Otras miradas

Los abrazos

Ana Bernal-Triviño

Pixabay.
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Tenía este artículo guardado desde hace unos meses en el ordenador porque no estaba convencida del momento. La actualidad nos pisa tanto los talones que no deja reflexionar casi nunca sobre lo cotidiano o lo que necesitamos. 

El año pasado, un día como hoy, me lié la manta a la cabeza y llevé a mis padres y a mi hermana a Roma a ver el año nuevo. Como cada vez que piso esa ciudad me acerco a abrazar las columnas del Panteón. Me ocurre también en el Coliseo. Puede ser porque me parece increíble que sigan ahí, en pie, resistiendo a pesar de los golpes y los siglos. Hay quien puede reírse pero para mí es un momento de conectar con toda la historia que la sostienen. Supongo que ese abrazo es como un intento de rodear la emoción, la ternura y el vuelco en el corazón que me produce verlos cada vez que voy. Y tomar conciencia de que estoy allí, viva, y disfrutando de verlos.

Recordaba ahora cuando, en esta pandemia, Islandia animaba a su población a abrazar árboles para superar los efectos del distanciamiento social. Quien ha abrazado árboles conoce esa sensación de bienestar y de poner los pies en la tierra. Abrazar, muchas veces, es una salvación. Y este año ha sido un desafío. Querer y no poder. El doble desafío fue tener a mi madre en el hospital en dos ocasiones casi al límite y reprimir las ganas de abrazar cuando te la devuelven a la vida. Durante la pandemia también previmos alternativas para abrazarnos, como envolvernos en una bolsa de basura de comunidad, cual EPI casero, pero siempre lo descartábamos por miedo al contagio.

La pandemia nos ha robado muchos instantes. Pero también sé que, antes, he vivido más de diez años donde la pobreza o precariedad me robaron aún más que el virus. Más de una década de vida perdida. Como de lo malo siempre se aprende, todo aquello me ha ayudado a gestionar la ansiedad de esta pandemia. Por eso, muchas veces, me sigo rebelando frente al futuro cuando se enquista, como este año, porque no puedo recuperar todo lo perdido. Y a la vez me conformo y me siento suertuda porque sigo viva y con techo y comida. Pero cada día intento recuperar parte de aquello, aunque sea en pequeñas cosas.

Aún con todo lo feo, quizás este 2020 ha tenido algo bonito para alguien o para mí: recuperar a una persona gracias a la ciencia, un encuentro aunque fuera a dos metros, volver, volver y volver a tantas cosas, probar de nuevo un pastel, ver que me seguían esperando las rocas de mi playa, los atardeceres de Cádiz, respirar fuera de casa, un nacimiento, un divorcio liberador... Cumplir cuarenta me ha puesto aún un poco más la conciencia del carpe diem y de hacer las cosas "ya". De decidirme cuando las tengo delante. De aprovechar cuando vienen puestas en bandeja, cuando los caminos se cruzan y las oportunidades surgen. Antes de que parta otro tren, quizás, sin billete de vuelta, porque eso nunca se sabe.

He recuperado este texto porque el sábado escuchaba a la admirada Laura Riñón, de la librería Amapolas en Octubre, hablar con mi querido Máximo Huerta sobre los abrazos. Soy como ella. Me gusta el abrazo bien dado, apretao. Fuera de mi familia, no doy tantos abrazos. De pequeña, sí. Me gustaba mucho achuchar pero, con la edad, las puñaladas por la espalda me hicieron marcar distancias para que el afecto no dependa de nadie que luego traicione. Es como un perímetro de seguridad, de protección.

Eso sí, hay abrazos de compromiso, de esos de los que te escurres pronto. Pero yo hablo aquí de abrazos de verdad. Tardo en decidir abrazar a alguien así. El beso siempre me ha parecido algo más protocolario en los encuentros, pero el buen abrazo es como un medicamento. El buen abrazo es capaz de juntar todos los trocitos en los que te has roto. El buen abrazo es sentirse protegida, como la cueva en la que refugiarse o el abrigo en el que envolverse ante el frío.

Los abrazos no se piden porque las ganas tienen que ser recíprocas. Por eso es tan mágico cuando ocurre justo en ese instante. Y hay abrazos que tienen un tiempo. Abrazos que se daban intensos en momentos, ahora pueden quedar en una debilidad. Abrazos de alegría ahora pueden ir con lágrimas de tristeza. Abrazos de pasión ahora ya pueden ser fríos. Hay abrazos de primer encuentro que, a la vez, cuando lo das, sabes que es el último. Abrazos de primera y despedida. Y quizás hay abrazos que se pueden retomar pero otros no, porque el momento pasa de largo. Abrazos con fecha de caducidad, porque el tiempo pisotea por encima el instante exacto para darlos. Y, entonces, ya no es el mismo abrazo que imaginabas porque ni siquiera las personas son ya las mismas.

Pienso en las doce uvas de fin de año, que a veces me dan mucha pereza. Hoy  cambiaría las doce uvas por doce abrazos. Como repetiría muchos de ellos, con mis hermanas y padres, quizás llego al cupo. Y si hubiera forma de abrazar a los míos que ya no están, necesitaría más de doce y me recolgaría a ellos sin soltarme.

Pero si tuviera que elegir en este año, recuerdo dos que quise dar y que no pude. Y que pesan. Son abrazos de despedida, porque los de reencuentro con quienes quiero los tengo garantizados. Son abrazos que se escaparon. De esos que yo tenía en la lista de urgente o no demorables y se quedaron en lista de espera.

Uno era para José María Calleja. La última vez que coincidimos teníamos tanta prisa que nos despedimos de lejos, entre risas, y simulando un abrazo rodeándonos con nuestros brazos cada uno. A la próxima, me dije. Ya no hubo próxima oportunidad. Creo que incluso él sabía que tenía tantas ganas de un abrazo para despedirnos que, dos meses después de irse, nos lo dimos en un sueño. Apareció, me dijo que ya no podía volver y me abrazo muy fuerte. No sé cómo pero yo sentí como si fuera verdad, como si tocara su espalda, y mi cabeza, apoyada en su cabello con caracolillos, asomara tras su hombro. Quizás es un autoengaño pero quiero pensar que nos despedimos. Y luego tenía un abrazo de esos que das por seguro pero que se cae entre planes, promesas imposibles de cumplir y obstáculos. Y las ganas se confunden, se desatan los brazos y el abrazo desaparece. Era un abrazo prometido, que esos que esperas con ganas, en los que quieres apretar hasta asegurarte que late su corazón y dejar ir. Y al final, cuando asumes que no, te queda esa sensación de cuando esperabas tu deseo preferido en la mañana de Reyes y luego no estaba...

La vida te pone y te quita gente. Y la vida te quita abrazos y te pone otros. Es una fortuna caer en unos brazos que abracen de verdad y con la verdad por delante. Sin condicionantes. Todo el mundo sabe lo que es abrazar de verdad porque un buen abrazo tiene tiempo e intensidad. Donde quieres estar diez segundos más sostenida con fuerza y donde no quieres que te suelten. Eso es.

Ojalá que en 2021 los abrazos que esperan, se cumplan. Creo que es un buen propósito.