasos agigantados las grandes empresas de telecomunicaciones, el comercio electrónico, los servicios de reparto a domicilio, el transporte de mercancías terrestre y marítimo, los bancos, las químicas y las farmacéuticas.

Este confinamiento está exacerbando y generalizando a toda la población una tendencia que ya existía: la dependencia de los aparatos electrónicos, el ocio en casa a través de Netflix y similares, las relaciones personales virtuales y la compra por internet. En definitiva, el aislamiento social. ¿Quién habla ahora del efecto de los móviles sobre la salud, y especialmente sobre la de las criaturas? ¿Quién se cuestionará el 5G? ¿Quién reivindicará el consumo de proximidad? ¿Quién se preguntará el efecto sobre el ecosistema de todo este alejamiento de la producción respecto al consumo y de este tipo de modelo productivo?

Al principio se llegó a decir que este parón podría ser beneficioso para detener el cambio climático. Efectivamente, se demuestra que es posible cambiarlo todo repentinamente, y por tanto serían posibles las medidas necesarias para reducir emisiones a la vez que se atienden las necesidades sociales. Pero ni se está potenciando este debate ni los cambios que se atisban son estos.

Las medidas decretadas no afectan a la producción, transporte y consumo de productos contaminantes (ejemplo: coches). Tampoco se revertirán las privatizaciones en la sanidad y en la enseñanza, ni se construirán buenos y suficientes sistemas públicos de educación infantil y de atención a la dependencia. A pesar de que estas y otras medidas crearían muchísimos empleos públicos, limpios y beneficiosos socialmente en los que recolocar a las personas que hoy trabajan en actividades contaminantes.

Al contrario, China vuelve a ser la fábrica que nos suministrará todo tipo de productos a través de Amazon y similares (todo bien envuelto en plástico). El mundo está definitivamente globalizado para las mercancías, y por el momento cerrado a la circulación de las personas. En resumen, todo parece indicar que, pasado el parón, volveremos con más fuerza al "todo como de costumbre". Ojalá no sea así.

Más allá de todas las consideraciones anteriores, que estoy dispuesta a cuestionarme en base a argumentos y datos, me resulta aterradora la unanimidad en torno a unas medidas mucho más extremas que en los peores años de la dictadura de Franco. ¡La calle es nuestra!, gritábamos. Hoy toda la actividad colectiva está parada, haciendo casi cierta la frase de Margaret Thatcher: "No existe algo así como la sociedad. Lo que existen son mujeres y hombres individuales, y familias". Todo por el miedo.