Otras miradas

La venganza de los hombres con miedo

Plácido Domingo durante la ovación recibida hace unos días.- EFE

Se preguntaba el otro día retóricamente la Ministra de Igualdad: "¿Por qué  hay quienes necesitan aplaudir con estruendo a un hombre que ha confesado haber abusado sexualmente de varias mujeres?". La respuesta la sabemos todas: por  venganza, ansiedad, miedo, ira.

Dice Marcela Lagarde que cuando el género se mueve todo se mueve y es una frase perfecta para explicar el efecto disruptor del feminismo. El feminismo lo mueve todo pero, especialmente, mueve lo profundo; mueve el cimiento de las subjetividades, mueve el suelo sobre el que pisamos, mueve lo que somos. Pero no lo hace de la misma manera para las mujeres y para los hombres. Son las mujeres las que mueven ese suelo para ser iguales, para cambiarlo todo: el imaginario simbólico, el lenguaje, el trabajo, la cultura, los comportamientos, las leyes, la manera en que nos relacionamos y la manera en que nos vemos y vemos a las otras/los otros. Y los hombres llevan siglos viéndose más grandes que las mujeres, y más importantes, y con derechos (privilegios) sobre nosotras.

Las mujeres llevamos ya cientos de años luchando por ser iguales, pero en esta larga lucha hay momentos de mayor efervescencia y momentos de asentar lo conquistado, también hay momentos de reacción. Estamos en medio de un choque de trenes. Por un lado una de las olas feministas más potentes;  una que ha conseguido visibilizar la enormidad de la violencia sexual que padecemos. Porque todas las mujeres la padecemos: en casa, en el metro, en la calle, en la clase, en la familia, en un parque, en la oficina…en todos esos sitios, en varios a la vez, en uno de ellos. La posibilidad de imponer a las mujeres el propio deseo sexual en forma de tocamientos, chantajes, piropos, violaciones, chistes, sexualización no deseada…es uno de los privilegios masculinos más extendidos y muchos hombres continúan haciendo uso de él. El feminismo ha puesto un freno a ese privilegio cuando las mujeres tomaron la palabra y lo contaron públicamente.

Ningún grupo social renuncia voluntariamente a un privilegio y menos aun cuando es un privilegio justificado históricamente por la ciencia y la cultura. Muchos hombres están enfadados por la fuerza del feminismo y sienten miedo y rabia y de esos hombres surgen los "hombres blancos enfadados" de los que habla el sociólogo Kimmel y que son una parte importante de la base social de la extrema derecha en los últimos tiempos. Los hombres seguirán ejerciendo ese privilegio pero puede que ya no puedan hacerlo impunemente; puede que estemos consiguiendo que tengan que pagar un peaje, puede que estemos consiguiendo que tengan miedo a ejercer lo que viven muchos de ellos casi como un derecho.


Lo que está en disputa es el secular derecho masculino a imponer a las mujeres su propio deseo de distintas maneras: mediante el piropo no deseado que nos llena de vergüenza, mediante tocamientos que nos asquean, mediante la violencia sexual que nos rompe por la mitad, mediante el abuso de poder que nos obliga a elegir contra nuestro deseo, contra nosotras mismas. Para nosotras vergüenza, culpabilidad, inseguridad, asco. Asco.

Estamos abatiendo el privilegio. Estamos imponiendo la libertad de nuestros cuerpos y de nuestros deseos.  Aplaudir el otro día al abusador no es más que un gesto ridículo de venganza contra las mujeres que lo quieren cambiar todo; tratar de marcar territorio, aferrarse al privilegio, gritar que no va a ser tan fácil. Es un gesto para convertir al abusador en un héroe y así, en manada, poder sentirse fuertes. El patriarcado no va a caer de un día para otro y la desigualdad sigue siendo inabarcable pero uno de sus más importantes privilegios está tocado. Imponernos su deseo no les hace grandes y ya tiene consecuencias sociales y penales. Puede que Plácido Domingo escuchara una ovación el otro día, pero que no se engañe; para la historia siempre será un hombre que se aprovechó del poder que tenía para chantajear y violentar a mujeres que no sentían por él más que asco. Nunca será un gran hombre por mucho que otros, asustados, le aplaudan. Los aplausos duran lo que un suspiro, pero la historia es muy larga.