Otras miradas

Y cuando despertó, el muro de la vergüenza seguía allí

Luca Chao

Politóloga, experta en migraciones internacionales y feminista. Exdiputada de En Marea

Miembros del ejército ayudan a dos inmigrantes a su llegada a la playa de El Tarajal, junto a la valla fronteriza , en Ceuta este miércoles.- EFE

Un día y medio. Apenas treinta y seis horas fue el tiempo que duró la retirada de la gendarmería marroquí de la frontera de Ceuta. Treinta y seis horas en las que unas ocho mil personas, muchas de ellas niños, menores solos, pudieron cruzar la frontera cargadas de esperanzas, persiguiendo el sueño de tener una vida mejor. En un mundo colonizado, que escribió Frantz Fanon, la línea divisoria entre las dos partes que lo componen, la frontera, está indicada por los cuarteles y las delegaciones de la Policía. Así, en un nuevo capítulo de chantaje del gobierno dictatorial de la monarquía  alauita (conviene tenerlo presente), la frontera diluida duró tanto como la retirada militar. Treinta y seis horas, treinta millones de euros y un tirón de orejas de la Unión Europea después, todo vuelve, esto sí, a la vieja normalidad.

Una vieja normalidad en la que Marruecos colabora con los estados europeos para que los miles de personas que tratan de llegar a nuestras costas queden fuera de las cámaras de televisión y los debates públicos y lejos, cuanto más mejor, de nuestros territorios. Se trata de la conocida como externalización de las fronteras, nombre que engloba toda una serie de acuerdos y políticas encaminadas a desplazar la gestión de las lindes europeas cara el Sur, para evitar la llegada de personas refugiadas e inmigrantes.

España asumió este tipo de política migratoria en el año 2004, desarrollando un importante dispositivo de seguridad que antepone el control fronterizo al respeto debido a los derechos humanos, y descansa en la colaboración necesaria de los países de tránsito. Países que tradicionalmente han servido como paso intermedio y necesario de aquellas personas que trataban de emigrar y hoy son las encargadas de impedirlo. Quien acepte hacer de cancerbero será, por supuesto, económicamente recompensado. Una suerte de subcontrata de control de fronteras en la que decidimos pasar por alto la letra pequeña sobre el modo en que se ejecutará el trabajo sucio. No se puede alegar desconocimiento. Así lo llevan advirtiendo durante años organizaciones como CEAR o  Human  Rights  Watch que denuncian el mal trato reiterado que nuestros socios en esta materia, Libia, Níger y por supuesto también Marruecos, dispensan a las personas  migrantes.

Los millonarios acuerdos de este tipo firmados con la autarquía alauí, treinta millones aprobados en el consejo de ministros del pasado martes, en plena crisis humanitaria en Ceuta, no están pensados para tratar de mejorar la vida de las personas que tratan de emigrar, sino que van dirigidos a alejarlos de nosotros, cueste lo que cueste. Y lo que cuesta son, demasiadas veces, vidas. El gobierno marroquí ingresa ese dinero, más el de la UE, a cambio de "mantener el control". Un control que implica armas, concertinas, muros, devoluciones en caliente, abandonos de las personas  migrantes en lugares inhóspitos y alejados de las costas, palizas, dolor, sufrimiento y muertes. Muchas muertes.

La  externalización de las fronteras, siempre al amparo de un nuevo enfado y chantaje del gobierno marroquí, ni es humana ni es eficaz. Pagar para evitar la llegada de personas que huyen de sus hogares es tan poco digno como jugar con las vidas de la gente para sacar tajada en el tablero geopolítico. La lógica es la misma, defender ciertos privilegios sin mirar atrás.

El blindaje fronterizo no es un remedio mágico, no resuelve nada, simplemente oculta lo que está pasando. No hay muros capaces de contener los sueños ni la desesperanza. Por supuesto tampoco seremos capaces de levantar muros lo suficientemente altos para sepultar la pobreza y la desigualdad enorme que caracterizan la frontera Sur.

Mientras sean tolerados y amplificados, los discursos de odio xenófobos que insisten en incrementar los muros y alambradas seguirán costando miles de vidas. Según los datos de la Organización Internacional de las Migraciones, más de 20.000 personas perdieron la vida tratando de cruzar el Mediterráneo desde 2014. Auténtico cementerio colectivo en ese que otro día había sido Mar Común.

A pesar de ello, el nuevo pacto Europeo de Migraciones y Asilo que tenemos sobre la mesa desde septiembre del pasado año, no cambia en nada sustancial el panorama. A pesar de reconocer su fracaso en los últimos años, la tan ansiada política común europea en materia migratoria solo insiste en el blindaje, el retorno rápido y la solidaridad selectiva. Una fortaleza Europea cada vez más vieja e insensible, alejada de aquellos grandes principios que dice defender. En su deber se encuentran las necesarias inversiones en origen, la protección de la infancia que viaja sola, un mecanismo rápido y común que verdaderamente garantice el derecho al asilo y al refugio, la apuesta por vías seguras de entrada, los urgentes visados humanitarios, el refuerzo de las políticas de integración y el compromiso con medidas de  reasentamiento y  reagrupación familiar.

La política migratoria no se improvisa. No es sencilla. Ni de consumo rápido. Cuestiones complejas exigen mirada larga y no atender a las urgencias que los ultras disfrazados de patriotas nos imponen mientras sacan la calculadora electoral.

El martes, mientras los mensajeros del odio clamaban contra el gobierno de España, por la soberanía nacional y todos los ejércitos; otros buscaban en la hemeroteca responsabilidades en Pablo Iglesias. En ese otro mundo posible que existe aquí mismo, otras personas, alejadas del ruido mediático se metían en el agua para ayudar y brindar consuelo y esperanza.

Y entonces una no puede más que recordar la pregunta del Poeta, Mario Benedetti, ¿Qué pasaría si de pronto dejamos de ser patriotas para ser humanos?