Otras miradas

Del estado de alarma al estado de terror

Xoán Hermida

Director do Foro OBenComún

Vista del Paseo de la Castellana de Madrid prácticamente desierto durante el estado de alarma. REUTERS/Sergio Perez
Vista del Paseo de la Castellana de Madrid prácticamente desierto durante el estado de alarma. REUTERS/Sergio Perez

Desde El inicio de la crisis, provocada con la aparición del Covid19, la actitud de la práctica totalidad de los medios de comunicación ha sido la misma, y aquí de la igual que habían sido pro o antigubernamentales, tengan su línea editorial más escorada a la izquierda o más a la derecha, porque case ninguno se sale del guión establecido.

Se instaló una especie de pensamiento único amparando en el redescubrimiento del ‘método científico’, convertido este en una nueva religión. Leyeras el periódico generalista que leyeras creías estar pasando las páginas del New England Journal of Medicine. Incluso los periódicos deportivos parecían haber fichado a la redacción del American Journal Of Preventative Medicine.

Nunca hubo tanto divulgador científico, que te advertía lo que se podía o no cuestionar, dispuesto a convertir a cualquier persona crítica, aunque estuviera avalada por una trayectoria profesional e investigadora incuestionable, en meros ‘negacionistas’.

El objetivo, procurado o no, ha sido crear un estado de pánico en una parte mayoritaria de la población que, una vez fanatizada en la nueva religión, no tienen límites a la hora exigir a las autoridades medidas ‘preventivas’ más allá de lo razonable e, incluso, la prohibición de las opiniones discordantes, por ‘peligrosas’ para las mentes. Hace meses en un artículo publicado en Público ya alertaba de lo peligroso de la infantilización de la población. Una sociedad menor de edad no tiene capacidad de discernimiento y son otros los que tienen que decidir por ellos, y para eso ya están los nuevos sacerdotes.

Además los gobiernos, central y autonómicos, se han dejado arrastrar por ese ambiente de ‘más madera’ para tapar el escándalo de las gestión de las residencias de ancianos.

Y antes de que se me incluya en la lista de ‘negacionistas’ y se me realice el oportuno auto de fe diré a mi favor, aunque ya sé que eso en tiempos de fanatismo poco importa, que sí creo en el Virus. Que me formé en una visión ilustrada de la realidad. Que soy ateo y no creo en nada que no esté testado empíricamente (diría más, mi pensamiento lo definiría como 'dialéctico de carácter empírico porque me parece nefasta esa denominación de 'materialismo dialéctico', que roza la religión, e inventó un doctrinario llamado Plejanov y que la mayoría piensa que es la denominación del pensamiento del ilustrado Karl Marx).

Pero a partir de esta proclamación de defensa a la ciencia, que más se espera. ¿Acaso el principio del método científico no pasa por cuestionarse todo, incluso lo ya evidente, en la búsqueda de una explicación cada vez más ajustada a la verdad física, química o matemática? ¿Hubiera avanzado la ciencia, de la forma que lo hizo en los últimos 200 años, si no se hubieran cuestionado muchas de la evidencias dadas por correctas?

La realidad es que el virus avanza a la par en unos países y en otros a pesar de los diferentes enfoques que han dado las autoridades (en este tiempo vimos como gobiernos que resultaban ejemplares en la contención del virus se  convertían, de la noche a la mañana, en nefastos, y viceversa) o de los comportamientos, cívicos o no, de sus poblaciones (y aquí quiero señalar como tras tres meses de confinamiento ejemplar de la sociedad española ahora se nos quiere trasladar la idea de que somos ‘latinos’ y no tenemos remedio. Una vez más a infantilización, junto con, en este caso, un punto de xenofobia).

Hagamos repaso de lo visto hasta ahora, apartando el foco de la pandemia. Oscurantismo de la mayor parte de las autoridades globales, con especial atención al modelo totalitario chino. Los vaivenes casi diarios del oficialismo científico y una OMS desacreditada.  Una pésima gestión de los gobiernos, que indistintamente del color político han avanzado en los recortes a la sanidad y a la investigación pública. Un homicidio institucional de personas mayores amparado en la ‘nueva’ cultura de menosprecio a  las ‘cosas de los viejos’. Una vicepresidencia fake de asuntos sociales desaparecida más allá de alguna propuesta tan aparente como inútil. Gobiernos autonómicos gestionados por personajes nefastos como Ayuso o Torra. En resumen, unos líderes más preocupados en desgastar al gobierno, cuando están en la oposición, y en atrincherarse, cuando están en el gobierno; que en resolver los problemas de la gente. No creo necesario seguir.

¿Que nos queda por delante?

La crisis sanitaria va a continuar porque la salud es algo holístico, que afecta a la química y a la física del cuerpo, pero también al ‘espíritu’. Necesitamos armonía, como individuos, y como sociedad, y para eso precisamos equilibrio profesional, intelectual y emocional, y las medidas que se están tomando no ayudan. Podremos acabar en dos años, como pronostica la OMS, con el virus, pero tendremos un problema de salud inimaginable, con nuevas patologías en las personas y con una sociedad ‘enferma’, infantilizada y desconfiada, sin lazos de humanidad.

Vamos a una crisis económica y social profunda,  que no va a tener ninguna recuperación en V ni en U, porque para eso sería necesario una normalidad emocional para repensar una nueva economía, partiendo de la reconstrucción de lo existente y atisbando nuevas formulas. Pero en este clima de miedo es imposible. La irresponsabilidad con la que se ha actuado sobre el estado de ánimo de la gente ha sido el peor factor para el desplome económico (portadas como la del periódico ‘El País’ del 23/08/2020 actúan de ‘quintacolumna’ contra nuestro futuro colectivo).

Hace tiempo que la coordenada izquierda-derecha explica muy poco. Esta crisis vino a corroborar esto.

¿Donde ha estado la izquierda durante esta crisis? ¿Qué alternativas ha formulado? Hace tiempo que la izquierda a nivel global ha desaparecido porque no existe alternativa sin una apuesta global y hace tiempo que la izquierda le preocupa solo los asuntos locales y la gestión y abandonó el campo de la mundialización.

Y a nivel local donde gobierna, dejando a un lado casos escalofriantes como Argentina, se ha convertido en la ‘liebre’ de los poderosos. Tomando la temperatura social con medidas que otros sí están dispuestos a llevar a cabo sin un mínimo de construcción transgresora. Expresando en voz alta lo que otros no se atreven a decir sin mostrar la más mínima empatía, ética o estética, por los que están sufriendo (las declaraciones de Alberto Garzón del 22/08/2020 sobre un nuevo confinamiento global son ilustrativas).

Tras unos años de oxigenación política, donde parecía que se situaban nuevas agendas y nuevos parámetros de actuación la política en general, y la izquierda en particular, vuelve a sus parámetros doctrinarios y a sus respuestas burocráticas.

La apuesta de una parte importante de la sociedad civil por incorporarse a la política institucional ha fracasado, dejando un campo yermo que está favoreciendo el crecimiento de malas hierbas. Tendencia que se agudizará aún más en los tiempos duros que nos esperan.

Toca tejer comunidad. Reconstruir lazos afectivos entre la gente, poner las emociones al servicio de la causa pública, abrazarnos y tocarnos antes de que nos olvidemos de que somos seres sociales.

No se trata de volver a acumular masa crítica para de nuevo crear interfaces políticos populares. Debemos convivir con los interfaces existentes, no jugando al desgaste de las instituciones, sino por el contrario protegiéndolas de los ataques de sesgo autoritario, pero creando contrafuertes cívicos que permitan tener una acción influyente sobre derechos civiles y sociales.

Construir redes de solidaridad para salvarnos, porque hoy por hoy todos somos vulnerables.