Otras miradas

Sin independentistas no hay izquierda gobernante

Jule Goikoetxea

Escritora y profesora de la UPV

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, y el líder de ERC, Oriol Junqueras (izda), durante un acto de ERC. EFE/David Borrat

La era de la democracia de partidos ha pasado, decía Mair. Los partidos actuales están empeñados en una competición tan carente de significado para la gente que ya no parecen capaces de ser el soporte de la democracia en su forma presente, sentenciaba el politólogo. El proceso de cartelización que vivimos lleva a los partidos a tener que ampliar la base de votos para ganar, si no elecciones, al menos cargos públicos ya que de lo contrario se convierten en partidos superfluos, y es en este contexto desde dónde hay que entender, por un lado, la emergencia de partidos como Unidas Podemos y Mas País y la (casi) desaparición de partidos como C’s, IU, CIU o PDeCat y, por otro, el desarrollo de coaliciones como las CUP o EHBildu.

Este último ha cumplido una década y acaba de celebrar su II Congreso en el que deja clara su apuesta por ser un partido funcional con una base programática que le permita gobernar en todo tipo de institución desde un municipalismo popular, que le ha dado ya 117 alcaldías. Hemos pasado de los partidos de cuadros del XIX, a los partidos de masas y atrapalotodo o catch all del siglo XX, y de ahí a los partidos cártel del siglo XXI, que es el siglo de la democracia del espectáculo, donde, como decía, o ganas cargos y elecciones o te conviertes en un partido superfluo. Esto último requiere un proceso de desideologización general y un aumento de profesionales y expertos en comunicación en plantilla: por eso mismo se llama la Democracia del Espectáculo.

En este panorama de cartelización el objetivo de todo partido es reforzar su parte institucional para no desaparecer, y en tanto que EHBildu es la segunda fuerza en la comunidad autónoma vasca y está negociando, entre otras, la derogación de la reforma laboral con el gobierno español, podemos decir que ha conseguido uno de sus objetivos. Pero ¿qué consecuencias tiene para el resto de partidos la entrada de EH Bildu en escena como actor negociador? Para el PNV supone una amenaza, mientras que para UP y el PSOE de Sánchez supone una esperanza.

En el caso del nacionalismo vasco de derechas es una amenaza porque después de cuarenta años ha perdido, aunque sea provisionalmente, el monopolio en la representación de "los intereses vascos" en España volviéndose, en esta legislatura, un tanto superfluo. Este hecho ha tenido repercusión en casa, donde en las últimas elecciones EHBildu ha ganado votos y el PNV los ha perdido. La primera paradoja es que en este momento el PNV no tiene mayoría absoluta en Euskadi sin los socialistas, mientras que en el Estado los socialistas no tienen mayoría absoluta sin EHBildu.


He aquí el quid de por qué a nadie le ha interesado, desde el fin de la dictadura, que la Izquierda Abertzale pasara de ser un partido anti-sistema o periférico, a ser un partido institucional relevante y necesario para la gobernabilidad… de España. Tradicionalmente, cuando el ganador de las elecciones estatales no tenía mayoría absoluta, fuera el PP o el PSOE, negociaba con CIU o PNV el traspaso de alguna transferencia estatutaria a cambio de que apoyaran los presupuestos del Estado, y en este sistema de mercadillo picaresco en donde se truecan leyes orgánicas como si fueran alpargatas, todo el mundo estaba contento, sobre todo quienes además de tener representación política tenían poder económico.

Pero unos años después de empezar el nuevo siglo CIU desaparece, ETA deja las armas, surge UP y se desarrolla un proceso independentista que nadie preveía en Catalunya, así que PNV, destinado a ser la pieza clave de la gobernabilidad de mercadillo, se queda, de la noche a la mañana, desencajado en el Estado, y con las mudas a la vista en casa, debido a una serie de procesos judiciales en los que sus miembros se ven involucrados y a la revelación de redes clientelares basadas en la chapuza que terminan en desastres medioambientales y con muertos de por medio.

Los constantes casos de corrupción en los partidos se suman al proceso de cartelización que vivimos aumentando la desafección y desconfianza de la población respecto a los partidos en general, y esto hace que quienes son de derechas voten enfadados a la ultraderecha y quienes son de izquierda se abstengan o voten enfadados para frenar la ultraderecha, lo que hace que todo el espectro político se derechice y nadie vote con ilusión en esta Democracia del Espectáculo.


En esta trama de desafección y desconfianza EHBildu está actualmente encontrando un espacio sociológico algo indeterminado, pero, quizá por ello, suficientemente amplio como para expandir su electorado no solo entre el voto joven, sino entre el voto que previamente era de la izquierda española. Esto se debe a que en las naciones periféricas ni Podemos ni los Socialistas pueden competir por la izquierda con EHBildu, pero tampoco con ERC o las CUP, por eso mismo el 15M ha sido un importantísimo fenómeno para la historia contemporánea de la nación española pero no necesariamente para el resto de naciones periféricas, excepto por el hecho de que ha dejado claro que la izquierda española organizada en partidos no puede gobernar en España si no es de la mano de los independentistas. Esto nos lleva a la hipótesis de que, fuera de Madrid y de las dos Castillas, las generaciones jóvenes de izquierdas vienen mayoritariamente independentistas o soberanistas, algo que el PNV ha identificado perfectamente ya que se ha alejado de todo partido independentista con el objetivo de reforzar su identidad autonomista y ampliar así su base electoral atrayendo a los votantes de la derecha española que es el único lugar desde donde puede ampliar su base.

En esta nueva era de cartelización y espectáculo, las izquierdas en el Estado serán izquierda gobernante si y solo si las izquierdas independentistas así lo disponen. Y si no, muy a pesar de Illa, ganará siempre la derecha, incluida la del PSOE.