Otras miradas

Acostumbrarse. Los peligros de la pandemia como cotidianeidad

Un repartidor de Glovo con mascarilla pasa por una prácticamente desierta Puerta del Sol, de Madrid. REUTERS/Juan Medina
Un repartidor de Glovo con mascarilla pasa por una prácticamente desierta Puerta del Sol, de Madrid. REUTERS/Juan Medina

Cuando hace seis semanas, seis, nos confinamos, lo hicimos al margen del estado de alarma. La excepcionalidad legal era necesaria, pero la precaución, la responsabilidad y el miedo, hizo que nos tomáramos el momento con la seriedad que merecía: nos jugábamos mucho. Y lo hicimos bien, la gran mayoría. Se ha conseguido doblegar la curva y evitar que el sistema sanitario colapsara, algo que en algunas zonas estuvo cerca de ocurrir. Las víctimas están siendo muchas, pero podían haber sido muchas más, ténganlo en cuenta.

Las primeras salidas a la calle, hace unas semanas, fueron frustrantes, al menos para mí. Lo que esperaba como un instante de libertad se convirtió en un trayecto, de casa al mercado y del mercado a casa, lleno de ansiedad y miradas entre la tristeza y la desconfianza. En aquel momento no nos hubiéramos parado a recoger un billete de cincuenta euros en el suelo. Estábamos absortos frente a las pantallas y las cifras que ascendían inmisericordes congelando todo. En este país han muerto casi mil personas al día en las jornadas más difíciles. En el momento del homenaje no costaba aplaudir, lo que costaba era no llorar. Ténganlo de nuevo en cuenta.

En Homenaje a Cataluña, probablemente una de las partes más interesantes del libro, es cuando Orwell narra la cotidianeidad de la guerra. Lo que los primeros días era ardor militante, las primeras semanas miedo y alerta permanente, acababa por transformarse en hastío. Las balas de los fascistas seguían alcanzando las trincheras republicanas, de vez en cuando había un ataque con mortero o se divisaban en el horizonte algunos aviones. Pero los detalles más prosaicos empezaban a importar tanto como lo estrictamente bélico: la comida resultaba insípida, los piojos eran una plaga y el frío era mucho peor que la amenaza del enemigo. Orwell cuenta que dormía poco, a ratos, pero que acabó por acostumbrarse. Nos hacemos a todo.

Y a esto también nos hemos hecho. No significa que no sintamos que 400 muertos al día son siempre demasiados, pero tampoco que no nos podamos permitir volver a sonreír con cualquier trivialidad. Seguimos teniendo miedo, pero lo que pesa es la precaución como utilidad, el haber tomado costumbre de limpiar las latas que sacamos de la bolsa. Al principio casi podíamos medir el número de veces que nos lavábamos las manos por la rojez de la piel. Ahora nuestra piel se ha endurecido, tanto para fingir que olvida el contacto con otras. A todo nos acostumbramos, somos una especie con una magnífica capacidad de adaptación. Por eso salimos de África hace 150000 años y hemos poblado el globo.

Vivir una jornada que se repite una y otra vez, apenas sin variaciones, es tedioso, pero vivirla con la tensión de la novedad, de la amarga estupefacción de aquel domingo 15 de marzo, es un camino seguro para la locura. Y todo esto ha pesado para que la última polémica, la de la salida de los menores a la calle, sirva como advertencia de algo: la desescalada del confinamiento va a ser mucho más difícil que meternos en casa. Ya estamos empezando a interiorizar esta atmósfera y a volver a latir como personas, no como ramas de primavera agitadas por una tormenta que se niega a aceptar que el invierno ha terminado.

Los niños deben pisar ya la calle, lo dice alguien que no tiene hijos. El caso es que, aunque la ministra Montero expresó en un primer momento que estas salidas estarían ligadas a las acciones permitidas en el estado de alarma, poniendo tres ejemplos como ir a la compra, al banco o a la farmacia, todo el mundo interpretó que el Gobierno quería llenar los supermercados de críos lamiendo carritos y corriendo con alegría salvaje por los pasillos. Quizá lo que se nos estaba diciendo era que, aprovechando la salida a por el pan o el tabaco, se diera una vuelta a la manzana con el niño. ¿Por qué el circunloquio? Porque es más fácil delimitar actividades que implican paseos, que paseos en sí mismos. ¿Fue un error comunicarlo así? Vistas las consecuencias lo parece.

Tanto que Illa rectificó al final de la tarde del martes, titulando los periódicos de la derecha que reculaba, que es parecido, pero suena peor. Si hemos sido cautos y responsables como sociedad hasta el momento, ¿por qué no haberlo dicho de forma clara desde el principio? Por el miedo a que el cansancio de las seis semanas de confinamiento unido a la costumbre nos haga pasar de la precaución a su relax. La mezcla es peligrosa: ahora sí nos agacharíamos a por el billete de cincuenta.

De ahí que el siguiente paso, el deporte individual, vaya a seguir las mismas pautas polémicas que los paseos infantiles. No se engañen, no es que de repente nos hayamos vuelto todos deportistas, sino que hay que buscar un eufemismo para que los que teletrabajamos, no tenemos perro, ni niño, podamos recuperar un poco de normalidad. Y esto, que quizás se podría contar así, no se hará, porque además de miedo a la costumbre hay una presión gigantesca de la derecha por aprovechar cualquier traspiés del Gobierno. ¿Saben lo qué sucederá? Que volverá a ser más fácil sacar la excepción a la regla que redactarla.

¿Cómo sabrán las autoridades que vamos a hacer deporte, por la ropa, quizás por el sudor? ¿Qué diferencia hay entre andar y correr? Si a los niños se les quería conducir al banco o al súper para fomentar su consumismo -les juro que lo leí- seguro que lo de correr es para disciplinarnos como soldados. ¿Qué esconde el Gobierno? ¿Por qué correr y no leer un libro al sol, qué tiene Sánchez contra la cultura?¿Y contra los fumadores con barriga como yo que se ahogan al coger el autobús, qué pretenden, que se rían de nosotros los millennials adictos al gimnasio? Y así hasta la náusea.

Si algo ha tenido de aprovechable esta catástrofe, que no de bueno, es que hemos pelado la vida de superficialidades, también la acción política. Hemos estado seis semanas hablando de trabajo, de la importancia de los servicios públicos, de impuestos, del papel del Estado como máquina de orden y como resorte transformador, de vivienda, de especulación, de precios, de inmigración, de la Unión Europea, de que la comida no aparece en nuestro plato sola, de la contaminación ausente, de la violencia machista, de la inutilidad del libre mercado y de la clase trabajadora. Hasta un presidente del Gobierno, del PSOE, se permite nombrarla como tal en sus alocuciones a la nación. Tengan cuidado, las inercias y los intereses profesionales siguen ahí, y algunos, que se han tirado seis semanas como boxeadores sonados, han recuperado el aliento para decir "adultocentrismo". O lo que toque. Aprendan, no dejen que les vuelvan a dar gato por liebre.

Entre otras cosas porque la ultraderecha, que es algo más que Vox, tiene los dientes afilados y va a aprovechar la desescalada para introducir un nuevo elemento de quiebra, que les valga no sólo para acosar al Gobierno sino para que dejemos de hablar de todos los imprescindibles del anterior párrafo. En Estados Unidos, Trump ya lo ha conseguido situando el centro del debate no en su tardía respuesta centrada en proteger los beneficios de los millonarios sobre la salud pública, sino en el fin del confinamiento. Así los Gobernadores que defienden la cuarentena son unos liberticidas que quieren ahogar la economía del país, mientras que Trump aparece como el garante de la prosperidad y el Dont treat on me. Los canallas son canallas, pero no necesariamente imbéciles.

Nos acostumbramos. Por supervivencia. Lo cual no implica que tengamos que volver a olvidar las prioridades, a tratar a la política no como la disciplina del hacer sino como el ensueño de lo narrativo. Nos hacemos a la idea, lo que no significa que debamos enfangarnos en discusiones procedimentales, esa jaula de grillos donde tiene tanto que ganar el embaucador, y pasemos por alto el despido de los sanitarios. Si tanto ansiamos las certezas en tiempo de incertidumbre, habría que empezar por aprender a distinguir lo tendencioso de lo informativo.

Somos personas capaces de moldear la adversidad como un fragmento más de lo cotidiano, lo que no es óbice para anhelar un paseo por Oporto, el olor de su pelo por las mañanas o la carcajada incontenible por la que nunca hay que pedir perdón. Costará volver a lo que nos gusta. Costará más si olvidamos lo imprescindible. Volveremos peor.