Otras miradas

La izquierda portuguesa, la izquierda española y la pandemia

Xoán Hermida

Doctor en Gestión Pública y Director del Foro ObenComún

El primer ministro de Portugal, Antonio Costa. EFE/EPA/JOHANNA GERON
El primer ministro de Portugal, Antonio Costa. EFE/EPA/JOHANNA GERON

Si Portugal tuviera la misma población que España, y con los datos a inicios de septiembre y en pleno ‘repunte’ epidemiológico, estaría alrededor de los 280.000 positivos de Covid19. Muy lejos de los más de 500.000 que ya computa el Ministerio de Sanidad español (prácticamente la mitad). En la mortalidad la diferencia aún sería mayor: alrededor de 9.000 muertos, en lugar de los cerca de 30.000 (tres veces menos).

La tasa de mortalidad sobre afectados ronda en el país vecino el 3%, mientras que en España es casi del 6%. Cabe hacer una observación importante que he comentado en anteriores artículos: la tasa de mortalidad está hoy muy por debajo del 1% y solamente sí se mantiene el conjunto en esos niveles tan altos es porque la tasa durante marzo y abril llegó la rondar y, incluso, a superar el 10%.  En algún momento sabremos sí ese nivel de mortalidad, que al fin y a la postre fue la que generó la alarma social existente e hizo tomar medidas drásticas, se debió a un abandono de nuestros viejos o a la incorporación de las estadísticas de la gripe en el cómputo, o a las dos. En todo caso esa necesidad de información transparente sigue pendiente.

Portugal y España son países con características ambientales, sociales, culturales y sanitarias similares.

Los portugueses pasaron un confinamiento menos estricto en tiempo y forma. Seguramente eso tenga que ver con que sus sectores estratégicos económicos estén a día de hoy menos dañados (la variación interanual del PIB ha sido del -16,5% frente al -22,5% español) con lo cual la pérdida de salud, derivada de la crisis social y del aumento de la pobreza, va a ser menor. Viven, sin duda, el problema del Covid con menos ansiedad y menos sobresaltos e histeria colectiva. En Portugal es fácil reconocer un turista en la calle por la utilización de la mascarilla. Los portugueses la utilizan en los lugares cerrados y en los transportes, siendo menos frecuente, incluso en ciertos espacios irrelevante, su utilización al aire libre.

La evolución política de ambos países ha seguido, en los últimos años, caminos paralelos.

Ambos tienen gobiernos progresistas sustentados sobre acuerdos con fuerzas de la izquierda. Adelantando Portugal en unos meses lo que después acontece en España, pero con algunas diferencias importantes.

En las elecciones generales de octubre de 2015, el PS fue la fuerza progresista más votada aunque perdió las elecciones. En la misma noche electoral PCP y Bloco confirmaron su disposición para facilitar la investidura del candidato socialista, António Costa, y semanas después aprobaban un programa de gobierno de izquierda pero solamente con el PS en el ejecutivo, toda vez que PCP y Bloco convenían que en ese tiempo de contraofensiva neoliberal a nivel continental debían tener las manos libres para ejercer su capacidad de impugnación. El conocido como gobierno ‘gerigonça’ echó a andar con bastante capacidad de incidencia de los socios izquierdistas.

Dos meses después las elecciones generales en España daban la victoria al PP, pero en un escenario de fragmentación insólito a raíz de la irrupción con mucha fuerza de los partidos de la nueva política: Ciudadanos y Podemos, en este último caso con sus alianzas territoriales. La posibilidad de conformar una mayoría parlamentaria distinta al PP fue abortada, en dos ocasiones, y tras un período de gobierno en funciones el candidato del PP, Mariano Rajoy, salió invertido presidente durante dos años en los que se agravaron las políticas de ajustes sociales y recortes de libertades civiles (además de enquistarse el conflicto catalán).

En 2019 los portugueses y los españoles volvieron las urnas.

El PS ganó esta vez las elecciones en Portugal y los acuerdos con PCP y Bloco pasaron a ser puntuales, lo que no impidió que en dichos acuerdos siguió funcionando con alguna dificultad una mayoría de progreso.

En España, el PSOE ganó las elecciones pero la incapacidad para llegar a acuerdos a su derecha, por la cerrazón de Albert Rivera (que acabaría pasándole factura), y a su izquierda (con unos líderes de UP más preocupados por ocultar con la entrada en el gobierno su fracaso en las urnas que con atender las demandas mayoritarias del pueblo), obligó a una repetición electoral.

Aquí el camino político de Portugal y España comienza a bifurcarse.

En el país vecino con una izquierda centrada en el desarrollo de proyectos estratégicos, en algunos temas con diferencias importantes, con capacidad de movilización social resiliente, y con una extrema derecha anecdótica.

En España con una izquierda anclada en el tacticismo puro y duro, con una desmovilización social sin parangón, y una extrema derecha en auge tras darle dos oportunidades electorales y unas cuantas bazas políticas increíbles.

Y en esa situación llegó el 2020 y con él la pandemia que, como ya comentaba en la primera parte de este artículo, está a tener una radiografía diferente en los dos países.

La forma con que los representantes políticos portugueses y españoles abordaron el tema fue totalmente diferente tanto en la izquierda como en la derecha. Diferencia que tiene que ver con la cultura democrática del país vecino y de la ausencia de la misma en el nuestro. En Portugal las diferencias políticas de carácter estratégico son profundas, incluso en el campo de la izquierda, pero a la hora de enmarcar la crisis todo el mundo hizo un esfuerzo por procurar marcos de consenso que no debilitaran la confianza de la ciudadanía en las instituciones (¡lo mismito que aquí!).

La diferente visión que la izquierda portuguesa tiene con respecto a izquierda española (incluida a nacionalista periférica) sobre la Pandemia del Covid19 tiene que ver, además del grado menor de alarmismo con el que se vive la situación en Portugal, con la evolución cultural con que la española ha desarrollado su conciencia política y su modelo de intervención y, en última instancia, su formato de organización.

Tras demasiados años desorientada la izquierda encontró en el 15M una posibilidad para su reconstrucción y reencuentro con la realidad en base a dos llaves: la capacidad para abrir un mayor abanico de acogimiento político (sobre una transversalidad social, y no una aceptación ideológica) y la nueva interpretación de la participación democrática en base a superar las estructuras de poder dominadas por camarillas.

Era de prever que con una izquierda desorientada, por la pérdida de referentes históricos, doctrinaria, con ausencias intelectuales individuales y colectivas importantes, y con unos niveles grandes de sectarismo, fruto de una escasa cultura democrática, el resultado no invitaba al optimismo.

Pero difícilmente era imaginable que en menos de cinco años se hubieran podido dilapidar unas expectativas tan altas.

El carácter líquido de la nueva participación conllevo directamente a la liquidación de la cultura del compromiso, incluso –siempre necesario reafirmar- asimilado a un cierto grado de sacrificio personal, que durante la transición habían inculcado fuerzas más hegemónicas como el PCE o PSUC, u otras más minoritarias como MC, LCR, PT, UPG, etc.

El nuevo activismo virtual debilitó el tejido organizativo de la izquierda y, en lugar de favorecer una mayor socialización en la toma de decisiones, supuso una elitización extrema en la toma de decisiones. Las bases de los proyectos sustituían las reuniones por la decisión telemática pero un grupo reducido, coaptado en última instancia por el líder, seguía reuniéndose y tomando las decisiones que corresponderían a la afiliación o las bases electorales de los partidos. Favoreciendo a la postre, comportamientos caudillistas.

Además esta nueva realidad ‘líquida’ asestó el golpe definitivo a las organizaciones sociales de carácter popular y se desmanteló la ya de por sí endeble estructura civil del cambio.

Estas tendencias negativas en la izquierda española vinieron a reafirmarse con la pandemia que sirvió de excusa para apagar los pocos focos de conexión entre la izquierda institucional y la izquierda social, entre los necesarios nodos de intercambio de información y experiencias, entre las diferentes iniciativas resistentes de la sociedad civil.

Asistimos a una crisis de carácter sanitario, que ha puesto en evidencia las limitaciones sociales de la recuperación de la anterior crisis y mostrado la necesidad de reformas estructurales en el modelo productivo y de consumo.

Pero además de la crisis sanitaria y económica, existe una crisis democrática. Mientras la izquierda española no sea quien de formular, al igual que lo hace la izquierda portuguesa, que estamos delante de una crisis política no dejará de estar gestionando, con mayor o menor acierto, un programa político que va a ser la derecha quien lo culmine tras un triunfo electoral sin precedentes.

La izquierda portuguesa y española están abordando elementos centrales de esta crisis como las libertades públicas, la reordenación de las relaciones de producción y el teletrabajo, la regulación de ceses temporales de actividad,... de manera diametralmente diferente. Para la izquierda portuguesa estamos delante de un nuevo capítulo en el decrecimiento democrático y desregularización de las relaciones laborales que hay que frenar (etapa de resistencia), mientras la izquierda española, encantada de conocerse, como capitanes que hace tiempo perdieron la tropa, están lanzadas en una ofensiva atolondrada de avance de imaginarios, por no contrastables en la mayoría del casos, derechos. Una izquierda más preocupada en ajustar cuentas con la transición que en utilizar la nueva etapa de crisis para asentar consensos alrededor de derechos (empezando por dar respuesta adecuada a los familiares de 20.000 personas muertas en nuestras residencias hace unos meses sin prestarle el debido derecho de socorro).

El secretario General del PCP, Jerónimo de Sousa, en el mitin de la Fiesta del Avante, convertido en este 2020 en un espacio de resistencia frente al miedo, expresó con la claridad que a veces le falta a la izquierda española, que de igual manera que "todo hicieron y todo hacen para ayudar a resolver los problemas del país de los trabajadores y del pueblo, todo harán en la lucha general que se traba contra la COVID-19. Pero no cederán al miedo real o inducido a través del pánico orquestado que pretende aislar a las personas, quebrar solidaridades de clase y sociales, para que los trabajadores acepten dócilmente hacer sacrificios, abdicar o aceptar la limitación de sus derechos y condiciones de trabajo y de vida y hasta de su libertad."

En tiempos de pandemia es necesario recordar que sin posibilidad de encuentro físico la izquierda no existe. Sin acompañamiento real no hay sociedad. Sin dialogo y contraposición de ideas en la ágora pública la democracia se desvanece.