Otras miradas

¿Dónde está el germen de esta violencia?

Juan Pagola Carte

Profesor de Comunicación. Universidad de Deusto

Escribo estas líneas, por la noche, cuando los canales 24 horas reproducen las imágenes de los incidentes que se están repitiendo, por cuarta jornada consecutiva, en las calles de distintas ciudades en protesta por la detención del rapero Pablo Hasél. En ellas, se ve a una juventud enfervorizada quemando contenedores, lanzando adoquines y enfrentándose cuerpo a cuerpo con la policía. La estética, no los motivos ni el adversario, puede asemejarse a la que protagonizó la juventud de Hong Kong desde 2019 contra la ley de seguridad que quería imponer el gobierno chino. Y también con cierta distancia, por la gravedad y sus causas, a la que encabezaron antes de la pandemia los jóvenes chilenos contra el gobierno de Sebastián Piñera, y que fueron respondidas con fuerza extrema por los carabineros.

En todas ellas, el detonante es una anécdota, una historia particular, un encontronazo nefasto, o una pequeña chispa que prende la hoguera. Pero, detrás de la mecha se encuentra el combustible silencioso, agazapado, imperceptible, escondido… Como afirmaba un empresario en las protestas chilenas, debajo de todo pervive "un terremoto silencioso" que se agita de vez en cuando. Pero, ¿cuál es esa grieta inestable que alienta la violencia?

La violencia impulsiva y desenfrenada es la punta de un iceberg de gran magnitud. La hemos visto en las protestas de adolescentes, y no tanto, por el cierre de los bares durante estos meses, en Alemania, en Francia, en nuestras calles… incluso en el asalto ultra del Capitolio de Washington en enero. ¿Cuál es el problema? ¿El cierre de los lugares de ocio y consumo? ¿Una llamada de atención a las élites institucionalizadas de que el desgarro social es grave? ¿Un grito de impotencia ante el futuro? ¿Un gesto de desesperanza?

Es un fenómeno de carácter multifactorial. Pero, en el que se evidencia un profundo malestar y desasosiego. Las causas hay que buscarlas en los índices de paro juvenil, en el despliegue de un ocio desmedido que pretende escapar de una realidad agobiante, en la incapacidad de esta juventud para alumbrar un futuro con proyectos estables de vida, en la soledad a la hora de encontrar apoyos en una sociedad que se preocupa por lo suyo, en la desconfianza en unas instituciones que no están mirando a la ciudadanía sino a sí mismas… Como señala Innerarity (Pandemocracia, 2020), esta crisis "nos encuentra con un sistema político infradotado de capacidad estratégica, demasiado competitivo, volcado en el corto plazo, oportunista y con escasa disposición a aprender".

En el caso que ahora nos ocupa, un hecho delictivo que ha imputado y condenado a un rapero por enaltecimiento y justificación del terrorismo. Las protestas se multiplican en defensa de la libertad de expresión. Pero, en realidad están diciéndonos que Hasél, a pesar de todo, es más creíble y genera más confianza que el tribunal que lo condena o la clase política que lo denuncia. Están corroborando que la legitimidad que tiene este artista para mucha gente es mayor que la que poseen las instituciones que gestionan nuestras vidas y administran la información oficial: la monarquía, el poder judicial, la clase política, los medios de comunicación…

La opacidad y la generalización de la mentira en el abordaje de los grandes retos que afronta nuestro tiempo no ayudan. La ciudadanía desconfía porque casi nadie le cuenta la verdad. Y esto también genera enfado y desafección. Y cuando llega el rapero y narra esa realidad sobria, aunque lo haga de forma desafortunada y violenta, engancha. Porque quedan pocos asideros a los que agarrarse.

Por supuesto, y sin ningún ánimo de justificar los actos incendiarios, el vandalismo y la violencia callejera, éstos se convierten en el reflejo de una realidad más compleja. Si enfocamos el debate exclusivamente en las escenas violentas de un pequeño grupo de energúmenos, estaremos cubriendo de un humo denso el verdadero problema y ocultando la verdad.

Y precisamente, nuestros actuales gobernantes no son referentes de un liderazgo modélico y pacificador. Ellos, que además de gestores debieran ser ejemplo de comportamiento y moralidad, son los adalides del enfrentamiento, el improperio y la instigación. Como señala Christian Salomon, en la actual "era del enfrentamiento" se ha impuesto la dinámica del caos narrativo, que rentabiliza y obtiene réditos del conflicto marrullero y del exabrupto, mirando a cámara, y sume en una profunda crisis la idea de consenso.

¿Cómo es posible que la ciudadanía gestione sus conflictos y frustraciones de forma pacífica si lo que ve en la mayoría de parlamentos del mundo es crispación y ausencia de respeto por el adversario? ¿Cómo se pretende que la gente actúe civilizadamente si las metodologías para el logro de acuerdos están en declive? ¿De qué forma podemos atajar las verdaderas causas del desaliento y la falta de esperanza?