Otras miradas

Tout est pardonné

Diego Garrocho Salcedo

Diego S. Garrocho Salcedo
Profesor de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid

 

Tres palabras. Tres palabras que conforman un sintagma inequívocamente bello. Tres palabras que toman el lugar de la imagen para apropiarse la carga significante de una portada en la que, las más de las veces, es el dibujo el transmisor del sentido. Podríamos pensar que no hay nada que decir o que un asentimiento emocionado bastaría para reconocer el que, digo, es un gesto inequívocamente bello. Una belleza que, recordemos, habría de emparentarse para los griegos, necesariamente, con matices éticos o morales. La portada del Charlie Hebdo contrasta en su magnanimidad con el trasfondo contextual en el que se enmarca: el portaviones Charles de Gaulle salió para combatir el Estado Islámico (IS). Dicen hacer justicia. De la experiencia moral (el perdón es siempre un gesto privativo del individuo, de cada individuo) a la réplica política. Una réplica política que volvió a cargarse de motivos (desconozco si razones) para expresar otro eslogan inmediato: "han atentado contra los valores del República", signifique esto lo que signifique. Al mismo tiempo, las redes sociales se poblaban de mensajes cruzados: Je suis Charlie, Je ne suis pas... Ya conocen el adagio hamletiano: ser o no ser. Un perdón, una República, unos valores y, sobre todo, incontables voces ciudadanas recíprocamente críticas que cuestionan la univocidad de la invocada identidad moral. ¿Hay o no que decirse Charlie? En el fondo, lo único relevante es el sentido que trasparece en las afirmaciones ya que, si somos realistas, nadie, propiamente, puede ser Charlie. Las víctimas (así nos lo recuerdan todos los memoriales por tantos caídos) han de tener siempre nombre y apellidos. De ahí la importancia de dar sepultura a los finados, que no es otra cosa que darles un nombre de una vez por todas.

Desde 1789 los valores republicanos franceses se han destacado como firmes candidatos para imponerse como valores europeos, occidentales e incluso universales. Recordemos que aquella fue la Declaración de los Derechos lo fue del Ciudadano pero también del Hombre. Antes que Hollande, algunos otros, tan insignes como Valéry, quisieron rastrear los orígenes de aquella identidad paradójicamente mestiza.  Lo hemos oído muchas veces: Atenas, Jerusalén y Roma. Tres ciudades que se evocan como símbolos de una superioridad moral y civilizatoria al abrigo de la cual en demasiadas ocasiones se mancillaron los valores que en apariencia intentaban defender (piensen en Napoleón y recuerden la campaña de Egipto). Pero volvamos a los símbolos, esto es, volvamos al perdón, a la ciudad y al mestizaje. Al leer la portada del Charlie Hebdo no he podido dejar de recordar al más francés de todos los franceses: judío y ateo, africano y europeo, argelino y francés. Hablo, naturalmente, de Jacques Derrida. El padre de la deconstrucción alumbró, entre otras paradojas inspiradoras, aquella exhortación en la que invitaba a perdonar lo imperdonable. Sólo así merecería la pena, sólo así el perdón asaltaría –con permiso de Camus- la lógica de la justicia, tan romana, para abrir paso a una nueva forma de experiencia moral radical y que  habría de unir por siempre París y Jerusalén. Acaso debamos recordar en esa invocación de los valores republicanos una herencia completa y que hoy sólo evocamos de manera truncada. Frente a la justicia y su cómputo entre la culpa y la condena resultará perfectamente fiel recordar la ortodoxia del perdón y la misericordia. Así hablaron los judíos de Geburah pero también de Jesed, el perdón sin causa y sin medida, sin expectativa retributiva ni cómputo del daño. No nos confundamos, la justicia es, desde Ulpiano, una forma de cálculo, una estrategia transaccional que tasa la venganza y que exige pronunciar un pronombre posesivo: suum cuique, a cada uno lo suyo.

Frente a esa lógica merecerá la pena analizar el lenguaje para volver a descubrir aquella otra gramática, esencialmente económica, que nos habla del dar y el recibir. Derrida supo servirse de otro idioma extranjero para jugar e interpretar los implícitos velados en la lengua inglesa: forgive y forget. Si en la lógica judeocristiana dar siempre fue más que el recibir, el valor del perdón descansará en el no olvido como forma de lucidez. No puedo perdonar aquello que olvido ni puedo olvidar aquello que ya no recuerdo. De ahí a declarar la guerra hay un paso, si me permiten, insalvable. Europa no puede reivindicar su identidad moral de un modo selectivo sin cometer una deslealtad consigo misma aunque el pasado sea, ya saben, lo suficientemente extenso como para devenir contradictorio. Perdón o justicia, misericordia o reparación, Roma o Jerusalén. Para quien sea inmune a cualquier vindicación ética siempre quedará la historia y la estrategia. Y recordemos, esto es, no lo olvidemos: la guerra siempre la pierde quien tiene más que perder.