Otras miradas

Le roi s´amuse

Imagen de una representación de la ópera 'Rigoletto' de Giuseppe Verdi.
Imagen de una representación de la ópera 'Rigoletto' de Giuseppe Verdi.

El rey se divierte. Un dramón de Víctor Hugo en cinco actos que fue prohibido al día siguiente de su estreno por inmoral. "¡Ensalza el tiranicidio!", bramaron los censores, que no querían irritar al que iba ser el último rey de los franceses: Luis Felipe de Orleans.

Giuseppe Verdi lo adaptó para su Rigoletto veinte años más tarde.  Los censores le propusieron cambiar al rey por un duque y situar la acción en Mantua. Los Gonzaga ya se habían extinguido como dinastía al mando y nadie podría  darse por aludido.

Verdi tragó y Rigoletto fue uno de los grandes éxitos de su longeva  y altibájica carrera.

Me pregunto qué habrían hecho estos dos genios hoy día con las tropelías de El Campechano. Probablemente les valdría el mismo título, El Rey se divierte, porque lo cierto es que la francachela (otrora llamada vida licenciosa) parece haber sido la única actividad del Borbón desde que juró su cargo en 1975. Lo cual, corruptelas al margen, lo convierte en un personaje altamente desconfiable. ¿O no es sospechoso, hasta el punto de la inhabilitación, que a un monarca moderno no se le haya conocido jamás el menor interés por la música (cualquier música), por el teatro (¡ni  por la zarzuela, que tendría que apasionarle!) o por la literatura (aunque sean los folletines de cartón piedra de Arturito Pérez–Reverte) ¿Puede haber un indicador más claro de su inanidad intelectual y moral que todo su ocio haya estado dedicado en exclusiva a las tres Cs, Caza, Comida y Coyunda. ¿Que toda su vida se haya consumido en un onomatopeyico bucle que bien podría sonar así: ¡Bang Bang! ¡Ñaca Ñaca! ¡Ñam Ñam!, ¡Bang Bang! ¡Ñaca Ñaca! ¡Ñam Ñam!?

Le Campechaine es un personaje tan patético que en una ópera decimonónica no merecería siquiera morir asesinado, destino que le otorgaría cierta grandeza. Yo creo que Victor Hugo le habría dado un final más chusco. Por ejemplo, jefe de croupieres en el Casino de Estoril, la ciudad en la que se cepilló a su hermano. Por accidente, naturalmente. Aunque Álvaro de Cózar, en su magnífico podcast XRey, deja caer que pudo haber intervenido el inconsciente. Juanito detestaba a Alfonsito porque era un niño libre, sin las cargas que conlleva ser el heredero de la corona.

Hoy se pueden hacer reflexiones de este jaez sin miedo a que caiga sobre uno el hacha del verdugo. En enero de 1994 en cambio, la censura real me costó un programa de televisión que necesitaba como el comer: mi hijo Juan (el único Juanito por el que siento amor y respeto) había nacido en noviembre y tenía ya una familia que sacar adelante. Yo era uno de los guionistas de El Peor Programa de la Semana. Además de escribir sketches, ayudaba a Wyoming a preparar las entrevistas. Se fiaba de mi criterio. Había hecho centenares de ellas en radio y televisión.

La historia es de sobra conocida, pero no en mi versión, que es muy peculiar. Al fin y al cabo yo fui el detonante de que nos echaran a todos.

La cosa ocurrió de la siguiente manera. Invitamos a El peor programa de la semana, en La 2 de TVE, al escritor y periodista catalán Quim Monzó, que acababa de publicar un notable libro de cuentos titulado El porqué de las cosas. Me parece recordar que también lo habían premiado recientemente. Después de cursada la invitación, Monzó participó en un programa de TV3 donde se satirizaba a los royals. Fue especialmente hiriente la chirigota que hicieron con la Infanta Elena, pero Monzó no tomó parte en esa farsa. Su aportación al programa fue un irónico monólogo donde trataba de desmentir que los royals se pasen el día tocándose el ciruelo.

Victoria Lafora, hoy vibrante defensora de la libertad de expresión, entonces obtusa directora de La 2, cursó instrucciones a los responsables del programa, Wyoming y Trueba, para que no se hiciera mención alguna al incidente. La cosa estaba al rojo vivo. La Casa Real le había pedido explicaciones a Pujol por la mofa a la infanta.

Cuando estábamos preparando la entrevista, le dije a Wyo: el programa es en directo, va a dar el cante que no le hagamos ni una sola pregunta al invitado sobre el escándalo del que habla toda España. Metimos la pregunta. Lafora exigió ver el guión y montó en cólera.

Llamó a su presencia a David y a Wyoming, a los que mantuvo en pie, frente a su mesa, durante la bronca. Como si fueran dos alumnos díscolos en un internado.

–¿Qué demonios hace esta pregunta en el guión? – rugió la hidra.

Ellos le explicaron el porqué de las cosas.

–Pero si va a ser motivo de excomunión – dijeron– la retiramos del cuestionario. No hemos traído a Monzó para hablar de los royals.

–¡No, ya no me fío! – dijo la esbirra–. ¡He perdido la confianza en vosotros! ¡Nadie me puede asegurar, al ser en directo, que no metáis la pregunta a traición!

El programa fue cancelado. Como no podía ser de otra manera. El talento que Verdi y Victor Hugo derrocharon en la música y la literatura,  yo lo he consagrado toda mi vida a tocar los cojones.